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A poco menos de tres semanas para las elecciones generales, salvo un sacudón de esos de los que, está claro que en la Argentina nunca se deben descartar bajo ningún aspecto, la campaña política y, tal vez incluso ya, los mismos resultados de los comicios, parecieran estar más sujetos a los avatares de las franquicias como forma de hacer negocios, que al debate de ideas, la capacidad de análisis de una sociedad, el poder de persuasión de los candidatos y todos aquellos componentes que se podrían suponer habituales para una puja electoral, en un país desesperado por soluciones.

Hay una franquicia en alza, que tal vez no venda los productos de mejor calidad ni mucho menos, pero pareciera la más indicada para hacerle llegar a otra franquicia en baja, la constancia del descrédito que supo conseguir.

Casi no importan los nombres, mucho menos las posturas o las plataformas. Nadie le asigna el menor valor a los eslóganes, ni espera que alguno de los mensajes con que se bombardea cada tanda de cada medio de cada ciudad o cada pueblo, contenga alguna palabra que pueda traducirse en hechos. Ni dentro de poco, ni dentro de nunca.

Reveladores de desesperación, los comerciales de campaña del oficialismo nacional y provincial, se parecen mucho más a las anotaciones del coordinador de algún “focus group” que a una propuesta seria.

Es como si hubieran hecho una lista con todo lo que falta y quizás no hicieron en dos años y salieran a decir que lo van a poner en el changuito de la gente, pero sin explicar cómo y de qué manera: bajar la inflación, reactivar el empleo y la producción nacional, bajar los impuestos, resolver el tema de la vivienda y, ya que estamos, y para no dejar caer ningún votito, profundizar todo lo que tenga que ver con la ampliación de derechos en materia de igualdad de género y diversidad sexual.

Por el lado de la oposición, tampoco es que hay demasiada lucidez. Y la verdad es que no parecieran necesitarla. Ellos son la franquicia en suba transitoria. No necesitan decir mucho, tan sólo estar allí, turgentes y demagogos, disponibles para canalizar broncas y rabias y, fundamentalmente, las ganas de demostrarlas.

Lo que mejor les salió es el hecho de haber dejado al médico Facundo Manes, el único factor de aparente ruptura con anteriores ofertas electorales, dentro de los límites de la franquicia.  

Ya es tan contra fáctico como, al mismo tiempo verosímil: con Manes por fuera, la debacle no hubiera sido sólo del kirchnerismo, pero eso ya no le importa a nadie. Ni siquiera parece necesitarse de la pantomima de que “Juntos” le hace honor al nombre al menos hasta el día de la elección.

Todos los componentes de esa coalición parecen tener claro que, al día siguiente de las elecciones, se inicia la carrera por el 2023 y cómo en la Fórmula 1 o en la prueba olímpica de los 100 metros, cada décima de segundo parece contar: el secreto está en picar lo suficientemente antes para estar en competencia, pero, al mismo tiempo, cuidando no salir en falso.

En los avisos de campaña, por las dudas, habla el neurocientífico, pero las letras nombran al ex vicejefe de gobierno porteño, devenido en ferviente bonaerense de la primera hora, como Scioli, como Vidal o como Kiciloff.

No hay ni apuro ni confusión: es a propósito. El macrismo/larretismo necesita que quienes votaron a Manes, -en la creencia de que con eso despotricaban por igual a ambos lados de “La Grieta”-, no dejen de hacerlo. Pragmatismo mata dignidad.

Y también cualquier forma de respeto por un electorado del que sólo se necesitan dos cosas: qué vote y que no explote.

En Bahía, mucho más profundo aún

Este sistema de franquiciado de la política, que hasta pareciera protocolizar cada ingrediente de una fórmula para la obtención de votos, no sólo aplica a pleno, si no que profundiza sus consecuencias en una ciudad históricamente refractaria a la marca peronista, hoy encima caída un poco más en desgracia.

Basta repasar los resultados de las últimas elecciones para concluir que cuando en el resto del país al peronismo le va muy bien, acá le va bastante menos bien y cuando en otros puntos le va mal, en estos lares, el derrumbe es mayúsculo.

