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En una ciudad donde viven poco más de 300 mil personas,  apenas unas 1.600 fueron a votar en la interna de la otrora considerable Unión Cívica Radical. La lista que más votos sacó—sería irrespetuoso hablar de victoria con estos números—obtuvo alrededor de 750.

Un número comparable al que se reúne en la cena de fin de año de cualquier club o institución benéfica. Ni hablar de las que organizan algunos gremios.

Quienes deben haber festejado son Gay y compañía: cuando dentro de poco tal vez se sienten a negociar eventuales candidaturas, si es que tienen esa consideración, será inevitable tener presente esa ínfima representatividad.

Claro que a esa satisfacción de la cúpula de “Juntos por el Cambio” local debería seguirle la espina sobre si, en la inexperiencia, no pagaron demasiado caro durante estos cinco años por lo que está visto es un sello de goma de escaso valor, una cáscara vacía de cualquier representatividad real.

Que quedan en una ciudad que fue gobernada por 20 años consecutivos por el radicalismo quienes se definan como tales, está fuera de toda duda. Tanto como que esos tal vez miles de nostálgicos no tienen afinidad alguna o sentido de pertenencia alguno con esta recua feble que el domingo quedó espantosamente en evidencia en su endeblez.

¿Por qué habrían de tenerlo? Se la pasaron hablando de que no hay que ir por el “carguito”, pero se les nota demasiado que eso lo único que esperan y los desespera.

Apellidos ilustres en otros tiempos como Tunessi, Baylac o Cabirón promueven a jóvenes que sólo saben de ambición pero nada de los valores en los que podría sustentarse semejante voracidad: los Álvarez Porte y los Tucat cuando le quieran hacer pata ancha a los Nardelli y Moirano o Marisco y Romera estarán sentados en la “friolera” de 750  votos propios.

Sólo les quedará entonces el camino de exprimir más su capacidad de obsecuencia y estar dispuestos a cualquier cosa para no perder el pedacito del queso que les toca.

Tal vez el subsecretario de Seguridad tenga en su caja fuerte algún elemento más para que, llegado el caso, le respeten el lugarcito, así no tiene que volver a cumplir horario a la calle Drago.

Pero para el viedmense no hay otra que ampliar la extensión de su felpudo personal. Ni siquiera le pudo ofrendar un triunfo a su supuesto mentor “Maxi” Abad (en realidad, aseguran en La Plata, que tampoco es que Abad está encandilado por el locuaz edil), quien por estas horas, dicho sea de paso, todavía  siquiera tiene claro si obtuvo –con el apoyo de Vidal y Sanz incluidos—una victoria pírrica o una derrota papelonesca.

Cabe preguntarse entonces qué es el actual sistema de partidos que impera en la Argentina. ¿Una interna que se gana con 800 votos? ¿El merchandising y la militancia digital de los amarillos? ¿Los comunicados y solicitadas peronistas que juntan firmas de supuestos “dirigentes” para apoyar la unción de un príncipe nacido de dos ex presidentes?

El tamaño del resto del universo

A Jorge Luis Borges, el más lúcido de los antiperonistas argentinos, le adjudican la frase de que el justicialismo es algo que tiene el amplio tamaño del resto del universo conocido.

Tal vez Stephen Hawking y Albert Einstein se pondrían nerviosos ante la inmensidad que tal aseveración pretende representar en los últimos tiempos con la consabida cantinela de que “peronistas somos todos”.

Y recuerdan que Cámpora y López Rega compitieron por ver quién era más peronista.

Lo mismo que Menem y Duhalde. Los Kirchner y los Rodríguez Saá o Scioli contra Randazzo o incluso Massa. Más aún: hasta Francisco de Nárvaez o incluso el propio Macri fantasearon alguna vez con la idea de insertarse en tan ancho mundo. Tal vez ese fue el límite. A estos dos últimos la masa peronista nunca los digirió como tales.

“Somos un partido de poder y hacemos lo que sea necesario para tenerlo”, explican para argumentar la sorpresa de algunos ante la repartija de poder interno de ungir al presidente de la Nación como titular del partido a nivel nacional y al hijo de la vicepresidenta como conductor de la estructura provincial.

¿Son tan sólo dos formalidades que no dicen demasiado? ¿Son casos simétricos o en alguno de los dos casos (Máximo) puede servir para bastante más que para el otro (Alberto)?

Mientras puede resultar entretenido regodearse con incoherencias varias y explosiones de archivos.

“Es como los videos porno: cuando son muchos los que aparecen en uno, resulta menos vergonzoso para todos”, pretende argumentar un converso.

