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A una ciudad que tiene a un periodista como intendente se le termina de morir su periodista más relevante.

En el hecho de que el fallecido y el funcionario no sean una misma persona tal vez pueda haber una paradoja.

No fue el mejor quien más lejos llegó ¿quiere decir algo?

Una idea lacaniana de tan provocativa, y desafiante, que excede la actual capacidad de reflexión de una sociedad abrumada y agobiada por una decadencia que no logra explicarse a sí misma, quizás engañada en creer que los motivos de sus males vienen de afuera, de arriba o de los costados pero nunca de adentro.

Si los parámetros de todo cambian a una velocidad inimaginable en apenas una o, cuanto mucho, dos décadas ¿por qué no habrían de cambiar los del periodismo?

Quizás plantearse la posibilidad de empezar a admitirlo podría ser un buen reconocimiento y un homenaje (ojalá que un poco mejor que algunos que se han escuchado, visto o leído en estas últimas horas) a la figura de Rafael Emilio Santiago.

En un “aquí y ahora” demasiado proclive a las simplificaciones de los rankings y los ratings, sostener que fue el mejor de la historia de la ciudad podría ser, como todo, ciertamente opinable.

En cambio, su popularidad, el reconocimiento y la admiración que despertó en audiencias que hoy serían inauditas, lo son mucho menos. Aunque no hayan sido mensuradas, casi constituyen un dato objetivo porque de, tan evidente, resultan indiscutibles.

Como también es indiscutible que se trata de una situación del pasado y, seguramente, irrepetible. Así pudiera volver a nacer alguien con dones similares, el contexto ya no será el mismo.

Santiago fue la máxima figura periodística de una época en la que los medios locales eran mucho más preponderantes, influyentes y considerados que los nacionales.

Leer un diario porteño o sintonizar una emisora capitalina era, hace 30 años, una rareza, un gesto de distinción, todo un síntoma de una voluntad de salirse de la manada.

Casi tanto como lo es hoy tomarse el trabajo de mirar la realidad abstrayéndose del aluvión mediático que proviene de los grandes gigantes nacionales que imponen un mensaje totalizador.

Sin contar la atomización que supuso no ya la existencia de decenas de radios, programas locales de televisión, portales digitales, sino obviamente, las redes sociales que lo han revolucionado todo en modo superlativo.

En ellas lo bueno y lo malo; lo positivo y lo negativo; lo peligroso y lo beneficioso; lo nocivo y lo saludable, acontece todo junto, en cantidades cambiantes e impredecibles, y en un mismo instante, eterno y permanente.

Cuesta encontrar con esta forma de comunicación algún punto en común con aquel mito de que “toda una ciudad se detenía” y hasta en los bancos se hacía una pausa cada día a las 10:50 para escuchar qué tenía para decir “El Negro” Santiago…

Puestos a buscarlos, cabe preguntar si aunque sea perdura en el periodismo bahiense actual alguna de las características que le valieron tal consideración al whitense, quien edificó prácticamente medio siglo de carrera por completo sustentable sin nunca contar con pautas oficiales y menos que menos pedirlas o gestionarlas en forma directa.

Se cuenta que los anunciantes, siempre privados, se anotaban en lista de espera porque el cupo de publicidad permitido por el entonces COMFER estaba siempre cubierto para auspiciar cada programa en que él estuviese.

Y lo más llamativo es que esto no se traducía ni mucho menos en un crecimiento exorbitante de sus ingresos ni mucho menos: lo suficiente apenas para llevar una vida digna, darse algunos gustos y eso sí, gozar de un prestigio que no se puede comprar con dinero.

La ecuación hoy puede tener ingredientes parecidos, pero conmutados de manera absolutamente disímil.

Hay hoy periodistas que ni por asomo tienen la influencia de sus colegas de otrora, mucho menos su prestigio, pero al ser sus propios empresarios, alcanzan niveles de vida con los que sus ancestros no podían ni soñar.

Como la relación de dependencia, el salario y una cobertura social, el anunciante privado es una rareza, una presa tan escasa y difícil que ya casi ni se la busca; mientras que la tajada mayor es aquella que se obtiene, no de la publicidad si no de la forma en qué se logre interactuar con, o incluso formar parte, del poder de turno.

“El periodismo es un negocio”, ha dicho al aire, no hace mucho y sin ponerse colorado, el director de la repetidora de una radio porteña en nuestra ciudad.

Desde esta perspectiva, el riesgo de que sólo se hable bien de quien ponga y todo el menú de opciones que provengan de esas variables (es decir: “no ponés, no existís” o, peor aún, “no ponés, te aniquilo”) ya no es una posibilidad si no una peligrosa realidad.

“El Chuca” versus “El Turco” (Parte II)

Puesto a intentar explicar la situación de dueños cada vez más ricos pero, al mismo tiempo, empleados con remuneraciones muchas veces por debajo de lo que cuesta una canasta básica, otro hombre de medios que mira con suma preocupación el actual estado de cosas en la ciudad, fue terminante: “No se trata de poder pagarles o no. Por supuesto que, con el resto que tienen, podrían hacerlo sin que se les moviera un milímetro la aguja de su patrimonio”.

