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Algunos expertos en hecatombes y cataclismos han llegado a la conclusión que los instantes que anteceden a muchos colapsos y grandes catástrofes suelen estar signados por situaciones en las que todas las leyes físicas dejan de cumplirse y, en algunos casos, hasta se invierten.

Lo de arriba se pone abajo; lo caluroso, congela; lo seco, moja y lo húmedo, calcina, entre otros desvaríos cósmicos.

Hay quienes advierten, incluso, que los polos planetarios podrían trastocarse en un lapso más o menos breve y ese sería el principio de un muy pronto fin para el planeta, al menos tal y como lo conocemos.

Una vez más, las leyes naturales podrían ayudar a intentar explicar la decadencia política nacional y, quien sabe, hasta animarse a vislumbrar un panorama futuro, sea para tratar de modificarlo, prevenirlo y corregirlo, si fuera posible, o para encarar las mínimas maniobras paliativas en procura de disminuir la magnitud de los daños, ante una colisión inexorable.

Poderoso indicio de la perturbadora zozobra de lo que, a juzgar por lo vertiginoso del desplome, hasta podría calificarse como la cierta y tenue normalidad imperante hasta no hace tanto (cuando tal vez se estaba mucho menos mal de lo que se creía o se nos hacía creer) es la alevosa transposición que experimentan las mayores facciones políticas que encarnan en la actualidad la histórica dicotomía política que caracteriza a estas tierras desde sus propios albores…

Que se sepa, ya en la Primera Junta, los “morenistas” y los “saavedristas” estaban muy bien diferenciados y no había manera de confundirlos ni por sus ideas ni por sus procederes.

Ni hablar en tiempos de unitarios y federales, a nadie podía quedarle la menor duda sobre unos y otros y así a lo largo de los distintos desencuentros que caracterizaron a la historia nacional: radicales y conservadores; peronistas y radicales y más acá en el tiempo, menemistas y antimenemistas.

El tema es que la disputa entre macristas y kirchneristas que viene copando el ring, puede decirse de más o menos la última década, ha alcanzado ribetes tales que unos y otros incurren en las mismas prácticas y procederes y queda como único diferencial, claro y distintivo, el odio por el otro.

Es decir pugnar por el poder para, una vez alcanzado, hacer con él más o menos lo mismo que lo que haría el enemigo, con un único y atroz matiz: que sea uno y no el otro quien lo haga.

A unos y otros los caracterizan similares voracidades y codicias. La pelea es por una caja de presupuestos, nombramientos, la posibilidad de quedarse del lado estatal de los negocios (el de los privados es siempre el mismo, esté quien esté) y el manejo de los fondos públicos.

El asunto es que unos y otros vienen alternando no por méritos propios si no por defecciones ajenas.

Y ante tal sucesión de fracasos, decepciones e impotencias es, más que complicado, una completa imbecilidad, pretender resultados diferentes…

La razón pura indicaría que no queda alternativa más sensata que intentar una salida con otras opciones, en lo posible, lo más incontaminadas de ambos extremos que sea posible.

La polarización electoral demuestra que nada hay más alejado de la racionalidad que la realidad actual.

Entonces a nadie llama la atención que el macrismo (por llamar de algún modo a lo que podría entenderse como “antiperonismo”) incurra en las mismas aberraciones que tanto criticó en las huestes “populistas” (también por llamarlas de algún modo) y hoy asemeje a una bolsa de gatos en la que oliendo una victoria, se matan unos a otros con tal de quedar mejor posicionados.

Ya nadie recuerda ni pone en la balanza que no hace mucho alcanzaron una cierta legitimidad ante la sociedad agitando el hartazgo ante los acomodos, las faltas de idoneidad, la discrecionalidad en el uso del dinero público y la vocación por apropiarse de un Estado en beneficio propio.

Por contrapartida, desde la vereda de enfrente, pugnan por mostrar una cierta moderación y mesura que los reconcilie y los muestre presentables ante una porción de electorado que les permita mantenerse a cargo.

Y así se asiste al espectáculo patético que brindan, por un lado quienes, con la camiseta de la soberanía política todavía puesta, claman por un acuerdo con el FMI que calme un poco las aguas.

Y por el otro, los mismos que hace unos años decían sin ponerse colorados que endeudarse con organismos internacionales aunque no hiciera tanta falta, era una forma de pagar la membresía con el mundo civilizado, pero ahora desean que el arreglo de la macana que ellos mismos se mandaron nunca llegue.

O al menos se demore lo suficiente como para que estalle todos por los aires.

Las alternativas para que este círculo vicioso se corte alguna vez no son tantas.

Que uno de los bandos consiga barrer con el otro alguna vez, que la gente se canse de tantos fracasos y empodere a una tercera opción por fin o que semejante acumulación de desatinos, por defección, termine por desencadenar en un colapso tal que se concrete aquello que hace poco más de dos décadas sólo amagó a ser y no fue ni por asomo, bajo la denominación del “qué se vayan todos”.

Espantosas singularidades bahienses

En el nivel local, los que como Héctor Gay se pasaron una vida criticando al peronismo por entender que las victorias electorales no daban una carta blanca para hacer y deshacer a su antojo, ahora que les toca a ellos, no sólo hacen lo mismo, si no que mucho peor.

Eso sí, se aprovechan de un sistema de medios sometido al imperio de la pauta publicitaria para declamar todo lo contrario, porque queda bien ante quienes escuchan, leen y miran y necesitan que la radio, los portales y los noticieros aunque sea les digan que hay “institucionalidad”, “pluralidad” y otros conceptos que suenan bárbaro pero incomodan a quienes tienen que gobernar y no tienen ganas en andar perdiendo el tiempo en discutir sandeces como un presupuesto, el aumento de tasas o transporte, licitaciones y adjudicaciones y otras pequeñeces.

