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Está bien que, si quedaba algo de paciencia en la ciudadanía, para tolerar un milímetro más de información relacionada con la política, el ruidoso desplome kirchnerista tras su derrota en las PASO, y el culebrón entre los “renunciados que no renunciaron” y los “no renunciados que se tuvieron que ir”, dejó muy poco lugar para cualquier cosa más.

Pero en condiciones normales, el detalle no menor del no reconocimiento de la dura derrota del oficialismo local a nivel seccional, no debería ser un detalle para dejar pasar por quienes pretenden estar informados del acontecer político regional y comprender sus consecuencias un poco más allá de la superficialidad.

La alusión a las “condiciones normales” tiene que ver con la alevosa condescendencia (por ser elegantes) con que gran parte del periodismo bahiense trata cualquier tema que pueda incomodar aunque sea un poquitín al poder municipal.

La explicación de que ellos no tienen que reconocer ni felicitar a nadie porque, a fin de cuentas, en Bahía Blanca “ganó Compagnoni y la derrota se produjo en el resto de los distritos de la Sexta” fue un globo de ensayo para el que se utilizó a los voceros más obsecuentes y predispuestos al papelón.

Cómo se corría el riesgo de que la bronca por la tomadura de pelo al sentido común trascendiera la poca seriedad que suele otorgársele a ciertos kamikazes dispuestos a cualquier cosa por un puñado de mangos, se frenó con la estrategia y se pasó a una más prudente: dejar que los días pasen y el tema languideciera como sucede con tantas otras cosas y hasta que aclarase el panorama.

A fin de cuentas, con las noticias provenientes desde Buenos Aires y La Plata, alcanzaba y sobraba para cubrir cualquier espacio y de paso, facturar al “kirchnerismo”, que aunque siempre rinda sus réditos, también debería tener un límite.

Pero esto no quitó que, pacientes y observadores, algunos que esperan que el andamiaje “símil franquicia” del oficialismo bahiense (el cual se erigió, mucha plata mediante, en unos pocos meses), pueda desaparecer pronto y más o menos con la misma velocidad con la que se levantó entre 2013 y 2015, recordaran con cierta malicia al hermano de Alberto Rodríguez Saá anunciando en 2003 “la victoria en la mesa 86 de Necochea”.

En efecto, el argumento de que el oficialismo bahiense “no perdió”, -justamente en la única puja en serio que tenía y la que más le interesaba y necesitaba ganar-, no resiste el menor análisis y sí, en cambio, invita a intentar algunas reflexiones.

La primera y la más obvia, pero no por eso menos necesaria, es la que tiene que ver con la certeza de que sólo en la derrota de aquellos que pueden haberse desacostumbrado a perder, quedan en evidencia sus miserias o grandezas.

A decir verdad, tampoco ganando es que el oficialismo bahiense, más allá de las lamidas de medias pautadas, es que hubo en otras ocasiones de mostrarse demasiado magnánimo, ni mucho menos.

Pero ahora se los nota preocupados y malhumorados: no le pudieron ofrendar a su nuevo referente, Horacio Rodríguez Larreta, un triunfo en una región en la que se jactan de gobernar sus ciudades más populosas.

Echarle la culpa a la tradición radical de los pueblos no alcanza; es indisimulable que hay disconformidad con gestiones que obtuvieron resultados electorales mientras no hubo opciones, pero ante la primera de cambio en la que hubo otra alternativa más o menos seria que no fuera peronismo, dejaron de parecer invencibles.

Y lo que más les preocupa: sólo con una figura “sui géneris” como Facundo Manes y una carita conocida a nivel local que se limitó a no restarle votos a la cabeza que traccionó, virtualmente les empató la contienda, con poco o nulo apoyo de una supuesta militancia que quedó presa de conductores acomodaticios que no se animaron a hacer enojar a quienes les dieron conchabo y, fundamentalmente, pese a la diferencia de millones invertidos, en especial en la distribución de la boleta y otros repartos que, sentados en una caja inmensa, los amarillos locales, amparados en la impunidad mediática que supieron alquilar, aprendieron a perpetrar.

“¿Se imaginan si un peronista hubiera hecho las mismas obscenidades que se vienen cometiendo en distintos barrios de la ciudad antes de cada elección? Tendría los móviles en la puerta de su casa transmitiendo en cadena y no se hablaría de otra cosa”, se preguntó por estas horas un radical reconciliado con sus orígenes y entusiasmado por la posibilidad cierta de poder ver a uno de los suyos en el Municipio dentro de dos años.

El punto es que hasta hace dos años, a muchos “boinas blancas” este tipo de alevosías no les interesaba ni les molestaba demasiado, total ellos no eran las víctimas directas.

