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De vez en cuando, como si alguna parte de la sociedad se diera cuenta de la mediocridad del debate generalizado y buscara, con más desesperación que método, dar un paso hacia una mejor calidad, se instalan y se toman con cierta impunidad, términos provenientes de alguna ciencia.

El tema es que, es tal la necesidad de, aunque sea un poquito de lucidez, que el uso termina deviniendo en abuso y lo que en un principio fue prometedor, termina sonando trillado, casi cliché.

Pasó allá a principios de la pandemia, cuando, como aquel enfermo recién diagnosticado con un mal cargado de incertidumbres, muchos quisieron hacerse los héroes y salieron a predicar abnegación y solidaridad.

Así se blandieron conceptos como “resiliencia” o “empatía” con una liviandad pasmosa, al punto que apenas un año y pico después, sonroja un poco aquella candidez de salir a aplaudir a las 20 o cantar el himno desde los balcones…

La extensión de la pesadilla colectiva agota hasta a las películas mentales que todos quienes la padecen pueden hacerse para tratar de sobrellevarla un poco menos mal.

De aquel sentimiento de deber casi cívico de, por ejemplo mirar cada conferencia de prensa presidencial flanqueado por Kiciloff y Rodríguez Larreta, con la actitud de quien asume una tarea de responsabilidad ciudadana, a este hartazgo generalizado de no creer en casi nada ni nadie, lo que medió fue apenas una muestra más de la endeblez y la levedad de la condición humana.

Como en todos los órdenes, tal vez en la búsqueda de una cuota de equilibrio entre “ni tan héroes, empáticos y resilientes entonces” ni “todo es una mierda, no sirve nada y se va todo al carajo” podría haber una dosis de esperanza.

Pero una apelación a una mesura colectiva requeriría de un liderazgo moral o una forma de conducción desde la ejemplaridad que suenan improbables, si no imposibles en este contexto.

No hace falta extenderse en mencionar el descrédito que la política como actividad acumula en la consideración social.

Tal vez sirva más para salir del mero enojo, la comodidad de la indignación y el facilismo de la puteada, empezar por preguntarse qué razones (si es que las hubiera) podría haber para que esta ruptura no fuera tal.

¿Qué tan distinta debería ser esa entelequia que suele denominarse como “la política” para ser bien valorada por una sociedad?

Surge entonces que, además de los supremos problemas reales generados por una pandemia, cualquier forma de afrontarlos que se procure desde las estructuras del poder y las dificultades que conlleva, termina por reavivar que, en muchas opiniones, aquello de  “una herramienta de transformación de la realidad” debería transmutar en “un engendro que todo lo complica”.

Y ahí caemos en otra palabrita de esas que han sacado chapa de “interesantes” y no vendría mal tomarla con un poco más de cuidado: “tóxico”.

Amores tóxicos, amistades tóxicas, negocios tóxicos, política tóxica…

Celos, falsedades, avaricias, ineficiencias y corrupciones, han quedado englobadas en un concepto tan totalizador que hasta se corre el riesgo de terminar rindiéndole honor a su significado.

Entonces, sabedores de que todavía buena parte de las riendas del sistema están en manos de la política, quienes la ejercen incurren en una sintomatología que, en su forma leve hasta podría asociarse con un mecanismo de defensa, pero que en cantidades mayores reviste las características de todo un trastorno.

La referencia es para lo que en psicología se entiende por “disociación”.

La realidad como límite definitivo

A grandes trazos, se dice que está disociada una persona que se preocupa por “hacerse las uñas” y, por ejemplo, no tiene para darle para comer a su familia.

¿Hay mucha diferencia entre ese caso y el de un Congreso Nacional enfrascado por propiciar o impedir una maniobra rocambolesca para designar a un nuevo procurador general mientras, en el mismo país, los muertos se suman de a centenares por día?

¿O con un partido cuyos referentes no se animan a criticar que su principal referente se haya ido a vacunar a los Estados Unidos después de haber dicho no hace mucho que no lo iba a hacer hasta que no estuviera el último argentino “de riesgo” inoculado?

¿O con los militantes de un oficialismo que se niega reconocer que tiene la cadena de mando invertida peligrosamente y que detrás de un gran sarasero que prometió “volver mejores y con todos” se colaron aquellos que se quedaron con la sangre en el ojo por no haber podido “ir por todo” cuando perdieron en 2015?  

¿O, a nivel local, los que no registraron la desubicación de salir a gozar como una gran victoria que el gobierno provincial les otorgara “una suba de fase” el mismo día en que la ciudad alcanzaba su record de fallecidos?

¿O los que se la pasan presumiendo conexiones e influencias con los altos mandos “K” y, ante la misma decisión, además de quedar descolocados, salieron a propiciar el control de una hoguera que avivaron hasta que no pudieron más?

¿O los ventajeros que ante el cansancio anímico que provoca el extremismo imperante, salen a ofrecer como alternativa la exploración del camino del medio, pero eso sí, sin proponer una sola cosa distinta que pueda dar un indicio de que, llegado el caso, ellos serían distinto que los polos que tanto critican? 

Se están cumpliendo más o menos dos décadas de casos de disociación tales que terminaron por provocar la hecatombe social del 2001.

Más aún: no faltan quienes recuerden que aquel cataclismo comenzó a gestarse en la elección de 1999.

Este año hay elecciones. Como ya se  ha dicho en estas mismas entregas, aquí, allá y en todas partes, en eso es en lo que más piensan los políticos de todos los niveles y de todos los partidos.

“Si llegan más vacunas, nos van a votar a nosotros”, piensan aunque no lo digan, de un lado.

“Si no llegan más vacunas, nos van a votar a nosotros”, ídem del otro.

En ambos casos se les nota mucho una hilacha vergonzosa y vergonzante. No les importa nada más.

También la psicología enseña que la disociación puede tolerarse mientras los hechos no la sitúen en un rango de peligro.

La mujer pobre puede ir a la manicura o el hombre pobre comprarse un nuevo par de zapatillas, mientras sus hijos no entren en inanición.

Se pudo subir de fase a contramano de todo lo que parecía sensato hasta que cinco días después, la disociación se terminó por la contundencia de los hechos y hasta los que tenían hasta todo un aparato mediático para vanagloriarse, tuvieron que rendirse ante lo evidente.

Sería deseable que tengan en cuenta que al momento de esta entrega, el hospital bahiense que tienen como principal referente al intendente municipal, emitió un “código rojo” a partir del cual pidió a la población que no se acerque a la guardia a no ser que sea una cuestión de vida o muerte.

El cráneo de un motociclista estrellado contra uno de esos peculiares macetones instalados en las cuadras del centro podría ser una excepción…

Quemarse la yema de los dedos con un “latte” hirviente servido en alguno de los kioscos barcos devenidos en enclaves del “take away”, quizás no alcance para tanto.

Presentar tan dudosos hechos con bombos y platillos, como resultados de una “gestión política transformadora” en el actual estado de cosas sirve, con toda contundencia, como patético ejemplo de “disociación”.

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