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Cuando abundan los motivos que conducen a una suprema sensación de escepticismo sobre la actividad política, con las consecuencias contagiosas que ello acarrea hacia todo el resto de la vida cotidiana, como aquel enfermo desahuciado que se emociona con un detalle menor ante sus ojos, de repente, sucede algo que invita a renovar una cuotita muy ínfima de ilusión.

Lo del carácter contagioso tiene que ver con el estricto ejercicio lógico de suponer que, si una actividad, que debería regular al resto de los quehaceres de una sociedad, está irremediablemente herida de ineficiencia, mal se puede esperar que, de aquello que no funciona para nada, pueda provenir algo que sí lo haga para algo.

Lo de detectar algún justificativo para la esperanza en medio de tanta negrura es más un acto de fe.

Pero no de esas fes absurdas y empecinadas, onda new age, del tipo de “tú cree de todo corazón, que se te cumplirá. ¡Tú cree!”.

Esta, se parece más a la fortaleza que, salvando la distancia, enseñaron a la humanidad apóstoles de la resistencia del tipo Gandhi o Mandela, quienes fueron capaces de aferrarse a la certeza de que, aún con todo en contra, la verdad de lo que proponían y anhelaban era tan enorme que, en algún momento sería la cuña desde la que se desmoronarían los respectivos sinsentidos a los que se opusieron…

En el primer caso, una islita europea pedorra, por guerreros que sean, no puede dominar y explotar a una cultura milenaria, gigantesca por extensión y población.

En el segundo, ciertos hombres no pueden oprimir a otros hasta límites denigrantes sólo por una mera cuestión de color de piel.

De tan antinatural, debería alcanzar con no claudicar ante el error y marcarlo, para que una anomalía termine por sucumbir ante el propio revoltijo de su viciada estructura.

¿Es descabellado esperar lo mismo para la decadente política? ¿Qué tantos y tantos desatinos, vendidos e impuestos como una normalidad por un sistema al que pareciera terminar por convenirle la confusión, culminen por desencadenar una tormenta perfecta que, tal cual sucede en la Naturaleza, desencadene una autodepuración?

En la última sesión en el Concejo Deliberante hubo una actitud que pasó casi desapercibida.

Y en cómo se pretendió disimular aquello que se incluye en el “casi”, puede decirse que hay una confesión sobre como el poder se ocupó de ningunearla y bajarle la cotización, no sea cosa que vaya a cundir el ejemplo.

La cosa fue tan simple como esto: los dos concejales pertenecientes a la Coalición Cívica que forma parte del bloque “Juntos por el Cambio”, es decir Marisa Pignatelli y Carlos González Antunes, quienes se referencian en el senador provincial Andrés De Leo, se negaron a firmar el expediente que, entre otras cosas, resolvía un nuevo aumento en el costo del boleto de colectivo y el oficialismo no pudo aprobarlo, como hace con todo merced a la mayoría automática que detenta.

La razón de la negativa nunca se explicó en forma oficial, pero, sin la menor duda, fue exactamente la siguiente: a los “Lilitos” locales (así denominan en los pasillos de todos los legislativos provinciales a los seguidores de Elisa Carrió) les cayó mal que les quisieran meter otra vez de “prepo” y sin consultar, trabajar un poco o aunque sea informar, un expediente que siempre resulta antipático.

Cómo siempre, se dio por descontado que, como parte del oficialismo, eso ellos lo “debían” votar sin chistar y al carajo el verso de las coaliciones, los republicanismos, las deliberaciones, las construcciones de consensos y la mar en coche…

Y por una vez, o por primera vez en mucho tiempo, en el ámbito en el que se dice representar a la gente común, de a pie, a los vecinos que, normales y sin privilegios, aspiran a vivir en una ciudad mejor, se aplicó la lógica de la calle que suele parecerse mucho más al sentido común que la que se utiliza en los ambientes políticos.

Está muy complicada una sociedad cuya actividad política se empeña en alejarse del sentido común casi siempre como primera opción.

“No me gusta”, “No me convence algo”, “No me lo pediste del modo correcto”, “No estamos seguros de que sea lo más conveniente”, “¿No lo podemos analizar un poco más?” o “Tengo otra idea al respecto”, aunque cueste creerlo, son posturas que resultan por completo ajenas a un ámbito que se presenta en sociedad justamente cómo “deliberativo”, pero en el que hace años que no se delibera nada.

Mucho menos cuando el control quedó en manos de quienes se pasaron la vida quejándose de esas malas prácticas, pero se han dedicado a abusar de las mayorías por exiguas que estas fueran.

“Es política”, argumentan y dan a entender que para combatir todo aquello que siempre aborrecieron, no les queda otra que hacer lo mismo… y un poco más también.

Entonces cuando dos concejales tienen la “rebeldía” de no someterse a la “obediencia debida” que se aplica con la misma marcialidad que en las tan aborrecidas estructuras militares, suenan todas las alarmas.

No sea cosa que preguntas incómodas del tipo “para qué queremos pagarle fortunas a 24 tipos” si al final todos terminan haciendo lo que dicen dos o tres y el resto están pintados, proliferen y expandan su “ponzoñosa” sensatez.

