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(Por Raúl Woscoff) “La corrupción es una plaga traicionera de corrosivos efectos sociales que mina la democracia, debilita la ley, propicia la violación de los derechos humanos, distorsiona los mercados, erosiona la calidad de vida y alienta el crimen organizado y  el terrorismo amenazando, así la seguridad humana” ( Kofi Anan)

En junio de 2005 desarrollé algunas charlas sobre la corrupción. Las iniciaba con esas palabras del entonces Secretario General de la ONU. Al ver las caras de aprobación de los asistentes me apuraba a aclarar que en esa época el organismo internacional no quedó exento de sospechas de corrupción. Voy a desgranar algunas ideas de entonces de lamentable vigencia en estos días.

Si cabe una definición, decía que todos tenemos idea clara de su significado: se trata de la obtención de ventajas económicas provocadas por el desvío de las reglas formales e informales en actividades que, de una u otra manera, tienen una connotación pública. Contrataciones, designaciones de funcionarios y/o agentes, decisiones públicas en procesos administrativos y/o judiciales, beneficios o promociones, resumen, de manera inacabada, el inventario del mal que nos aqueja.

Pero vamos a aproximarnos a la definición de la célebre tipología del politólogo norteamericano Arnold J. Heidenheimer que es crómatica  y mucho más clara.

Parodiando al genial Wimpi, Rodriguez Nuñez, el famoso humorista uruguayo, podríamos decir que en la “blanca”, el tipo llega a tiempo al empleo público, pero se sentaba con el diario del día- ahora lo lee por la computadora afectada a un servicio público- mientras se toma el café matinal y deglute las ricas medialunas. En la “ gris” el mismo tipo le avisa a media mañana a su jefe que sale de inspección pero se dirige a realizar trabajos privados en alguna obra en la que lo contrataron.

“La negra” ustedes se la imaginan: delito de acá hasta la China, dicho esto sin aproximarme a las vacunas, donde ahora asistiremos a un debate casi bizantino sobre si el adelantamiento para la vacunación es o no delito.

El lector puede desandar la historia y se va a topar con hechos de corrupción. La mayoría de los gobiernos aquejados por este mal. Para muestra basta un botón. Quien se acuerda del escandaloso caso de la deuda externa de la etapa de la dictadura cívico militar? donde la violación de las normas de registración de la deuda privada devenida pública y la que lo es de por sí, tendría ribetes escandalosos. Cabe pensar hasta donde alcanzan los efectos perniciosos de la corrupción, capaz de hipotecar el futuro, y resignar nuestra soberanía.     

No cabe duda que el primer elemento que caracteriza el fenómeno es la desnaturalización de lo público a favor de lo privado. Otro: que no hay ámbito de lo público que se encuentre fuera de su influjo. Le alcanza al espacio local, provincial, nacional, y a los tres poderes: ejecutivo, legislativo o judicial. Tan vasto y profundo es el fenómeno.

Y por último que la desviación se produce a oscuras pero sus efectos, inevitablemente, se conocen a la luz del día. La corrupción supone, además, una transferencia de recursos públicos al sector privado.

Luces y sombras, otra vez el efecto cromático.

Tiene a su vez la corrupción, un claro efecto mimético. La sociedad aprende con rapidez cuando observa a su dirigencia incurrir en actos preñados de corrupción, y de manera casi imperceptible se acuña un nuevo principio: ¿si los que mandan lo hacen, por qué no puede hacerlo también un simple ciudadano?     

Las vinculaciones entre lo público y lo privado nos conducen a otro interrogante: es el referido a la moral privada y la moral pública. La corrupción necesita de esta dicotomía. Es frecuente, diríase harto frecuente, oír aquella frase que señala que la dedicación al quehacer político supone “tirar la honra a los perros”. Y por desgracia buena parte de la dirigencia y los ciudadanos aceptaron este principio como verdad absoluta. Tal afirmación, contribuye de manera constante a sumar conductas que, desde un relativismo moral y maquiavelismo positivista, justifican un mundo, el de la política, donde no se puede ingresar y conducirse con los criterios de la moral y la ética privada. La lucha contra la corrupción supone extender en el ámbito público los mismos principios éticos que existen en la actividad privada. De otra forma restamos vigor a una lucha que requiere del esfuerzo de todos.

Los instrumentos para frenar el desarrollo de esta pandemia, ahora ejercitada dentro de la otra pandemia aunque parezca increíble, se desarrollaron para “vacunarse” contra ella.  A)Acceso a la información pública, pleno, total, con limitadísimas zona de reserva definidas por la ley,b) elaboración de “mapas de riesgos de la corrupción” con acento en las contrataciones públicas, compras de bienes y servicios, área crítica si la hay en este tema; c)observatorios, d) pactos de integridad. La lista es incompleta.

La pérdida de confianza en la democracia, es otra consecuencia de esta enfermedad social. Recientes estudios en España asi lo acreditan.                                 

Finalizaba mi conferencia diciendo: Cuentan los colombianos, que son tan ingeniosos, que cuando el Presidente Turbay Ayala terminaba su mandato, ya el país se encontraba bastante complicado, por lo que en su mensaje les dijo: “Cumplimos el objetivo de nuestro gobierno de reducir la corrupción a sus justas y adecuadas proporciones”. (Corrupción y Pobreza. Rodrigo Madrigal Nieto. Presidente de la Fundación para la Paz y la Democracia, Costa Rica, 18 de noviembre 2004)      

De nosotros depende que no terminemos prisioneros de una lógica perversa basada en la indiferencia.

                                                     

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