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Las cercanas elecciones tal vez no sean tanto una meta como un punto de partida.

Sirva la suposición como consuelo en procura de explicar la abulia reinante.

La expectativa de inflexión nace no porque quienes vayan a ingresar a las distintas legislaturas puedan poner a la República patas para arriba, sino porque no pareciera haber, esta vez, capacidad de reacción para reformular, refundar y reconciliar un modo de ejercicio del poder que tiene toda la pinta de estar agotado, después de 18 años de centralidad.

Desde el “peronismo/kirchnerismo”, cuando se apagan las luces de las cámaras o los grabadores, la sensación que se desprende de los gestos, las palabras y las actitudes, es similar a la que darían quienes están tripulando un tren que se dirige, inexorable, a 150 kilómetros por hora rumbo a un muro de acero y hormigón.

No hay manera de pararlo. Nada en el mundo de las leyes físicas hace prever que el piñazo no vaya a ser catastrófico. Sin embargo, se sabe cómo es la condición humana: hasta que no suceda, a los tripulantes condenados, les queda la mínima ilusión de que pase “algo a último momento” que haga que la formación, no ya atraviese la pared y salga indemne, pero aunque sea no descarrile o se desintegre en mil pedazos.

Para abonar ese hilito de esperanza, recuerdan que el kirchnerismo ya perdió en 2009 contra De Nárvaez y en 2011, muerte de Néstor mediante, CFK obtuvo más de la mitad de los votos…

En 2013, Massa también ganó en la provincia y se probaba el traje de presidente y en 2015 no estuvo ni cerca y, del otro lado, en 2017, el macrismo/vidalismo le dio una paliza más o menos parecida a la sufrida en las recientes PASO y en 2019, recobraron el poder nacional y provincial con total claridad.

Las neurosis y las histerias que imperan en el universo del fútbol parecen haberse trasladado a la política nacional: en el mundo de la pelota, un técnico pierde tres o cuatro partidos seguidos y vuela por los aires de su función. La hinchada no tiene ni un poquitito de paciencia.

Mucho más cuando ve a simple vista de que la posibilidad de meter goles en el arco ajeno no sólo es lejana, sino además está invertida por una creciente tendencia a hacérselos (y en cantidad) en el arco propio y ni siquiera por la presión de los rivales, sino por una propia torpeza inesperada, burda, casi sobrenatural que parece haber afectado incluso a quienes habían sacado chapa de hábiles y mañeros, caso Aníbal Fernández.

Con los gobiernos sucede muy parecido, con el agravante de que los plazos de tolerancia se acortan cada vez más.

Dentro de semejante volatilidad, ni falta hace decirlo, caldo de cultivo ideal para que nada razonable pueda alguna vez prosperar, en el nivel local, entre otros motivos, por una lógica cuestión de escalas y tamaños, aquella vieja máxima que sostiene que nunca se derrota a los oficialismos, sino que si pierden es porque ellos hacen las cosas mal, pareciera mantenerse.

No porque la ciudadanía esté encantada, agradecida y complacida con la forma de conducir la ciudad de su otrora periodista insignia, ni mucho menos.

De hecho, encuestas de imagen que, por causas diversas, esa entelequia que se denomina “el sistema bahiense”, se cuida muy bien de no difundir, dan cuenta de que el nivel de aceptación y buena consideración del actual intendente sería mucho menor al caudal de votos que parecería encaminarse a obtener su actual franquicia política, en esta ocasión, gracias al plus que implica todavía contar con Facundo Manes sumando para una causa que no comparten ni él ni una buena parte de sus votantes.

El endeble reino del “todavía”

Y el adverbio “todavía” no es casual ni antojadizo. El radicalismo ya avisó que va por la presidencia en el 2023. La marca “Juntos” sirve hasta el domingo 14.

