Site Loader

Tanto en el mundo de las artes como en el académico, pocos pecados son tan vergonzosos e imperdonables como el plagio.

Apropiarse de una idea ajena para intentar hacerla pasar como propia, si se descubre, puede condenar a la deshonra eterna a quién perpetre una acción que se emparenta mucho con el robo, pero lo supera en gravedad moral.

Si se comete plagio no se roba un objeto o dinero si no una idea, y encima, se  pretende hacer creer que es de uno.

Carreras muy prósperas han quedado manchadas para siempre al quedar demostrado el plagio.

El psicólogo mediático Jorge Bucay, tras haber vendido decenas de miles de libros, no pudo reponerse nunca de la comprobación de que para uno de sus libros de “primeros auxilios para el alma” había “afanado” un trabajo de 40 páginas de un colega europeo sin haber puesto aunque sea una mención a su real procedencia.

El concurso literario del diario La Nación tuvo que dejar de hacerse después de constatarse de que un ganador en la categoría “cuentos” había presentado un relato idéntico a uno del italiano Césare Pavese.

En aquella ocasión resultó entre gracioso y patético que el embaucador desnudado, argumentara que él era un escritor “moderno” que había recurrido a una novedosa técnica de narración llamada “intertexto” la cual consistía en crear algo nuevo a partir de intercalar trabajos de otros…

También entonces resultó filosa la ironía de Marcos Aguinis, uno de los jurados del certamen: “Bueno, no podrán decir que no tuvimos buen gusto… premiamos una obra de uno de los más grandes de todos los tiempos”.

Ni hablar en el mundo de la música, donde sobran casos de melodías y letras alevosamente parecidas a otras ya existentes y hasta Alberto Cortez tuvo que convivir durante toda su carrera con la sombra de un supuesto juicio impulsado por un aparente homónimo, que no sólo le discutía el nombre artístico, si no además una olvidable canción de características tropicales llamada “Sucu-Sucu”.

Éstos, por mencionar unos pocos y antojadizos casos, entre miles acontecidos desde que el mundo es mundo, pero con la diferencia de que, hasta mediados del siglo XX, era bastante más complicado enterarse de qué se hacía del otro lado del planeta y por ahí determinadas tretas pasaban o terminaban prescribiendo.

Ahora, en el imperio de la inmediatez y la simultaneidad de toneladas de información bombardeando en forma constante, los riesgos de quedar en evidencia, se incrementan tanto como las tentaciones por correrlos.

Sin embargo, se mantiene inalterable el veredicto: si a alguien lo pescan cometiendo plagio, de esa vergüenza no se libra nunca más, más allá de que se pueda tener que afrontar alguna otra condena o sanción.

Pero, también en estas reglas, parece ahondarse el abismo que cada vez más separa a la política del resto de las actividades humanas y aquello que debería respetarse con el mayor de los esmeros a la hora de ejercer cargos públicos, se ignora con total impunidad.

De hecho, pocas situaciones pueden explicar con mayor patetismo el escaso vuelo y la decadencia de la vida institucional bahiense en los últimos años que lo sucedido en los últimos días a partir del lanzamiento de una ordenanza para propiciar un supuesto “nuevo régimen” de promoción de inversiones en nuestro distrito.

No sólo el hecho en sí, sino también el atroz manto de silencio que sobre la cuestión, se tendió desde un sistema de información, cada vez más indisimulablemente, condicionado a golpe de pauta publicitaria.

De haber por caso quedado en evidencia que tamaña barbaridad era cometida desde un sector por fuera del paraguas protector de los millones por mes que desde las arcas municipales se pone en distintos medios, es seguro que los mismos que ahora “ignoraron” el papelón, hubieran sido instruidos para salir a batir el parche y condenarlo con la misma alevosa coordinación con la que ahora decidieron (¿decidieron?) que “no era un tema del que haya que hablar”.

Por eso es que sólo llamó la atención de unos muy pocos, quienes miran con consternación qué bajo se ha caído y lo más grave, la escasa repercusión que, en medio del descrédito y la apatía generalizada, este desmoronamiento genera en una opinión pública anestesiada y entregada.

¿Gobernar o dar la sensación de qué se gobierna?

Fundido hasta la médula con el marketing, el estilo de gestión impuesto por lo que ahora se llama “Juntos por el Cambio” y tal vez cambie de nombre dentro de muy poco (justamente por imposición del marketing) se ha caracterizado por intentar aprovechar a favor el descrédito generalizado de la política y dedicarse a “generar la sensación de que se gobierna”.