“Lo que se busca es cambiar el paradigma e instaurar en el periodismo el mismo que impera en tantos otros rubros del comercio: cada quien se tiene que buscar por lo menos su propio sueldo. Estos tipos, sin ADN periodístico ni mucho menos, no conciben que pueda haber un redactor con 30 años de antigüedad y un mes y pico de vacaciones, que escribe dos notitas por semana y no genera nada”, agregó en relación a la puja salarial que ya se mencionó en este mismo portal hace un par de semanas y continúa no resuelta.

La referencia es para la escalada en el enfrentamiento entre los dos holdings empresarios “estrella” de la actual gestión municipal: El grupo Elías y el de Gabriel Chucariello.

“Quien hubiera dicho ¿no?”—se preguntó.

“A Gay lo patrocinaron durante treinta años los Bonacorsi y Arecco; fue el vocero mediático de las empresas del Polo y la cara visible del emporio de Rex Publicidad y desde la intendencia tiene un vínculo con estos dos”, disparó.

El dato es que este hombre asegura que, harto del modelo de comunicación condicionado con la famosa pauta, un grupo de empresarios locales excluidos del “eje Estambul” por decirlo de alguna forma, incluidos algunos propietarios de medios (como él) y agencias de publicidad, ya habrían contactado al dueño de San Gabriel para interesarlo en armar, todos juntos, alguna alternativa que funcione como resistencia y los ponga a salvo a tiempo de lo que por ahora son ¨provocaciones”, pero en cualquier momento, en caso de necesidad, podrían transformarse en embestidas violentas.

Más aún, puesto a aportar más detalles, hasta deslizó que el contacto y hasta el “punteo” de los integrantes de esta primera avanzada corrió por cuenta de un actual funcionario municipal, preocupado por haber quedado embanderado con “El Chuca” y temeroso de que ese alineamiento pueda implicar perder la protección gracias a la que, no sólo sobrevivió a varias macanas durante estos años, sino hasta también logró crecer,

Bastante más elusivo, el informante fue respecto si el encuentro ya se concretó y en caso de así haber sucedido, cual pudo haber sido la primera respuesta del empresario, si es que ya la hubo.

Un gremialista que edificó una relación muy cordial con este mismo hombre de negocios, consultado respecto de, si desde su grado de conocimiento personal, veía factible esta posibilidad, tampoco fue demasiado terminante: “Dudo que él (por Chucariello) pueda meterse en terrenos sobre los que no  conoce. La razón por la que le fue bien siempre estuvo en saber de qué se trataba y trabajar mucho. No hay mucha vuelta: como a todo empresario a él le interesa ganar plata”, deslizó.

Entonces se le hizo notar que el año pasado, la “Muni” destinó 82 millones de pesos de dinero público a pauta publicitaria y en este 2021, ya se gastaron 47 millones sólo en el primer cuatrimestre, por lo que, a este ritmo, no sería descabellado pensar que a fin de año, se superen los 100 millones.

Y que de ese total, más del 30 por ciento, irá a corresponderle a las empresas del “Grupo Elías”, que increíblemente, al mismo tiempo, niegan un aumento a sus empleados.

“¿Cuánta plata recibieron?”, pregunta el dirigente sindical, entre sorprendido y maravillado.

“En cuatro meses, casi cuatro palitos por mes: 16 millones”, se le responde.

“La mierda… y pensar que algunos puteaban a Cristian (por Breitenstein)… Bueno, eso sí podría interesarle un poco más al ‘Chuca’. Y sobre números te puedo asegurar que entiende más que ningún otro que yo conozca en esta ciudad”, admitió, pero no dijo nada más.

Que el periodismo sea un negocio, y nada más que un negocio, al servicio de otros negocios, incluido detentar el poder y ayudar a que quienes lo tienen lo mantengan, siempre y cuando paguen; o, llegado el caso, colaborar en que lo pierdan si dejan de pagar o si aparece un mejor postor, aunque resulte un poco impresionante, tal vez hasta puede no estar ni bien ni mal en sí mismo.

Siempre y cuando, claro está, haya un sinceramiento en tal sentido y se renuncie, ante el menor cuestionamiento, al facilismo de escudarse en valores superiores, como la “libertad de expresión” o el “sagrado deber de informar”.

Quizás entonces dejó de haber diferencias entre el negocio periodístico y cualquier otro comercio hecho y derecho: todo es conveniencia.

La diferencia es que si una concesionaria de autos que hoy vende tal marca, mañana se pasa a otra, a nadie le parece mal

Lo grave sería que, para argumentar que antes te decía que Ford era lo más grande del planeta y ahora pretendan hacerte creer que no hay nada mejor que un Peugeot, te engrupan con el verso del compromiso con la verdad o una supuesta independencia.

A esta altura,  si de considerar al periodismo se trata, tal vez entonces duela –o por lo menos incomode—recordar el nombre del espacio radial más emblemático que condujo Santiago: “Equilibrio”.

Una palabra que en materia de comunicación, como quien la utilizó como carta de presentación durante casi 35 años, ya forma parte de un tiempo pasado que, en este caso y fuera de toda duda, sí fue mejor.

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