Ahora, cuando mostraron aunque sea una puntita de rebeldía, sufrieron en carne propia al ver cómo les cayó encima una maquinaria invisibilizadora  a la que ni siquiera la condición de “personaje mediático” de Lorenzo Natali se sobrepuso, ante la  evidente imposición al periodismo subsidiario de mínimo o nulo ruido mediático sobre cualquier asunto que pudiera concitar una real atención, por encima de insistir con la generalizada mediocridad argumental de la campaña, pero tampoco nunca mover un dedo para levantar el nivel aunque sea un cachito.

Por eso, en un tiempo tan oscuro, en el que hay que aguzar la mirada para interpretar la poquita luz que emana de tanta información filtrada, tergiversada y direccionadas, la instantánea descalificación apriorística del razonamiento de que, de haber habido en la ciudad una lista radical para concejales, esto que ahora pretende ser presentado como “una convalidación de la maravillosa, eficiente y transparente gestión de Héctor y sus muchachos” podría haber sido otro patatús similar al del peronismo y sumergirse hasta mínimos históricos, constituye toda una confesión sobre que el argumento, aunque hipotético, es por lo menos, digno de ser tenido en cuenta.

Es entendible: si pagan lo que pagan y ponen lo que ponen en digitar la comunicación, es lógico que usen este servicio para propagar el mensaje de que un razonamiento de esa índole es “contrafáctico” y otros sofismas por el estilo.

Lo que no tendría sentido sería también mentirse puertas adentro y creerse que aquí no pasó nada; que las puteadas por un listado larguísimo de temas quedan licuadas en el odio hacia el peronismo y que se está haciendo todo bien en tránsito, asfalto, macetas en el centro, recolección de residuos o el ítem que se prefiera.

¿La llegada de Monzó los puso nerviosos?

Lo cierto es que la semana pasada, más o menos a la misma hora en que las noticias sobre la lucha en el barro entre la vicepresidenta y su “súbdito” presidente lo ocupaban casi todo, en Bahía Blanca se montaba un curioso operativo de digitación periodística para impedir que la visita de Emilio Monzó, el “lúcido estratega” al que se le ocurrió encuestar a Lorenzo y con eso sólo poner en jaque a la hegemonía de Gay, Moirano y Nardelli, no fuera ninguneada porque no se podía, pero tampoco rumbeara demasiado o profundizara un poquito para temas locales o permitiera pases de factura en público como los que aseguran hubo en privado.

Así, se habló tangencialmente de la victoria de Lorenzo, pero nada de quienes fueron derrotados en la interna y por qué la perdieron, “total la mayoría de la gente no sabe nada y no le interesa” y en noviembre “ ya vamos todos juntos en la misma boleta”.

Pero los que esperan la oportunidad tienen claro que todavía no es tiempo y, lo más importante, saben que se abrió un flanco por el que pueden entrar las balas.

Dos años en un país en el que una semana es una eternidad y todo puede cambiar de un día para otro, es un lapso tan enorme que alcanza con experiencias recientes para evitar ponerse trajes antes de tiempo.

Pregúntenle si no a De Nárvaez en 2009, Massa en 2013 o a María Eugenia Vidal en 2017 cuando sintieron por un ratito que lo de ellos era un camino asfaltado a la gloria y se quedaron sin nada: uno desapareció de la faz de la tierra; el segundo se acomodó como esbirro jerarquizado (pero esbirro al fin) de aquella a la que vituperó de todas las formas posibles y la tercera ganó en Capital, pero se aseguró que no puede volver pedirle nada a esos bonaerenses a los que, en un tono beato que quedó espantosamente visto es sobreactuado, juraba “haber consagrado su luminosa existencia”.

¿Por qué no pensar que lo mismo puede aplicarle a Manes en 2021?

Pero eso no quita que, a nivel local, por primera vez desde 2015 otro proyecto “no peronista” de búsqueda del poder bahiense, alternativo al encabezado por Héctor Gay y sus promotores, haya encontrado terreno fértil para empezar a germinar.

Y si se lo quiere contrarrestar, este camino de negarlo con argumentos falsos, como el de sostener que “en Bahía ganó toda la boleta” tal vez sea el primer balde de agua que se necesita para animarlo a mostrar sus primeras hojas.

Es probable que en los próximos días o semanas, “cuando las cuestiones de agenda así lo permitan” haya nomás una foto del intendente con Lorenzo Natali, ambos sentados en una mesa de trabajo para analizar “la agenda de temas de la región”.

A esta altura, que esa imagen exista o no, más allá de que vaya a ser prolijamente replicada por todo el sistema de medios, en lo sustancial, no cambia prácticamente nada ni mucho menos sella una rajadura que ni siquiera el papelón del adversario original puede disimular.

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