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Si se toma a dos períodos de una intendencia como cuatro bienios, bien puede decirse que ayer comenzó la última cuarta parte de la permanencia de Héctor Gay como ocupante del llamado “Sillón de Teófilo Bordeu”.

Por ahora (y sólo por ahora) sin posibilidades legales de una reelección, pero aún con muchos más impedimentos éticos si se quiere, toda vez que el ex conductor de “Panorama” ha repetido cada vez que pudo que no es para nada partidario de que se modifique la legislación que establece un máximo de dos mandatos consecutivos como límite para ocupar cargos electorales en territorio bonaerense.

Alcanzaría con hacer un repaso de archivo como los que escasean—por no decir que no existen—en un contexto mediático bahiense, donde se alquilan indulgencias a cambio de millones en pauta publicitaria, para para hacer la salvedad que muy lejos ha estado la palabra del actual jefe comunal de ser algo honrado, fijo e inamovible en función de futuro, más allá de que el electorado no se lo haya facturado, quizás justamente, o al menos en parte, porque desde las usinas tradicionales de formación de opinión no se batió el parche respecto a eso.

El archivo periodístico de las cosas que decía y promovía cuando estaba frente a un micrófono no resistiría el menor análisis sobre alevosas contradicciones cuando le tocó estar del otro lado, pero eso nunca pareció pesar demasiado como para torcer la balanza.

El tema es que también el registro de sus dichos, incluso los realizados ante entrevistadores invariablemente muy solícitos, amables y mansos, que se fue acumulando una vez que pasó “del otro lado del mostrador”, también mostraría un elevado índice de incumplimientos, desde aquellos erráticos primeros días en los que pareció no dar pie con bola, hasta que se “aceitó” la maquinaria y la alianza con el sistema comunicacional  al que se domesticó para mirar para otro lado o batir el parche según haga falta.

Dicho esto, la pregunta sería si sería capaz Gay de volver sobre sus dichos si la ley habilitara a los intendentes bonaerenses para un nuevo período, dicen como pago a los “Barones del Conurbano” por no haber “metido tanto los cuernos” al kirchnerismo en las últimas elecciones y haberse puesto un poco más las pilas para descontar guarismos, como finalmente sucedió…

Decir que no podría hacerlo sería no conocerlo o haber sucumbido al personaje pulcro y correcto que muchos bahienses, visto está, todavía compran y creen.

Ahora vaticinar como “lo más posible” que vaya a hacerlo, parece más difícil. Sería también una forma de subestimar, a quien está visto no se puede tomar a la ligera, tanto por su astucia como por su proverbial pragmatismo para hacer lo que haga falta para sus intereses y los de quienes lo sostienen.

En eso, sí ha sido Gay bastante coherente entre sus tiempos periodísticos y su época política: siempre ha devuelto a sus contratantes la eficiencia gerencial que se le reconoce, eso sí, con el único límite de su supervivencia y, fundamentalmente, la salvaguarda de su prestigio personal.

 Sin irse demasiado atrás con las historias de algunas compañías financieras (“La Inversora Bahiense” o “SIC”) que auspiciaban la primera mañana de LU2 y casi de un día para otro quedaron culo para arriba dejando tendales importantes, basta recordar hace justo una década, el caso del ex intendente Cristian Breitenstein, de quien ofició como valioso vocero y confidente, hasta que se mandó a mudar y se tornó indefendible.

Curiosidades de la vida que tal vez puedan explicar tantas frustraciones: hay quienes sospechan que a partir de aquella inmensa estafa electoral las cosas para el peronismo bahiense pasaron a tornarse mucho más cuesta arriba.

Sin embargo, como merecida represalia por aquel vergonzoso engaño, muchos eligieron depositar el poder y la “recuperación de la institucionalidad” en quien quizás fue uno de los principales y concretos colaboradores para que el “Alemán” se creyera un “Kaiser”, a punto de que un hubo quien llegara a compararlos con Batman y Robin…

Diez años después de todo aquello, Breitenstein no podría caminar por la calle sin recibir el desprecio de sus votantes y por eso, prácticamente, no se atreve a poner un pie en una ciudad a la que le tomó fobia…

Gay, en cambio fue elegido dos veces para la intendencia y ganó con amplitud todas las elecciones de medio término que debió afrontar.

Si alguien se pusiera a hilar fino hasta podría descubrir que prácticamente el mismo entramado de poder económico y mediático sobre el que el ex ministro de la Producción sustentó las bases de sus gestión, es el que hoy sostiene al ex periodista.