Dicen que sólo fue una rabieta y que rápidamente se tomaron los recaudos para que la cosa no vaya a pasar a mayores…

Aunque, se sabe, el actual senador De Leo tiene desde siempre expectativas  de ser alguna vez intendente de la ciudad.

Tal vez tenga ya muy claro que, como furgón de cola de quienes usufructúan el poder local como si fuera una franquicia, tiene escasa o nula chance de aspirar a ser ungido como sucesor de Héctor Gay.

Más allá de su larga permanencia en cargos, incluyendo una concejalía y dos senadurías provinciales, su nivel de consideración ante la opinión pública todavía no le alcanza para demasiado.

Ahora, en una de esas, poniéndose al frente de las ansias de coherencia y sensatez de una ciudad que, en gran parte se acostumbró a votar “a los menos malos” con tal de que no ganen “estafadores tipo Breitenstein”, tal vez pueda escribir otra historia.

Y por sensatez, para empezar, tan sólo debe entenderse que un Concejo Deliberante no ejerza como costosa escribanía en la que las tan mentadas “resonancias de una comunidad” devengan en frustraciones, impotencias y esterilidades.

Éramos pocos y volvió Budassi

Mientras tanto, por la anodina vereda de enfrente en esta grieta, lo más parecido a una noticia después del todavía impune bombazo en la sede de La Cámpora, tuvo que ver con el regreso, con aparentes ansias de recobrar protagonismo, de un curioso personaje.

El abogado Iván Budassi avisó que todavía existe y tiene ganas, merced a una extraña puesta en escena que sólo tuvo como finalidad mostrar su pertenencia al equipo de trabajo de Gustavo Béliz, un ministro que, como tantos otros en el actual gabinete presidencial, nadie tiene claro bien qué hace, pero se supone muy cercano a Alberto Fernández, lo cual no se sabe si es bueno o no tanto.

Sin que se le formularan demasiadas preguntas sobre qué medió entre su virtual desaparición del ámbito local tras haber perdido en forma contundente la interna kirchnerista en 2015 y ésta pomposa reaparición, justamente a mes y pico de un cierre de listas, enseguida  en mentideros oficiosos, se lo empezó a mencionar como un  eventual “candidateable”a algo.

La anterior mención de su nombre en medios había sido cuando en 2017, cuando parecía que María Eugenia Vidal se iba a quedar con todo.

Entonces se conoció su incorporación al gabinete de la entonces gobernadora, como integrante del equipo del ministro de Gobierno Joaquín de la Torre.

En aquellos días, Budassi apareció impulsando un intento de regulación del uso de cuatriciclos, que como tantas otras cosas, no pasó del amague.

Fue entonces cuando Federico Susbielles, por entonces senador provincial, y hoy referente más visible el kirchnerismo local, lo atendió sin miramientos: “Budassi es un mercader de la política”, definió.

Es que si se entiende a la coherencia como un valor que se asemeja a un mojón en torno al cual se mantienen convicciones contra viento y marea, la historia política de Budassi, consiste en una calesita capaz de dar todas las vueltas que haga falta con tal de tratar de quedar siempre enfocado con la cara mirando hacia donde calienta el sol.

A  sus inicios en los ´90 como columnista invitado en “Panorama” (en tiempos de Gay periodista) y colaborador de La Nueva Provincia como defensor del más rancio ideario liberal y antiperonista, la primera actuación pública que le cupo fue como, de la mano de Juan Pedro Tunessi, ideólogo jurídico de la destitución del intendente Rodolfo Lopes.

Por aquellos días, Tunessi, hoy funcionario del senado nacional, todavía tenía aspiraciones de ser intendente bahiense y creyó que erigiéndose en verdugo de un jefe comunal, aumentaba chances.

Como eso no sucedió, en 2007 Budassi pasó a ser “secretario legal y técnico” de la intendencia de Breitenstein y en 2009 encabezó la lista de candidatos a diputados provinciales por el kirchnerismo.

Imposibilitado de repetir en su banca en 2013, tuvo un puesto importante en la AFIP y luego en ARBA donde se erigió como hombre de confianza de Daniel Scioli.

Desde allí, con todo eso a disposición, aspiró a terciar por la intendencia, pero ni siquiera obtuvo la minoría ante Marcelo Feliú en 2015.

Dicen que estremecido por una derrota de un tamaño que nunca imaginó, literalmente se fue de Bahía hasta que dos años después se conoció la noticia de su incorporación a “Cambiemos”.

No faltaron quienes entonces concluyeron que, a fin de cuentas, el hombre había terminado allí donde realmente debía pertenecer por historia personal: lo raro había sido verlo en el peronismo.

Sin embargo, como si hubiera sacado una vez más una imaginaria sortija en su carrousel, parece haber encontrado un boleto para dar “una vueltita más”, tal cual claman los chicos cuando no se quieren bajar de un tiovivo.

Y así, ahora parece haber devenido una vez más en “kirchnerista”, o por lo menos, “socialdemócrata” que es como le gusta definirse al propio presidente Fernández.

¿Tendrán algo para decir al respecto desde el peronismo local?

En una de esas, como el rapto de dignidad de los concejales de la Coalición Cívica, también termina siendo algo esperanzador en medio de tantas alevosías.

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