De hecho, el actual oficialismo bahiense no es más que justamente el resultado de lo que a la tríada Nidia Moirano, Santiago Nardelli y Héctor Gay les supuso haber pegado con “la franquicia justa” al segundo intento…

El primero había sido en 2011 y 2012 con Francisco de Nárvaez y cuando el empresario colombiano se vino abajo, acertaron a “licitar” y quedarse en 2015 con una marca que los hizo competitivos.

Resultado y evidencia de esta particular forma de ejercer la actividad, es el caso curioso de candidatos que obtienen porcentuales de votos más altos que su nivel de conocimiento.

Eso sucedió en 2017, cuando Nicolás Vitalini casi arañó el 50 % de los sufragios válidos en una elección en la que el peronismo dividido, en caso de haber ido en conjunto, hubiera rondado el 40.

Lo llamativo es que el ex presidente del Concejo Deliberante, quien amagó con comerse los “chicos crudos” y erigirse como un eventual sucesor de Gay, previo paso por la legislatura provincial, hoy parece dirigirse hacia el ostracismo y hasta hay quien asegura que “fuera de todo”, se dirige hacia un exilio en España por “proyectos personales”.

De la huida de Breitenstein, se acuerdan todos… para mal, pero forma parte del recuerdo colectivo de las grandes desilusiones bahienses.

De concretarse esta, pasará sin pena ni gloria y eso que a Breiteinstein se lo votó menos que a Vitalini, a quien lo sigue desconociendo más de 7 de cada 10 bahienses, por más que seguro que tres de esos pusieron una boleta con su nombre.

Y quien podría asegurar que lo mismo no podría suceder en el futuro con Adrián Jouglard, alias “El Chopper”, quien también, sin embargo, podría aspirar a quedarse con la mitad de los votos bahienses, siendo que más de tres de cada cuatro bahienses asegura hoy no saber quién es el actual Secretario de Gobierno de la administración de Héctor Gay.

¿Cómo se puede votar a alguien a quién no se conoce? Eso es lo que implica que la política se juegue en base a un régimen de franquicias. Miles compran lo que esa marca vende, no se pone a pensar en quién y cómo los atiende o en la calidad del producto que se llevan.

Y lo mismo, pero inverso, aplica para las franquicias que caen en desgracia: no importa si quien está detrás del mostrador es “súper simpático”, asesora bárbaro y muestra sólidos conocimientos sobre el artículo que ofrece. La clientela le bajó el pulgar, no quiere saber nada y ni la “promo” más increíble del mundo, alcanza para levantar la mala racha.

Porque los consumidores (ya no votantes) no sólo no quieren tanto comprar en la anterior, como sí conseguir que escarmiente quien los decepcionó.

Dicen los que saben que intentar dar vuelta este tipo de escenarios no sólo es imposible si no también inútil.

Queda a quienes les toca estar a bordo de estos navíos condenados a chocar contra un iceberg por hacer una única cosa: ejercer una resistencia artesanal y casi heroica al cataclismo que parece venírseles de frente.

Esto explica el furibundo e hiperactivo raid que por estas horas protagonizan Federico Susbielles, como principal referente del kirchnerismo bahiense y Gisella Ghigliani, como candidata que lo representa como cabeza de una la lista de concejales integrada por representantes de diversos sectores.

Más allá de las declaraciones, las publicaciones en redes sociales o el pedido de un debate que, aún de producirse (muy improbable que eso suceda) serviría para poco, ante una diferencia tan amplia, la única forma de contener la magnitud del drenaje es intentar disminuirlo, atajando y recuperando gota por gota. 

Si los resultados llegan a acusar recibo de este esfuerzo, hasta podría sonar a proeza.

Si los guarismos finales, ni siquiera lo registran, quedarán para sus protagonistas la épica y el consuelo de sentir que dejaron todo en la cancha y la regaron con sudor.

Y también una cierta cuota de esperanza por el hecho de que cuando la política se ejerce en base casi a los mismos humores que regulan el cambiante mundo del consumo, todo puede cambiar en apenas un par de años.

Y no hace falta tanto una pandemia devastadora y planetaria como apenas una fotografía inoportuna y escandalosa, difundida en el momento justo…

O algún otro gol en contra que sin dudas sucederá, inexorablemente, desde un lado u otro de una grieta que la mayoría dice aborrecer, pero de la que tampoco logra salir.

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