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¿Es la decadencia de la calidad institucional bahiense una consecuencia de la pobreza del debate en torno a determinados temas o lo primero es resultado de lo segundo?

En esta pregunta, que, por la complejidad de su elaboración, por mucho excede con creces cualquier posibilidad de ser planteada en el actual contexto de la comunicación de una ciudad en la que, abundan hasta la superpoblación programas y medios que dicen todos prácticamente lo mismo, quizás haya una clave para abordar una cuestión crucial.

En búsqueda de una respuesta, podría decirse que importa poco el orden de los factores, ya que ambos inciden por igual en el producto: una alarmante pauperización de la actividad política, que trae como resultado el descrédito y la desesperanza en relación a que cualquiera de las soluciones que se requieren sobre muchos temas en el actual estado de cosas.

Afirmar entonces que un liderazgo político sano debería partir de la base de que fomentar discusiones serias y constructivas supone una fortaleza y no una debilidad, es tan cierto como imaginar que otorgar repercusión y propiciar difusión a quienes puedan formular críticas, elevar propuestas o brindar diferentes pareceres, podría ser de gran ayuda para salir del atolladero.

Apostar por lo contrario produce efectos exactamente inversos.

Quienes por ejemplo entienden que una mayoría automática en el Concejo Deliberante, exime de la necesidad de fundamentar y justifica y legítima cualquier imposición por el propio imperio de los números, incurren en una práctica peligrosa que pone en riesgo la esencia democrática y no hace más que alimentar los crecientes argumentos sobre la inutilidad e ineficiencia de un órgano de esa naturaleza, además de desnudar una incultura y una falta de formación atroces, propia de quienes llegaron a determinados lugares agitando la “antipolítica” como bandera, pero una vez arriba, se aferran a las malas artes que tanto denunciaron con mucho más fervor que aquellos a quienes denostaron.

Bastaría un muy elemental ejercicio de archivo sobre las descomunales diferencias de pareceres entre el “Gay periodista” y el “Gay intendente” para dejarlo demostrado con absoluta claridad.

Pero cualquier posibilidad de que a partir del periodismo (que es desde donde correspondería impulsar el ejercicio) pueda producirse un análisis de esa naturaleza con cierto rigor, queda sepultada bajo millones de pesos de pauta publicitaria municipal, por lejos y como nunca antes, el mayor sostén económico de medios, programas y actividades de comunicación de todos los niveles.

Quizás sirva para solidificar estas consideraciones, hacer referencia a una cuestión tangible que ha motivado de las pocas divergencias políticas que ha logrado en las últimas semanas, de manera muy leve, cierta instalación en las noticias.

Tiene que ver con la patética situación planteada en torno a la sanción de una ordenanza que reduzca al mínimo el nivel de tolerancia al consumo de alcohol permitido en los controles de tránsito.

Desesperada por tomar alguna iniciativa después del papelón de las PASO, la oposición decidió intentar acorralar al oficialismo y ponerlo entre la espada y la pared, aunque sea con algo que, fuera de toda duda, tiene sentido y entidad.

Fue entonces cuando mostrando una impericia sólo disimulada por la piedad a prueba de todo comprada en los medios, el Municipio se encerró en explicaciones que lo desnudaron en todas sus otras debilidades, en especial todas aquellas que le demanden no aparecer siempre como sometido a intereses y poderes privados.

Un poquito de estudio nunca viene mal

Cualquier posibilidad de discusión perdería hasta la más diminuta identidad de mediar un mínimo ejercicio de estudio del tema para dejar así demostrado que cualquiera de las explicaciones ensayadas por concejales y funcionarios oficialistas, no resistirían el menor análisis.

Justamente eso es lo que alquila con los millones de pesos de todos los bahienses que se destinan a medios y periodistas: que cualquier análisis sea el mínimo y si es posible, no sea.

¿Se le ocurrió a algún periodista consultar la famosa Ley Orgánica de la Municipalidades? No es intención desde aquí ahorrarle el trabajo a nadie sino, de ser posible, estimularlo y promoverlo y nunca reemplazarlo.

Si lo hicieran descubrirían que entre las principales autonomías que esa norma reserva a las intendencias, se incluye aquella de legislar en cuestiones que tienen que ver con la “sanidad” y la “salud pública”.

¿Es la llamada “tolerancia cero” una cuestión de sanidad y salud pública para una ciudad que cuenta por decenas los accidentes de distinta gravedad que pueden ser adjudicados a la irresponsabilidad de sus protagonistas por haber decidido conducir luego de haber ingerido bebidas alcohólicas?

De tan obvia, la respuesta ni merece ser expresada. Lo grave es que nadie pregunte al respecto teniendo en cuenta este antecedente fundamental.

Se elige entonces iniciar una rocambolesca explicación sobre jurisdicciones nacionales y provinciales y agitar fantasmas de una “supuesta inconstitucionalidad” por aquello de que una ley local no podría pasar sobre una provincial y menos una nacional.

Lo curioso es que la intendencia que esgrime este argumento para alimentar a todo su coro de adulones, está ejercida por un intendente que desde su rol de periodista/vocero, apañó a Cristian Breitenstein allá por 2006, cuando a poco de llegar a la intendencia tras la suspensión y luego destitución de Rodolfo Lopes, eligió impulsar la ordenanza de “espacios libres de humo” y hacer que Bahía Blanca fuera una de las primeras ciudades bonaerenses en decidir una condición que hoy nadie se atrevería a poner en duda y funciona sola.

