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En medio de todo cuánto no se sabe sobre la actual situación que padece el mundo,  una de las pocas cosas parecidas a una certeza tiene que ver con asumir un largo y angustioso listado de limitaciones contra las que la sociedad se choca todo el tiempo.

Tan gigantesco es el desbarajuste, que el sistema se topa todo el tiempo contra sus propias impotencias.

El cuestionamiento a la autoridad establecida tal y como se la conocía hasta este momento es una de las más evidentes.

El reciente y patético vodevil sobre el retroceso o no en las fases de restricciones impuestas desde el Estado en procura de contener el incremento de contagios, quizás sea uno de los ejemplos más contundentes de esta erosión a los órdenes establecidos.

No hace falta un tratado sobre sociología para darse cuenta que poner a una ciudad en determinada fase puede no pasar de lo meramente simbólico de no mediar controles que hagan efectiva tal determinación.

Que países institucionalmente tan sólidos como la Alemania de Ángela Merkel, hayan apelado al mismo sistema para tratar de organizar ciertas limitaciones, al menos nos ahorra a los argentinos una discusión estéril más: a uno u otro lado de la grieta no parece haber impunidad intelectual suficiente para denigrar una idea proveniente desde un país serio. Al menos todavía…

Eso sí: es imposible que tal convención pueda arrojar algún resultado de no mediar primero, por un lado, una real intención de control y una cierta posibilidad de efectuarlo y por el otro, una voluntad de acatamiento en quienes deban ser controlados.

Ni de lo uno ni de lo otro pareciera haber suficiente cantidad en la Argentina de hoy.

Menos que menos en Bahía Blanca. La imagen de policías mirando como abigarradas hinchadas de fútbol, cumplieron el último fin de semana sus rituales en copiosos racimos humanos, sin que mediara el menor llamado de atención, reviste un efecto demoledor para cualquier apuesta por el autocuidado.

La imposibilidad (¿o poca intención?) municipal de inspeccionar aforos, concurrencias o acatamientos, lo mismo.

Todo el tiempo te piden, te imploran, te demandan que pares con lo que puedas estar haciendo, pero es como, si desde atrás de ese mismo cartel rojo con el que te bombardean todo el tiempo, los mismos que deberían velar por el cumplimiento de su indicación, se asomaran desde atrás para guiñarte un ojo e instarte a que sigas.

Desde una perspectiva estrictamente matemática, ni siquiera el dolor verdadero de quienes pueden dar cuenta de la gravedad del tema, alcanza a surtir un efecto ejemplificador.

Todos los tratados de guerra suelen aconsejar a los generales que nunca conviene asumir una derrota hasta bastante después de haberse dado cuenta de que la batalla está perdida, mucho más cuando todavía quedan soldados enceguecidos para ver un metro más allá de sus narices en la inercia de destrozarse unos a otros.

Quizás, como viene la mano, en medio de semejante griterío, ya no vaya a haber fase más efectiva que aquella que pueda llegar a generarse cuando la empatía sea forzada por el estupor.

Esto es, si la advertencia de desborde o de colapso deja de ser un aviso desesperado y se transforma en una descripción sobre lo que ya no se puede evitar.

No está claro, si eso llega suceder, si será una reacción en cadena, incontrolable e impredecible, o si sobrevendrá en porciones tales que nos pueda ofrecer una oportunidad más.

Según palabras del propio intendente municipal, al menos en Bahía Blanca estamos a apenas dos o tres camas de saberlo.

Si nos llegamos a quedar para siempre con la duda, sería una buena noticia.

Mientras tanto tal vez se necesite entender que un año y pico de anormalidad puso a la humanidad en estado de lucha por la supervivencia y eso se traduce en las irritabilidades e irascibilidades imperantes en todos los órdenes de la realidad.

Lo complicado es que los primeros que debieran comprender este estado de extrema complejidad son quienes deben tomar decisiones en nombre del resto.

Y lo preocupante es que lo que estos entienden por supervivencia, demasiadas veces, no parece ser lo mismo que aplica a quienes pretenden representar.

Se nota demasiado en cada medida, en cada reparo, en cada tuit, el condicionamiento constante de un eventual rédito político electoral.

Allá al principio de todo esto, un reconocido infectólogo puesto a explicar la necesidad de la cuarentena, vaticinaba: “Si esto llega a salir más o menos bien, lo más probable es que nos puteen por décadas por haber pecado de exagerados”.

“Y si sale mal, no va a hacer falta explicar nada”, señalaba.

Lo cierto es que si bien ya no se puede decir que haya “salido bien” ni mucho menos, todavía la lección no resulta suficiente para que se dejen de lado codicias y apetencias, ya no por colgarse medallas –porque miles de muertos y millones de infectados después, no podría haber medallas para nadie—si no por endilgarle errores y culpas al adversario.

“Si se contagian es culpa de los que no quieren cerrar nada”,  disparan.

“Si se funden es gracias a los que quieren cerrar todo”, responden.

Y mientras esa lógica no se logre cambiar, tal vez no haya fase dos, cinco o diecinueve que pueda alcanzar…

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