La diferencia es que este último parece tener más en claro que su rol es más gerencial que patronal y que ni siquiera ser depositario de la voluntad popular lo hace un par.

¿Qué ocurriría si desde ese mismo círculo rojo, llegado el caso, se le pidiera en 2023 que, como un último servicio “Por Bahía” reviera su postura políticamente correcta y propiciara un recambio?

Imposible saberlo ahora. Incluso innecesario y hasta irrelevante cuando faltan dos años en un país preso de una histeria política extrema y de alarmantes (y estructurales) endebleces, tanto económica como social.

Lo único útil sería no descartarlo.

El único enemigo puede ser la “interna”

Lo cierto es que desde las entrañas de la “pyme política” que acertó en incorporar al actual intendente como cara visible, más allá de los fastos y la jactancia por la supuesta invencibilidad electoral del “equipo de Héctor” y todos los chiches, convenientemente amplificados y consolidados tanto por los voceros oficiosos como por el interés y la apatía generalizada por cualquier análisis que trascienda la desesperación y la angustia del “aquí y el ahora”, hay un dato que no deja de inquietar.

Si bien asumen no es Lorenzo Natali por mérito propio o capacidad de armado un adversario de temer, lo que el actual legislador, ex animador radial, puso en evidencia es lo que en verdad les preocupa.

Es que si Horacio Rodríguez Larreta no acertaba en su obsesión por conseguir que Facundo Manes fuera por adentro de la interna de “Juntos”, lo que aquí pareció un triunfo en guarismos similar a los anteriores obtenidos por el oficialismo en elecciones legislativas en 2017 y 2019, pudo correr serios riesgos.

No parece que a nivel local pueda haber por ahora correlatos con el panorama de conflagración intestina que se advierte en los niveles provinciales y nacionales (con buena parte del “periodismo independiente” tomando parte) de la coalición antiperonista, pero nunca nadie puede asegurar que un buen día no baje un tal Monzó en un avión privado y te arme un descalabro de un momento para otro.

Si bien siempre tuvo mayoría propia (sea en forma directa o mediante aliados) en el Concejo Deliberante, nunca contó desde el vamos de un bienio, el actual oficialismo una supremacía tan amplia como esta que se inició ayer.

Sin embargo, esa ventaja abrumadora, podría correr riesgos si el radicalismo o el espacio de Elisa Carrió se emanciparan, seguramente no por una rebeldía propia de sus huestes vernáculas (todas por completo domesticadas y sometidas a golpe de conchabo por la actual intendencia) sino por una orden bajada desde la superioridad.

Esta incertidumbre y no las posibilidades de recuperación de un kirchnerismo todavía muy golpeado por una derrota de esas que en el fútbol serían “saca técnicos”, sumada a la siempre latente amenaza de que “un día la suerte te juegue una mala pasada, se te caiga un árbol arriba de una piba y te pase lo que al pobre Bevilacqua”, son hoy por hoy, las mayores preocupaciones del oficialismo bahiense.

Ni siquiera el posible regreso de un funcionario que tuvo una salida controvertida como Fabián Tuya, creen que podría mover el amperímetro.

“Si les parece que tiene que volver, que vuelva… pero lo único que les pido es que no nos metamos un gol en contra al divino botón”, dicen que fue lo único que les dijo el propio intendente a quienes le fueron con la inquietud de volver a nombrar (“Porque es un amigo y uno de los nuestros”) a quien hace menos de un año quedó alevosamente expuesto al protagonizar un accidente de tránsito y se negó a someterse al test de alcoholemia.

“Por suerte, ahora vienen las Fiestas, después el verano y nadie le da demasiada bolilla a estas nimiedades. Si no pasa ninguna hecatombe más, en marzo veremos que sucede”, se esperanzó la misma fuente.

Será cuestión de hacerle caso entonces y suscribir desde aquí a ese postulado, como quien adhiere a un brindis navideño a sus palabras.

Ojalá que no pase nada demasiado grave como para ameritar dejar de lado la pausa veraniega que necesita una sociedad que viene funcionando en estado de aceleración permanente desde hace demasiado tiempo.

Por eso, lo que sigue se escribe con los dedos cruzados, tocando madera y con todos los talismanes que permitan “coimear al más allá” puestos a funcionar.

Se sugiere por favor leerlo habiendo tomado antes, las mismas precauciones: HASTA EL AÑO QUE VIENE.

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