Y no sólo por el lado de la UCR, hay sueños de emancipación. Desde una Coalición Cívica cada vez más condicionada en su proyección por la frágil salud de su conductora, Elisa Carrió, no hay día en que no se pregunten si no habrán dejado pasar una oportunidad de diferenciarse por hacer mal los cálculos, contentarse con algunos pocos lugares en una lista y sobre todo, no animarse.

Dicen que les haría falta un “Lorenzo Natali” o algo por el estilo que les permitiese acortar caminos en el famoso “nivel de conocimiento” y que si lo tuvieran, podrían decidirse a “jugarse” y hacer más evidentes una serie de diferencias con la actual administración municipal, que los deja bastante mal parados cuando se trata de posicionarse como defensores de la ética y la transparencia.

De allí que, a la ya sabida tensión que  viene caracterizando a la convivencia interna entre radicales y amarillos después de la derrota de Fernando Compagnoni a nivel local, algunos observadores le agregan este elemento como factor a tener en cuenta para futuras proyecciones hacia el 2023, cuando, todo parece indicar, ya no estará Héctor Gay como postulante a una tercera intendencia.

Al menos eso se desprende de sus propias palabras, aunque, también hay que decirlo, con otras muchas que dijo sobre una cantidad de temas, no sólo cuando hablaba por LU2, sino con su carrera política ya iniciada, no es que haya sido demasiado consecuente ni mucho menos, sino que hubo toda una maquinaria de millonaria pauta publicitaria a modo de protección contra archivos incómodos y molestias por el estilo.

Toda una “perlita” que desnuda este tipo de hipocresías, se produjo la semana pasada con la visita del primer candidato a diputado nacional por Cambiemos, Diego Santilli.

Además de las actividades de ocasión, propias de una campaña, todas regladas en base a los más estrictos mandatos del marketing, que busca no tanto el efecto de una actividad en si no la forma de comunicarla y multiplicarla, hubo otras que motivaron una reveladora pulseada entre principios y conveniencias.

Alguna llevada en horas nocturnas en un domicilio particular, se mantuvo en privado y como tal, debe respetarse esa condición, pero otra fue difundida diríase hasta con fruición por una de las partes participantes y, curiosamente, al mismo tiempo, casi desconocida por la otra.

La referencia es para la visita del ex vicejefe de Gobierno Porteño a la sede de la Unión Industrial de Bahía Blanca, donde junto con casi todos los referentes locales de “Juntos” (menos los denominados “Lilitos”, algo es algo), mantuvo una “reunión de trabajo” con el presidente de la entidad, el empresario Gustavo Elías y otros directivos de la institución.

Este encuentro, al unísono “manijeado” por los anfitriones desde los medios en los que Elías tiene ascendencia, con la correspondiente publicación de una fotografía en la que queda reflejada la identidad de los participantes (más allá de los indisimulables esfuerzos de algunos por ponerse atrás de otros, para ver si zafaban del “registro”), fue, al mismo tiempo, prácticamente “ignorado” en casi todas las redes sociales de los políticos participantes, muchos de los cuales a veces suelen twittear cada paso que dan en sus vidas.

¿Qué los habrá llevado a tomar tal decisión? Tanto que se llenan la boca hablando de la necesidad de generar trabajo, favorecer la producción y la actividad económica y esas cosas ¿no constituía una reunión en una gremial empresaria una buena excusa para sumar méritos en la materia?

Salvo que se haya puesto en la balanza de que justo en este momento no resulta conveniente sobreactuar cierto tipo de proximidades.

Definitivamente, el 14 de noviembre, salvo los insoportables e inservibles spots de los anuncios políticos que inundan todas las tandas publicitarias, no termina nada.

El tema es que no está claro si eso que vaya a comenzar después, pueda traer consigo alguna solución a la larguísima lista de problemas imperantes.

O tan solo, tal cual viene pasando en los últimos años, donde cada elección demuestra que todo puede ser peor que lo anterior, terminará por resultar un catalizador para agravarlos todavía más.

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