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Mientras una sensación de acabose se extiende por todo el país, ayer el idioma español sumó un nuevo vocablo a su rico bagaje: “Covidiota”.

Define a la persona que se niega a cumplir las normas sanitarias para evitar el contagio y la incluyó la Real Academia Española en su diccionario y se agregó al diccionario rector de nuestra lengua junto con otros neologismos surgidos del actual estado de pandemia.

Es decir que la palabreja no es un invento de militantes “K” enfrascados en esmerilar al enemigo como sea, en una versión digital de la legendaria batalla del Marne…

En realidad, este apedreo berreta, agotador y constante, de un lado a otro de “La Grieta” poco tiene en cuanto a épico o valeroso de similar con aquella descomunal carnicería de la Primera Gran Guerra.

Pero sí, comparte una condición desesperante: la presunción de que nunca terminará, a no ser que un hecho suprarreal decrete el final de las hostilidades y en una de esas, como sucedió en los lodazales franceses en 1918, termine provocando un fenómeno similar en el que los mismos que estuvieron años tirándose con cuanto tenían a mano, terminen todos abrazados celebrando una paz.

Es que, a estas alturas, es razonablemente imposible que los de un bando convenzan a otros con memes, troles y otras artillerías. Tampoco con “te-enes” o “ce-cinco-enes” descargando impiadosos las 24 horas su artillería cloacal o “Leucos”, “Majules” y “Morales Solás” y “Víctor Hugos”, “Gatos Sylvestres” o “Brancatellis” tironeando de la cincha para satisfacer a sus respectivas hinchadas y enardecer a la rival.

Esto último si las hinchadas adversarias se tomaran el trabajo de, aunque sea, escuchar que cantan los contrarios, un ejercicio que encerraría un intento intelectual si se quiere respetable.  Pero hasta desear eso es una ingenuidad.

Tanto parece estar yéndose todo al carajo que los que se pasaron la vida negando al resto del planeta y aseguraban que se podía vivir con lo nuestro,  ahora esgrimen la situación mundial como forma de expiar sus desatinos y contradicciones.

Del mismo modo, quienes durante décadas hicieron de mirar afuera una religión con tal de lacerar al Ser Nacional, ningunearlo y menoscabarlo, ahora parecen no registrar que el quilombo es realmente global y ni siquiera los países según ellos “como Dios manda”, logran dar pie con bola.

Todo, según ambos bandos, aporta con tal de denigrar al de enfrente como sea, obsesión que los ciega, al punto de que sus opiniones siempre están por encima de los hechos.

Hasta las cifras sobre la creciente ocupación de camas en las terapias intensivas son un elemento que se utiliza, según las necesidades ideológicas: “Quedan apenas tres camas y es para desesperarse” o “no estamos tan complicados, todavía hay tres lugares libres”, se presentan como si fueran suficiente argumento según las necesidades políticas de quien los esgrima.

Dicen que no les interesan las elecciones pero no dan un paso sin pensar en ellas y en los supuestos réditos que, desde sus miopías, les daría ser los que controlaron la pandemia o ser los que denunciaron su descontrol.

Si se derivan pacientes para canalizar el desborde, se profundiza el abismo…

Si se menciona la posibilidad de profundizar restricciones, también.

Como pocas veces, el país padece en base a lo que sucede en el atribulado AMBA.

Pero nadie se anima tampoco a asegurar que el incendio pueda extenderse al resto del territorio en un par de pestañeos, menos si no se endurecen los controles que tantos se empeñan en aborrecer.

¿INVESTIGACIÓN O INSPIRACIÓN?

Tal es el zafarrancho que los mismos datos que sirven para que unos intenten tomar decisiones son los que inspiran a otros a pretender instalar exactamente lo contrario.

De esta manera, un sólido e irrefutable trabajo de investigación publicado hace apenas  unas horas en INFOBAE fue tomado como inspiración para fortalecer sus respectivos fundamentalismos.

En ese artículo se daba cuenta de que la ocupación total de las 12.501 camas en unidades de terapia intensiva (UTI) de las que dispone la Argentina, sector privado incluido, está a un pelito de alcanzar el 40 por ciento.

“Ven: todavía queda un 60 por ciento disponible ¿cómo van a someter a la economía y a la sociedad otra vez a la angustia de cerrar todo?”, cuestionan desde la oposición.

“¿Pero no se dan cuenta que el año pasado se demoró siete meses en alcanzar el mismo nivel de ocupación que ahora en menos de un mes y medio y llegó a crecer más de un 300 por ciento por semana?”, advierten desde el oficialismo.

Todo esto sin contar otras patologías que no sean COVID, porque entre el 15 de marzo y el 20 de abril el porcentaje por cualquier causa de ocupación de camas UTI pasó del 54 al 68 por ciento.

De todos estos, dos terceras partes, corresponden a pacientes de más de 60 años y otra vez la buena pipa se reedita: ¿alcanza el 33 por ciento restante para decir que la edad promedio de los internados por COVID bajó?

Depende quien la diga, aperturista o “restriccionista”, la respuesta puede ser no distinta si no exactamente inversa.

“El sistema está tensionado pero no colapsado”, aclaran algunos.

“El momento de tomar medidas es ahora, porque del colapso no se vuelve sin contar muchos más muertos aún”, advierten otros.

El descalabro es tan supremo que ya ni siquiera parece alcanzar el idioma para intentar definirlo.

Por más que la Real Academia Española se despache con 2500 palabras nuevas incorporadas de un plumazo.

Incluida la ya citada “Covidiotas” (cuyo concepto original es “Made in Usa”) junto a otras audacias como “desconfinar”, “cuarentenear” o la mucho más inquietante “covidcidio” que es con la que, sin decirla, se amenazan todo el tiempo quienes se distraen tocando el violín en la cubierta del Titanic, sin ponerse a hacer de una vez lo que hay que hacer.

Y para terminar como se empezó, es decir con el intento, frustrado de antemano, de procurar ponerle alguna idea a la perplejidad que genera tanto heraldo negro desbocado para anticipar su catástrofe favorita (sean muertos o sean apocalipsis económicos, cuando de ambos ya tenemos mucho), tal vez convenga tener presente lo siguiente:

Quien utilizó la trillada metáfora sobre los músicos que amenizaron el naufragio más famoso de la historia, esta vez no es un militante de “La Cámpora”, emocionado por haber sido designado para coordinar un centro de vacunación cuyos beneficiados no tendrán más remedio que agradecer por fin a la memoria de Néstor, al presente de Cristina y al futuro de Máximo, por haberles prolongado la vida.

Es el multimillonario capitalista dueño de una de las empresas de medicina prepaga más preponderantes del país…

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