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Hay límites que a una democracia no le convendría siquiera desafiar. Pero ésta, entre otras máximas, que si se quiere, de tan básicas, casi parecen primeros auxilios institucionales, en la maltrecha vida política bahiense, también se ha tornado de imposible cumplimiento.

A esta altura podría darse por descontado que el asesinato de David “Watu” Cilleruelo, sucedido en junio de 1975 en los pasillos de la Universidad Nacional del Sur, debería ser un hecho indiscutible, sagrado por su dolorosa connotación, intocable, innegociable…

Sin embargo, el último jueves, el apoyo del Concejo Deliberante al pedido de que se otorgue el doctorado “honoris causa” post mortem a este militante rionegrino, no pudo sobrevolar las miserias y mezquindades de la decadente coyuntura local.

La desesperación del oficialismo local por dividir las clásicas e inevitables puteadas que siempre genera el aumento del precio del boleto de colectivo, llevó a la barbaridad de condicionar la aprobación de semejante solicitud al hecho de que se dividieran las culpas con la oposición en el tratamiento de “una mala noticia”.

Como si la memoria de Cilleruelo, militante de la Federación Juvenil Comunista, fuera patrimonio del peronismo, más allá de que tanto el concejal Walter Larrea como su colega Carlos Quiroga, encargados de tramitar este expediente en el legislativo local, puedan acreditar méritos en materia de defensa de las causas relacionadas con los derechos humanos.

Del otro lado, Federico Tucat, un joven que suma descréditos propios y ajenos con la misma velocidad con la que pierde pelos, fue el intermediario para consagrar la estupidez y la bajeza.

No por nada, un encumbrado dirigente de “Cambiemos” con aceitados vínculos en la colectividad italiana, lo bautizó “parla di tutti”, en claro menospreció de la diversidad temática que, con pasmosa impunidad, suele ocupar al concejal.

La ansiedad por hacer lo que sea con tal de cuatro años más parece haber sido una mala receta: lamer todas las medias que haga falta, aunque eso implique defenestrar a los que antes endiosabas y viceversa, no debería ser un camino que conduzca a buen puerto.

Nada más ridículo que hacerse el ajedrecista pero no pasar del “Juego de la Oca”. Tener suerte dos o tres veces seguidas respecto como cae el dado no te consagra como estratega ni como “animal político” que la sabe “lunga” respecto como son las cosas en ese mundo.

Mucho más en el medio de una conflagración interna que, de tan grande hasta se torna indisimulable, incluso para el cerco de protección mediática que ampara a la coalición liderada por el PRO.

Al menos a nivel nacional, claro. Porque en lo que a la ciudad respecta, la dependencia de la pauta municipal sí es tan suprema que, prácticamente, no se hacen preguntas ni se hablan de temas que no sean digitados y controlados por los que ponen la plata. Este incluido.

Entonces, uno de los hechos violentos más emblemáticos de la historia bahiense, pasó a ser poco menos que nada, si se necesita disimular como sea las consecuencias de una recurrente impericia política.

Primero fue la rebeldía de los “Lilitos”; Marisa Pignatelli y Carlos González Antunes, en apariencia transitoriamente zanjada, pero reveladora de que si arriba vuela todo por los aires, acá no habrá tampoco unidad que valga.

A fin de cuentas, si los concejales de la Coalición Cívica no se negaban a firmar el expediente hace dos sesiones, este último papelón no hubiera sucedido. Lo tiene muy claro, primero que nadie, el mismo encumbrado dirigente amarillo que ahora se agarra la cabeza ante las torpezas de Tucat.

“Lo único que falta es que pida que el doctorado se lo otorguen a él, así termina de una vez su carrera”, ironizó.

Si de buscar un dato positivo se trata, tal vez en la piadosa actitud de no agraviarse ni hacer demasiadas olas, por parte de los impulsores del reconocimiento a Cilleruelo, pueda encontrarse uno.

El reconocimiento a “Watu” llegará, con apoyo del HCD incluido más temprano que tarde y no corresponde manchar la memoria de tamaño hecho con las “berretadas” propias de épocas decadentes.

Y allí permanecerá a la espera de tiempos más propicios en los que, por ejemplo, lustrar egos, el sometimiento a lo que haga falta y la disposición a hacer/decir lo que manden con tal de un sueldo, no sean un camino cierto a un cargo público. 

Probablemente, cuando miles de jóvenes idealistas se jugaban la vida por valores de justicia y liberación, nunca imaginaron que ese sacrificio podría terminar, cuatro décadas después, por ser moneda de cambio en base a los mandatos del marketing.

Del mismo modo, criminales como el tal “Moncho” Argibay, quien se cree que fue el encargado de efectuar el disparo que mató a “Watu”, con la cabeza limada por escorias como el nefasto Remus Tetu, quizás se hubieran envalentonado y hasta justificado en su truculento accionar, al saber los desbarajustes que sobrevendrían al amparo de aquellos mismos principios que los odiados “zurditos” decían defender.

Y eso sí que es realmente muy preocupante.

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