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“Si querés conocer a Juancito, dale un puestito”.

Algunos en estos lares le adjudican la autoría de la frase al ex intendente, devenido en ciudadano ilustre de la provincia, Juan Carlos Cabirón.

En efecto, el ex jefe comunal la dijo más de una vez. En especial en aquellos tiempos en que su amada Unión Cívica Radical, empezaba a desgajarse en su dignidad de partido más que centenario en un desplome que ya dura más de tres décadas y parece no tener fin.

Lo que no está claro es si la autoría intelectual de la máxima puede atribuirse a Cabirón o si tan solo él la adaptó. Hay registros de que en España dicen “si quieres conocer a fulanito, dale un carguito”, lo que viene a ser prácticamente lo mismo.

A los efectos de este intento de reflexión, mucho más relevante que a quién pudo habérsele ocurrido la sentencia, resulta resaltar qué quiso decir y, mucho más, la creciente y penosa vigencia de su moraleja.

Y si de radicales se habla, en la cuenta regresiva para el cierre de listas electorales y a pocas horas de la inscripción de alianzas y frentes, lo que hace un par de semanas amagó con ser una revolución encolumnada en torno a la figura del “neurocientífico” Facundo Manes, parece haberse diluido en bastante menos.

Esto es, colgados de un nombre que prometía renovación y cambio, los mismos de siempre negociando posiciones y puestitos en una posición un poco menos desventajosa que la de ser los felpudos del macrismo, algo que los caracterizó en los últimos seis años.

Dicho de otra manera, la “supuesta nueva política” alegando la necesidad de una “unidad” para derrotar al odiado kirchnerismo, saliéndose con la suya, en contra de las más elementales enseñanzas de los más viejos, quienes conocen de memoria cuantas intentonas románticas y bienintencionadas de esta índole, han naufragado contra la manía de hipotecar cada posibilidad de mañana en presentes miserables.

“Si Manes de verdad quiere ser alguna vez un presidenciable con chances, tiene que ir a una interna y ganarla. No le alcanza con poner su nombre al tope de una lista de candidatos a diputados. Así le vaya bien y hasta triunfe ¿cuánto tarda el aparato de Cambiemos en devorárselo en poco tiempo?”, comentó un viejo “boina blanca” bahiense quien, como unos cuantos en el mundillo político local, dice no leer estas entregas semanales, pero al mismo tiempo, se las sabe de memoria.

“Pero ¿qué podés esperar de los Álvarez Porte y los Tucat, desesperados por un sueldito y por el temor de tener que salir a laburar?”, se quejó, entre avergonzado por los actuales depositarios de banderas enarboladas en dos décadas consecutivas de gobierno de la ciudad e indignado por la poca monta de sus expectativas.

En efecto, esta aparente fórmula de habilitar los acuerdos abajo y propiciar una confrontación arriba (si es que llega a haberla realmente) no resiste el menor examen a la luz de la dignidad.

Y no “parece” si no que “es” una versión potenciada de “con tal de cobrar algo, cualquier colectivo nos deja bien”.

En el mismo sentido, se inscribe la incomprensible y patética hocicada de la Coalición Cívica, dejada en espantosa evidencia respecto que, se llame como se llame, es un partido que empieza y termina en los espasmos de su inestable lideresa, Elisa Carrió, protegida por una serie de aliados mediáticos que le rinden una pleitesía que la pone a salvo de cualquier pedido de explicación por una de las más extensas colecciones de contradicciones de las que se tenga en cuenta en la política mundial.

Por fuera de ella, nada existe por ese lado, salvo unos cuantos esbirros que se cuelgan del verso de la “república y el contrato moral” para hacer lo mismo que dicen aborrecer: encontrar la mejor manera de rapiñar algunos cargos.

Si de ser inclusivos y respetuosos de la igualdad de género se trata, tal vez haya entonces que hablar de “Juancitos” y de “Juancitas” que abundan por doquier y amagan con la asonada para que después no cambie nada, siempre y cuando “cobren” ellos, of course.

La cara como una roca

No llega a ser otro tema porque, no tan en el fondo, forma parte de una misma comprobación de la decadencia en que se encuentra sumido el ejercicio de la política, aquí, allá y en todas partes.

Pero, quienes creían que con los macetones en calle Alsina, los palitos amarillos y los automóviles estacionados en la mitad de la calle, presentados como “grandes innovaciones urbanas” habían visto todo y agotado su capacidad de asombro, con el papelón del cambio de nombre del parque “Campaña del Desierto” entendieron que nunca es suficiente con estos tipos.

Cuesta entender como algo tan sencillo puede complicarse tanto por culpa de una sumatoria de torpezas que dejaría corto a cualquier sketch de “Míster Bean”.

Y es que los desatinos en este tema parten de una sobreactuación innecesaria.

¿Qué tiene que hacer una gestión encabezada por un intendente cómo Héctor Gay, con toda su historia a cuestas, intentando colgarse de discursos “progresistas” que no sienten ni comparten y que, en muchos casos, hasta desprecian?

Nunca está mal revisar los errores del pasado, siempre y cuando se parta de la base de poner en contexto cómo eran las circunstancias y los contextos cuando se los cometieron.

Un ejercicio intelectual que les queda gigante al actual intendente y sus acólitos y los desnuda en el tremendo complejo de advenedizos que los caracteriza y alguna vez, quien sabe, ante la impotencia y la incapacidad de sus actuales adversarios, podría terminar siendo el germen de su implosión.

Cómo en muchos otros temas, el paraguas protector de los millones de dinero de todos destinado a pauta publicitaria los pone a salvo de tener que responder interrogantes difíciles, aunque nunca conviene olvidar aquella verdad de estudiantes que sostiene que cuando alguien no estudió y no tiene ni la menor idea sobre una materia, cualquier pregunta es un tiro mortal a cualquier expectativa de aprobar. 

Entonces, lo que podría ser una noticia interesante en procura de que la ciudad gane un espacio verde prometedor para las próximas generaciones, arranca mal parido por tanta improvisación y endeblez conceptual.

Es otra prueba de la modernidad líquida de la que habló el sociólogo polaco Zygmunt Bauman, podría decir alguien cómo si, dando una mano de barniz en la tranquera de semejante chiquero y tirando un frasco entero de Lysoform, se pudiera disimular tanto hedor.

Dicho de otra manera, las consecuencias de haber puesto a la ciudad en manos de una banda variopinta de “Juancitos/Juancitas/Juancites”, los cuales, con tal de no perder nunca el “sueldito” que los desespera y los define y en su enfermizo afán por hacer cosas para “parecer que se lo ganan”, toman a la ligera asuntos que requerirían bastante más responsabilidad.

Y también, no estaría para nada de más, aunque sea una pizca de vergüenza y de pudor.

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