Quizás compelido a jugarse alguna vez por algo y hacer algún deber que permita aceitar mínimamente la pertenencia a la franquicia que lo llevó a la jefatura comunal, el intendente se anotó por un ratito en el curioso bando de los que creen que espiar familiares de víctimas en una tragedia que se pudo haber evitado como la del ARA “San Juan” equivale a una “persecución política con todas las letras”.

Con la tranquilidad de que no habría molestas repreguntas, el titular se subió dictado a los portales más afines, tal vez se mandó a la superioridad para corroborar el cumplimiento de la orden y se hizo bajar casi en un “operativo relámpago”.

Distinto modo de operación que el anuncio de que la docente Fabiola Buosi será finalmente la presidenta del Concejo Deliberante, algo que se insinuó hace unos días como un globo de ensayo a través de oficiosos voceros “siempre oficialistas” y finalmente se confirmó, también ante una pasmosa ausencia de interrogantes.

Qué pasó para que Adrián “El Chopper” Jouglard cayera en desgracia, es materia de conjeturas varias. Los más tremendistas recuerdan que hace un par de años también a un tal Nicolás Vitalini le dijeron que el “volumen político” de ser presidente de bloque era mucho mayor que el de presidir el cuerpo y hace unos días se fue sin saludar y con cara de pocos amigos, dicen que España, a buscar una vida mejor.

Si la degradación del último elegido para encabezar la lista oficialista, quien había ganado con amplitud una elección hace menos de un mes, es en realidad un pase de facturas a alguien o quizás un pedido del propio intendente para poner en el cargo a una que considera propia y no a alguien proclama a los cuatro vientos que “admira a Santiago Nardelli cómo el dirigente más capaz en esta parte del mundo”, tal vez podría empezar a dilucidarse en pocos días más si es que, por ejemplo, también cambia el representante del municipio en el directorio del Consorcio de Gestión del Municipio (hasta aquí en manos de Fernando Compagnoni, próximo a asumir como legislador provincial), un puesto que, con menos épica y casi nada de glamour, para muchos, asemeja al de un cónsul estadounidense en Berlín antes de la caída del Muro.

Pero de vuelta a Nardelli, tras haber quedado afuera de la lista de legisladores nacionales a la que aspiró hasta el mismo cierre de la listas, ahora parece haber enfocado su poder de rosca en obtener uno de los cargos más apetecibles para los opositores bonaerenses: un sillón en el directorio del Banco de la Provincia de Buenos Aires, un invento de Eduardo Duhalde para satisfacer los apetitos salariales de quienes iban quedando fuera de las legislaturas.

Si lo consigue o no, también es algo que no demoraría mucho en saberse. En caso de que sea designado habrá que prepararse para una tormenta de obsecuencia por parte de los “lamecalcetines” de siempre, quienes por supuesto se encargarán, en caso de que el objetivo no se consiga, en disimular el revés.

Una mención final para un caso que debe ser record nacional, porque hasta aquí, se sabía de muchos radicales que se habían sometido al macrismo por no tener más remedio, pero de ninguno que se pasara de bando abiertamente.

Menos que menos en un momento en que el centenario partido de Alem, Yrigoyen y Alfonsín, parece haber reverdecido expectativas de cara al futuro a partir del “efecto Manes”.

Sin embargo, el inefable Federico Tucat, quien hasta no hace mucho solía disertar sobre su “consustanciación casi genética” con los ideales radicales, tal vez con la intención de picar en punta en la puja como “primer empleado del mes” de los venideros dos años de gestión que todavía no empezaron, salió a decir que ahora “su referente político se llama Héctor Gay”.

¡Lo que puede un empleo! Quizás no sea necesario llegar a tanta indignidad, salvo claro que se quiera asegurar molestar todavía más a quienes ya no lo podían ver ni en figuritas y casi no pasan por el café de Drago y Colón con tal de no cruzárselo.

“Al comité ya no podía ni entrar después del papelón de los aportes partidarios”, explicó una militante de indiscutida trayectoria, habitué de siempre en las reuniones de la casona de Donado 354, aun de los tiempos en los que había una persona cada cinco o seis sillas.

“Lo que no entiende este pibe es que quizás por dos años de sueldito, se cavó su propia fosa, porque los amarillos no suelen pagar tanto por aquellos que saben que tienen precio. Nunca lo van a hacer legislador, que es lo que él soñaba y ahora siempre va a depender de ir atrás de carguito tras carguito para no quedarse sin nada, que es lo que lo aterra, sin contar con que un día puede suceder un imponderable y está a tiro de decreto”, vaticinó.

“¿Pero cómo?”—Le preguntó el interlocutor—“¿No era que los que iban siempre atrás de un puestito para no dejar nunca de cobrar son los de La Cámpora?”.

Como pocas veces, una expresión en el rostro de esta mujer, sirvió como poderosa explicación de algo cuyo significado quedó a caballo entre “Andá a cantarle a Gardel” y “¿por qué no te vas a cagar a los yuyos, si ya sabemos que tenés razón?”

Definitivamente, esta mimetización que se viene dando entre identidades políticas que hasta no hace mucho eran diametralmente distintas debe ser un indicio de un cambio de época.

Es de esperar, en un mes en que se empiezan a formular brindis y buenos deseos al por mayor, que no sea demasiado traumático ni, aunque sea, más doloroso que lo que resulta hasta ahora.

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