Así, repasando la lista, uno puede ver apoyos explícitos de históricos “K” puros, en convivencia con massistas que en 2013 celebraban que “Cristina nunca más” y “randazzistas” de toda la vida como el intendente montehermoseño Alejandro Di Chiara, compelido a ser quien saliese en medios nacionales que denostar a quien mucho lo ayudó mientras fue Ministro del Interior de CFK.

También están los silenciosos y calculadores que, aunque sea, tienen el decoro de no sobreactuar para disimular el sapo: “es una elección de un partido provincial para la que hay una sola lista. Para el 2023 falta una enormidad”, avisan, acaso sabedores de que todavía es tal la carga simbólica de la estigmatización a Máximo Kirchner, que en esa obsesión por chantárselos como sea, hasta hay una muestra de debilidad.

“Tampoco se vuelvan tan locos, si hasta el empresario Gustavo Elías al que tanto le deben los muchachos locales de amarillo no sólo se autodefine como PJ si no también se ocupó ni bien pudo por difundir él una fotografía con Máximo”,  se recordó.

Eso sí, de que un sábado no salga la edición de un diario de papel y se borre todo vestigio de la misma en Internet para no molestar a un amigo policía o de pretender cancelar con una carta abierta el historial sangriento de la empresa que compró sin beneficio de inventario, ni una palabra.

Tampoco de ponerle “me gusta” a tan estremecedora publicación en las redes sociales.

Revoltijo final

El amplio abanico del “pejotismo” acoge a casi todos. Algunos indiscutibles y otros que no resistirían una repregunta.

Mientras tanto, en la supuesta “alianza” denominada “Juntos por el Cambio” nunca termina de quedar en claro cuál es el partido. Si es que hay otro partido que no sea tratar de no ser llamados “peronistas” pero tampoco hacer cosas demasiado distintas cuando les tocó gobernar.

Tal vez sea por nutrirse de dirigentes que han pasado por el más amplio abanico ideológico sin la menor pizca de vergüenza: en Bahía algunos creen que el de Santiago Nardelli es el record de camisetas, pero a nivel nacional hay otros que no tienen nada que envidiar a su colección de colores.

Tantas vertientes conforman estos mejunjes que ni siquiera la supuesta unidad está garantizada, salvo porque el odio al de enfrente todavía es el principal elemento cohesionador. 

Por el lado del “macrismo”, ¿alguien puede dudar que un Posse envalentonado por el resultado del último domingo, o incluso desde la Coalición Cívica, bien podrían dar el salto si vieran un escenario más o menos propicio?

Tal vez un poco menos vacía de contenido ideológico a partir de la inmensidad conceptual de Perón de izquierda a derecha, el panorama sólo parece ser otro porque, por ahora, no parece haber nada serio por fuera del kirchnerismo (si por serio se entiende la posibilidad de juntar votos).

Como la orquesta del Titanic, tocan música sobre un transatlántico que se hunde inexorable.

Quienes se dan cuenta del naufragio no tienen el menor interés en escucharla. Tienen otras prioridades. Y con toda razón.

La crisis de representatividad es suprema. Tal vez no pueda ser de otra manera. ¿Por qué habrían de sentirse representados por sellos de goma que satisfacen deseos, fantasías e imaginaciones de “dirigentes” que no perciben lo que en realidad sucede?

Los radicales de Bahía hablaron durante meses de una interna a la que fueron a votar 1.600 personas.

Son un partido supuestamente con tradición y presencia en todo el país, pero estan sometidos a otro como el PRO, que no se sabe si tiene sede, plataforma u otra estructura que no sean las “selfies”, los twits y los zoom.

Los nombres de los peronistas de Bahía, históricos o flamantes, aparecieron en un comunicado de apoyo para “reorganizar el partido de acuerdo a la coyuntura”, como otros tantos en distintas épocas y “sanseacabó” cualquier debate. No hay nada afuera de eso.

Lo único que los define a uno y a otro lado del río es el odio por el de enfrente.

Mientras una gran mayoría mira azorada semejante patética disputa.

Usuario de Solo Local

2 Replies to “Cáscaras Vacías”

  1. Creo la nota es la “antipolitica”. Cómo si el resto fuera lo puro, lo rescatable. Es decir, cómo si en otros aspectos de la sociedad ( comercio, educación, justicia, PERIODISMO) no hubiera divisiones ( la grieta fue y es un invento para polarizar).

  2. No se quién escribió este mamarracho, y su escritor un maleducado porque si fuera periodista deberia saber si el PRO tienen sede o no, pero parece que le molesta los que fueron a votar o los que no fueron.

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