El dato es que en aquel entonces, no existía todavía ni a nivel provincial ni nacional, una normativa cómo la que aquí se promovió.

Y hubo “lobbies” por ejemplo del bingo, además de las tabacaleras y sus distribuidores, por contener la primera filtración de un aluvión que luego fue incontenible…

Y no hubo ningún juez que decidiera fallar en contrario de algo que parecía impuesto por la evidencia y el sentido común y que sustentó algo que está claro que hoy no hay de parte de Héctor Gay: una decisión política de avanzar con el tema.

Como sí existen numerosos indicios para suponer que sí la hay, pero para frenarlo sin que se note.

Porque claro, admitirlo, no sonaría muy bien para la empalagosa jactancia de corrección que la actual administración pretende (sólo pretende, que quede claro) emanar por todos sus poros.

Y lo triste es que, para que esto suceda, la posibilidad de que una oposición liderada por Federico Susbielles  (quien hizo punta con la cuestión cuando ocupaba una banca en el senado provincial) se pudiera anotar aunque sea una cucarda con algo, ni siquiera es el principal motivo que lleva a la intendencia a ponerle un freno a esto.

Muy por encima de eso, lo que los inmovilizó incluso después de haber presentado el propio municipio un proyecto en tal sentido, fue el “pedido/queja/imposición” de los sectores gastronómicos que tienen terminales en aquellos poderes económicos de los que Gay, históricamente, no sólo jamás se pondría enfrente, si no que no osaría nunca contradecir, ni aunque sea un poquito.

“Héctor: encima que recién estamos saliendo de la pandemia que casi nos liquida, ¿nos querés sacar que podamos vender una botella de vino o una medida de whisky que es con lo que más ganamos? No te olvides que nosotros representamos al sector bahiense que más te banca”, le pudieron haber dicho, por caso, a través de un empresario que auspició durante décadas “Panorama” y a través de sus hijos a diversificado sus intereses comerciales, hasta abarcar ambos extremos de la alegría y la tristeza humanas.

Y no se habló más. En todo caso prender una o muchas velas para que la fatalidad no juegue una mala pasada y no suceda otro “Caso Sacoccia” que no deje más remedio y eso sí, también dejar una candela al costado para rezarle al Congreso Nacional o Provincial para que sancionen por su lado una ley que entre por arriba y no deje otra alternativa.

“Yo te banqué hasta donde pude, pero si la ley viene de arriba, no hay nada más que hacer”, podrá decir entonces, levantando los hombros, Héctor, quien entonces habrá cumplido su inveterada fórmula de, aunque sea por un pelito, siempre tratar de quedar bien con unos y con otros.

Argumentos que pueden explotar en las manos

Claro que este cuestionable afán acomodaticio podría ponerse en riesgo si además del antecedente de la prohibición de fumar en lugares cerrados, algún memorioso intentara trazar paralelos con la situación planteada aun unos años más atrás, cuando la ciudad decretó la ilegalidad del uso de pirotecnia, una decisión respecto de la cual cada año para las Fiestas Navideñas queda demostrada tanto la dificultad de su control como la absoluta sensatez de su existencia.

Hay quienes auguran que en no muchos años más, sea la propia cultura de respeto por la otredad de personas autistas, enfermas de Alzheimer y animales, la que más allá de una legislación, terminen por dejar en el pasado la costumbre de hacer estallar explosivos para festejar algo.

Con todo,  tal vez no esté de más recordar que hace unos pocos años, se intentaron agitar los demonios de una presunta presentación judicial de los principales fabricantes y distribuidores de artículos pirotécnicos para demandar a la ciudad por impedirles comercializar sus mercaderías.

Sobre aquella noticia, curiosamente aparecida al unísono con “letras de molde” en las dos principales portales de noticias bahienses (y replicada por algunos repetidores putativos), nunca más se tuvo, precisamente… noticia.

Y es que entre la política y el derecho, cuando hay decisión y fundamento desde la primera, la historia marca que el segundo no hace más que tratar de adaptarse y amoldarse y es muy raro, por no decir casi imposible, que un juez pueda pasar por una decisión representativa de toda una comunidad en procura de su bien común y, como en el caso del “Alcohol Cero”, la vida de personas.

En definitiva, en esto del “alcohol cero” como con determinados asuntos relacionados con el medio ambiente, en especial cuando se involucra a grandes empresas del Polo, a diferencia de lo que sí pasó con la pirotecnia, o la prohibición de fumar en lugares públicos, lo que parece brillar por su ausencia, es la falta de “decisión política” para hacer prevalecer los intereses comunes por sobre las conveniencias particulares, algo que, hay que reconocerlo, hasta también hasta puede ser toda una toma de posición.

Lo que sí suena a una tremenda hipocresía es que los reales motivos de una postura no se blanqueen como corresponde.

Y que al amparo de la ausencia de preguntas incómodas, se surfeen situaciones como estas hasta ver si decantan por si solas, en procura, de ser posible, nunca pelearse ni con Dios ni con el Diablo, aunque tampoco se sea imparcial en esa puja…

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