Esto es tratar de tener siempre aunque sea algo para decir, privilegiar cada vez que se pueda, aquello que se ve sobre lo que realmente se necesita y así intentar engañar los ojos de los ciudadanos decepcionados por un Estado que no cumple con casi nada de lo que se necesita.

A nivel local, esto se traduce, por ejemplo, en obras más visibles que indispensables. Si de hacer una comparación en términos médicos se tratase, podría decirse, una consagración de la cosmética por sobre una real mejora de salud de un enfermo.

Y, eso sí, siempre estar atentos a ver qué depara la realidad para enseguida salir después a mostrar presencia con algún anuncio, total, “un tema siempre tapa a otro en poco tiempo” y termina no haciendo falta rendir cuentas, “total, la gente se olvida”.

Quizás como contrapartida a la propuesta de creación de alguna “sobretasa” que, como correlato local del impuesto a las grandes riquezas, otorgue un poco de liquidez para afrontar gastos surgidos por la Pandemia, el secretario de Economía y algunos concejales salieron a presentar con bombos y platillos (y todo un coro de “chupapautas” dispuesto) una idea para “atraer inversiones a la ciudad”, porque según ellos, no se trata de ahogar más a los empresarios si no de ayudarlos para que ejerzan tal condición y así, verso trillado, derramar beneficios sobre la economía.

Puede ser que los más nuevitos, quienes tienen en un cargo público prácticamente la primera experiencia laboral de sus vidas y, cómo el inefable concejal Marcos Streitemberger, creen que la película del mundo (y de una elemental formación académica) empezó y hasta se puede comprar hecha en el “siglo veintiuno”, no tengan (como de tantas otras cosas) mucha idea.

Pero al actual Secretario de Hacienda, Juan Ignacio Esandi, quien al menos estudió en una universidad pública, y viene dando vueltas por la ciudad desde hace muchos años desde sus tiempos en el CREEBA, ese atenuante no le cabe.

Entonces no queda otra que suponer que, de puros irresponsables o con la tranquilidad de que tienen una red mediática gigante (como finalmente parece haber sucedido), salieron a presentar como propio en 2021 algo que ya existía desde 1993.

El asunto es que no dijeron ni una palabra del “pequeño antecedente” del que se tomaron hasta puntos y comas.

No sea cosa de que a alguno se le ocurriese preguntar, por ejemplo, porque si ese régimen tan atractivo para captar inversiones lleva 28 años vigente, no se tradujo en radicaciones industriales como las que ahora se pretende avizorar.

Y la respuesta a esa pregunta es otra que deja en evidencia la gigantesca diferencia entre “dar la sensación” y realmente gestionar.

Porque una normativa de esa índole, podría dar algún resultado de existir en verdad una auténtica vocación por obtenerlo a través de acciones concretas que excedan por mucho, la mera enunciación o descripción de los problemas a las que es, por formación, tan proclive el actual intendente.

De hecho, a ciertos observadores les llamó la atención que el propio Gay no fuera quien saliera a presentar una supuesta apuesta tan potente de su administración y, sumada a la ausencia en el acto del Día de la Bandera, se deslizó la posibilidad de que el Jefe Comunal se hubiera ausentado unos días sin decir nada.

Cómo sea, puesto en evidencia que se presentó como nuevo, algo que ya existía y no se tuvo el menor decoro en dar aunque sea un mínimo crédito a quienes lo crearon, las explicaciones que, con mucha más agudeza vocal que argumentativa, intentó Streitemberger sonaron a confesión: “Lo que nosotros vamos a hacer puede ser bastante igual a lo que ya había, pero es mucho mejor porque lo hacemos nosotros”.

Una forma de razonar propia de quienes, se ve, que han llenado unos cuantos “multiples choice” para aprobar materias.

En fin, es tal la sequía de sustancialidad, que ya no se pide brillantez, ingenio o creatividad, si no tan sólo un poco de vergüenza para aunque sea, admitir que se carece de esas cualidades.

Y de ser posible, no ser tan caraduras para arrogarse como propio algo que, ciertamente, no lo es.

Y no estaría mal pedirlo prestado, siempre y cuando se empiece por reconocer tanto créditos como limitaciones.

Pero tal vez esa no sea una opción para quienes se empecinan en creer que no podía haber nada bueno ni en la ciudad ni en el mundo antes de que ellos llegaran.

¿O serán como aquel escritor moderno que no afanaba ideas ajenas, si no que hacía “intertextos”?

Usuario de Solo Local

One Reply to “Plagio”

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *