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Quizás fue un cimbronazo que aumentó su magnitud porque ni los que ganaron ni los que perdieron lo esperaban.

Con todos los indicadores sociales y económicos en rojo, una sociedad enojada y enardecida, sólo un fenómeno político inexplicable como el “peronismo/kirchnerismo” podía mantener creíbles para propios y ajenos las expectativas de que algo distinto a lo que pasó, podía llegar a suceder.

Pero a esta conclusión tan obvia y explicable, recién se pudo arribar con los resultados puestos en el diario del lunes. Y eso quiere decir algo.

Y ese “algo” puede ser bastante y hasta mucho, si lo que se pretende es entender el estado de cosas en la perturbada sociedad argentina.

La trillada metáfora de que la fotografía puede no explicar la película ni mucho menos vaticinar su final, tampoco puede ser desdeñada, toda vez que hasta un rato antes de que a las 21 del pasado domingo, los que resultaron vencedores se hubieran conformado con perder por poco y los derrotados con ganar por uno, pero ganar.

Una primera gran pregunta podría ser cómo puede aspirar a un mínimo de estabilidad emocional un país que, a partir de justificadas frustraciones y decepciones, no encuentra más remedio para canalizar su bronca que castigar a aquellos a los que hace apenas dos años había encumbrado, esa vez como castigo a quienes ahora consagró como vencedores.

Sí, suena a trabalenguas.  Y también es un desafío que fuerza las normas estéticas de un idioma, intentar escribirlo sin caer en redundancias. Pero mucho más complicado es padecerlo en carne propia con todos los costos que esto conlleva, mucho más cuando se pone ese sufrimiento en función de millones de desasosegados de todos los niveles en un país en el que no hay nadie conforme con nada.

Y es cierto que más del 90 por ciento de este truculento bienio 2019-2021 transcurrió bajo el condicionante supremo de una pandemia mundial que no dejó aspecto de la vida humana sin afectar, casi siempre en proporciones decisivas, cuando no dramáticas y hasta trágicas.

Tan cierto como que todos los argumentos que podrían servir para justificar que hubo que tomar decisiones ingratas en pos de atenuar efectos aun más devastadores, primero tambalearon cuando se descubrió que, a la hora de vacunarse, todos los argentinos éramos iguales pero algunos más iguales que otros.

Y finalmente se desmoronaron en el momento en que quedó en espantosa evidencia que el mismo presidente que, con tono de maestro ciruela, nos hacía sentir como potenciales terroristas si osábamos reunirnos con amigos, participaba de “festicholas” de cumpleaños en la residencia de Olivos.

Tan devastador fue el efecto de esa revelación que hasta eclipsó hasta casi borrarlas, a las justificadas sospechas de que hasta allí, una oposición despiadada no había vacilado en hacer un uso histérico del asunto y ser capaz, con tal de sacar tajada, de pasar de la acusación por envenenamiento colectivo a multiplicar la queja por falta de vacunas.

“Es imperdonable lo de este tipo”, se sinceró un militante kirchnerista el domingo por la noche en la vereda del hotel Argos, en relación a “su” presidente.

“De no haber pasado lo de la foto, yo estoy seguro que entre los muchos que ya recibieron las dos dosis y se van a su casa diciendo que fueron bien atendidos y sorprendidos por la organización, no digo que todos nos votaban, pero seguro que no se formaba esta marea en contra”, se confesó demolido ante uno de los últimos periodistas en abandonar el lugar.

Si a los indignados por tamaña “fayuteada” (el diccionario RAE define al “fayuto” como un “vocablo coloquial argentino que aplica a una persona traidora, desleal e hipócrita”) se les suma aquellos que se fundieron o casi, los que perdieron su trabajo, los que hicieron malabares para tener niños encerrados en sus casas, los que se enfermaron de sobredosis de zoom y home office y, ni hablar, los que perdieron a algún familiar o ser querido consecuencia del virus, el resultado de la cuenta ofrecerá una contundente explicación sobre por qué pasó lo que pasó.

Lo increíble es que en un país enfermo de ansiedad por el vaticinio de lo que terminará siendo inexorable, nadie lo previó con certeza. Ni de un lado ni de otro. Hasta se llegó a asegurar que la gente había mentido en los “boca de urna”.

¿Tendrán algo para decir los encuestadores que, en masa, le erraron una vez más y sin embargo, pese a que no es la primera vez que le pifian tan fiero, tuvieron más trabajo que nunca?

Al mismo tiempo: ¿no dice mucho de la inseguridad de quienes los contratan y toman decisiones según lo que marquen los números que insistan tanto en destinar millones a contratar los servicios de quienes casi nunca la pegan?

No es el único pase de factura que podrían hacer aquellos consumidores involuntarios (pero sin más escapatoria que terminar siéndolo) de informaciones tergiversadas, operaciones y un bombardeo publicitario que, de tan gigantesco, termina siendo tan estéril como incomprensible.

La primera y la última noticia

Por definición, la teoría del cisne negro es una metáfora que, en el ámbito económico, describe aquellos sucesos que ocurren por sorpresa, que ningún analista había previsto ni tenido en cuenta porque, a priori, eran improbables y que, para bien o para mal, terminan teniendo un gran impacto.

Aunque un poco brutal, la simplificación de que la primera noticia más o menos novedosa de esta campaña, terminó siendo también la última y la que hasta puede explicar muchas cosas, puede no ser tan errada.

La referencia es para la irrupción de la precandidatura, en nombre de un radicalismo “sui géneris”, del “neurocientífico” Facundo Manes.

Ahora con los resultados puestos no faltan los radicales (en especial en Bahía Blanca) que se lamentan por no haberse animado a un poco más y putean a la banda de conchabados que no se animó a romper con Héctor, “a ver si había represalias”.

Ahora tienen que bancarse que el oficialismo bahiense ponga toda su maquinaria publicitaria para presentar como un “gran triunfo propio” lo que la elección para diputados provinciales demostró con contundencia que bien pudo no haber sido tal de haber habido listas separadas también a nivel local.

¿O es descabellado pensar que el escueto 52/48 final que Fernando Compagnoni obtuvo a nivel local y no alcanzó para evitar la victoria seccional de Lorenzo Natali (53/47), perfectamente podría haber tenido un correlato similar en una elección para concejales de haber tenido la UCR bahiense el coraje de animarse?

¿Qué casi la mitad de los electores votaran al actual secretario de Gobierno, quiere decir que los bahienses están felices con su actual intendente? ¿Qué las macetas en calle Alsina y Chiclana son una belleza que enamora? ¿Qué los automóviles estacionados en mitad de Villarino y Darregueira los hace sentir en el primer mundo? ¿Qué en los barrios la gente agradece ser tratada en igualdad de condiciones que en el centro? ¿Qué la cultura, el estado de las calles, la recolección de residuos, el sistema sanitario, el tránsito o el sistema de estacionamiento, son un canto a la eficiencia?

Tal vez nada de eso. Tal vez la respuesta más precisa tenga que ver con reconocer a los estrategas nacionales de “Cambiemos” (en este caso Rodríguez Larreta y compañía) el acierto electoral de haber conseguido que una cuota muy grande de la bronca generalizada y hasta una posibilidad de brindar la sensación de salirse de “La Grieta” pudieran terminar por canalizarse sin salirse del Frente.

Si los muchos que votaron a Manes deseosos de “no casarse de nuevo” ni con Macri ni con Cristina, aceptan en noviembre que el objeto de su esperanza aparezca tercero o cuarto en la boleta, es uno de los primeros y más grandes interrogantes que deja planteado esta inmensa y carísima encuesta que se llama PASO.

Por contrapartida, en el afán por mostrarse homogéneo, vertical y monolítico, la invariable negativa del kirchnerismo a habilitar contiendas internas a través de un sistema que él mismo instauró en 2010, tal vez, en esta oportunidad, les terminó jugando en contra.

¿Quién no dice que este detalle pueda terminar resultando una enseñanza que disminuya un poco la sensación de “divino botón” que traen consigo estos gigantescos armados para casi nada?  

A fin de cuentas, ya lo dijo un conocido constitucionalista, habitual fuente de consulta en temas relacionados con legislación electoral: “Las PASO pueden ser una buena idea, pero si no se las usa como tal, no justifican su costo”

El último pase de factura, si se quiere también reivindica un poco a Manes, quien aun siendo “la novedad de la elección”, tal vez por encontrarse asesorado por armadores que abrevan en las formas tradicionales de hacer política, optó por una campaña tradicional, sin “disrupciones” que terminaran derrapando hacia el terreno de la chabacanería, el absurdo o el ridículo.

Sus spots y sus mensajes, ciertos o no, no necesitaron de mostrarlo en poses raras, haciéndose el campechano, mostrando habilidades culinarias o en el baile ni estupideces por el estilo.

Tampoco pidió que le digan “Facu” ni recurrió a una “Facuneta” con tal de obtener un segundito más de fama en el microclima. Habló de aquello que le había dado chapa antes de decidirse a jugar: “la revolución del conocimiento”.

En contrapartida, se han visto y escuchado espectáculos lamentables, indignos de quienes pretenden representar a su pueblo en cargos que están disponibles para todos los ciudadanos que cumplan los requisitos y aspiren a ocuparlos, pero sin dudas, requieren de idoneidad, capacidad, preparación y profesionalismo mucho más que esta impostada y sobreactuada devoción por la cercanía.

Cuando alguien se tiene  que operar del corazón porque su vida corre peligro, es mucho más lógico que elija a un médico que acredite excelencia y coleccione diplomas, además de decenas o, de ser posible, centenares de intervenciones exitosas.

¿Se imaginan a alguien diciendo: “Me va a hacer un trasplante un cirujano; no sé si es bueno o no, pero es del mismo equipo de fútbol que yo, tiene muchos nietos como yo, me pidió que no le diga “doctor” si no “Pocho” y además baila la “lambada”, hace karaoke y cocina unos choripanes fabulosos”?

Con la magnitud de los problemas que tiene la Argentina de hoy en día, es, por lo menos, muy poco decente, que quienes se postulan para que se confíe en ellos para empezar a resolverlos, obedezcan a “consultores” que aconsejan estas estratagemas de poca monta para cosechar simpatías “express” que, a juzgar por los resultados obtenidos por varios de los que la perpetraron, hay que ver si resultan en verdad tan efectivas.

Al menos en sus mensajes y publicidades, Manes no cayó en la tentación, pero eso sí: en la Sexta Sección pateó el hormiguero al elegir, mediante “una encuesta de popularidad” a Lorenzo Natali para encabezar su lista de diputados provinciales, poner en jaque la hegemonía PRO y ganarle con claridad.

Esto, por si hacía falta recordar que no todo lo que reluce es oro. Y menos que menos en cuestiones electorales en un país donde parece haber especialistas en sacarle jugo a las piedras para cazar votos (sin nunca dejar de tener en cuenta que el voto es obligatorio)  pero esa misma calidad e ingenio casi nunca se traduce a la hora de la gestión.

A propósito de estas cosas: ¿hubo ya fotografía de Gay y Natali, para dejar sellada la unidad monolítica de la alianza “Juntos” de cara a noviembre? La iba a ver el domingo a la noche y no la hubo; la iba a haber ayer y tampoco sucedió… ¿será hoy? ¿Será mañana?… ¿será?

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