La escala siguiente en su mutación -“evolución en su forma de entender la política”, según su propia argumentación ante allegados que le han hecho notar la indigna dimensión que, ante el más elemental sentido de la ética, adquieren semejantes volteretas—lo encuentra ahora como solícito mandadero de una administración que pretende obtener rédito político procurando mostrarse como inflexible verdugo de un monstruoso mamarracho que ella misma gestó.
¿El próximo paso será verlo a Lliteras, estoico y con un birrete doblemente horadado para evitar voladuras a la hora de sortear algún cráter asfáltico, al mando de alguna de las unidades de un servicio municipal de ómnibus en la línea que vaya a unir el centro con “su querido” bulevar Juan B. Justo?
La chanza debería servir para facilitar la digestión de una verdad sin cuya asunción resulta imposible cualquier intento de comprensión auténtica del asunto: Dámaso Larraburu es el intendente “de facto” de Bahía Blanca desde que en 2006 coordinó la compleja maquinaria que destituyó a Rodolfo Lopes y, como tal, entre otras muchas cosas, fue el principal gestor de la llegada del grupo Plaza a la ciudad, a partir de su últimamente por algunos reivindicada y valorada “agenda de contactos”.
Por eso que ahora, como si fuese una especie de “jefe de la hinchada” procure mostrarse vía Twitter como el patriarca impulsor de una “cruzada ciudadana” encabezada por un intendente interino “contra esas corporaciones que le complican la vida a la pobre gente” como si recién ahora tuviera alguna injerencia en la cuestión, a algunos los lleva a, por lo menos, sospechar que detrás de todo lo que se está diciendo y sobreactuando, para variar y estando quien está, detrás o en el fondo de todo, puede haber otra cosa.
¿O, por ejemplo, no se le ocurre a Fabián Lliteras consultar a Iván Budassi, el “experto administrativista” que diseñó los pliegos que visto está, de nada sirvieron para poner en caja a Plaza y terminaron por desembocar en este berenjenal para ver si no dejó una llave guardada en algún cajón para salir del embrollo?
¿Y el actual ministro de la Producción de la gobernación Scioli? ¿No tiene nada para decir al respecto? ¿Nadie le va a preguntar nada?
Bastó escuchar los sugerentes comentarios formulados por los conductores durante la edición veraniega de un programa radial sabatino bastante filo-oficialista—a juzgar por las verdades que canta el sitio Gasto Público Bahiense a la hora de evidenciar quienes reciben más pauta publicitaria municipal —para olfatear algo que luego, jugo de naranja mediante, a pocos metros de la municipalidad, corroboró alguien reciente y abruptamente desengañado en su creencia de que “Cristian y Dámaso eran amigos, incluso socios o pares y no empleado y jefe, respectivamente”.
“En el 2006 para armar el circo, hizo falta construir un enemigo público al que echarle la culpa de todo y poder atrincherarse. Con algunos méritos de su parte, todos los números lo sacó el pobre Lopes al que no le adjudicaron el robo de las manos de Perón, porque consiguieron sacarlo del medio antes» se le escuchó decir..
“Ahora, el “Alemán” se rajó antes de lo previsto y el “Conde” –como hace unos días lo definió, despechado, Federico Susbielles desde su twitter a Larraburu—sabe que Bevilacqua tiene que mostrar algo fuerte pronto, tanto para que nadie se acuerde del que se fue como para mantener la carpa armada sin que se escapen los enanos y, todos los números, también con bastantes méritos de su parte, los tiene el grupo Plaza, al que no cuesta mucho presentar como el Enemigo Público Número Uno, porque lo cierto es que desde que llegó, nunca pudo hacer pie firme”, explicó.
“Pero los colectivos son realmente un desastre”, ensayé, mientras trataba de digerir semejante teoría.
“Nadie dice que no lo sean. Cómo también lo son el agua y los cortes de energía que ya superan todos los límites tolerables, por mencionar otros temas estructurales que también podrían servir como bandera, si el Flaco oliera sangre y viera que está a su alcance la posibilidad de resolverlos. Pero como no lo están, pese a que ya lleva seis años gobernando, no se agitan ni desde la política ni desde el periodismo. Es así: Plaza es el Lopes de Bevilacqua… Plaza… Lopes, los dos tienen cinco letras ¿te fijaste?”, me deslizó como si estuviera cerca de descifrar una profecía maya.
“¿Y qué tiene que ver?”, no pude evitar preguntar mientras miré hacia el largo mostrador del bar en procura de establecer si algún gracioso –desde que dicho local está muy bien gerenciado por el “Vasco” sería posible esperar una broma así para con ciertos amigos—a esa hora temprana de la tarde, no le había puesto vodka al jugo de mi confidente.
“Vos reíte. Pero acordate que para que hubiese un Lopes y todo lo que se armó después de su caída, en aquel asunto también hizo falta alguien que le pusiera al asunto un barniz de cruzada por el interés público, más allá de las banderías políticas, para presentarlo ante la gente como una causa justa y cívica capaz de unir dirigentes más allá de los colores partidarios”, insistió.
Tragué saliva y me quedé callado. Algún especialista en lenguaje gestual me dijo alguna vez que eso quiere decir algo parecido a “estoy preparado para lo que me digas, por más fuerte que sea”.
“Ese papel, entonces, lo cumplió a la perfección Juan Pedro Tunessi, quien creyó que en política dos más dos es cuatro y calculó mal que a semejante escándalo en una administración peronista, por lógica, no podía seguirle otra cosa que no fuera la vuelta del radicalismo que le ayudó a recomponer la gobernabilidad. Pero el “Flaco”, fiel a su estilo y coherente con su historia, lo usó todo lo que necesitó para sus necesidades administrativas y llegó al 2007 lo suficientemente armado como para legitimar a Breitenstein en las urnas ¿Te acordás?”, me preguntó, sin tener en cuenta que en la fecha aludida quien escribe no vivía en la ciudad.
Seguí en silencio, ansioso por ver con qué me salía…
“Y si el “Flaco” pretende que Plaza sea el Lopes de Bevilacqua ¿quién te parece que él tiene previsto que cumpla el rol de Tunessi?”, insistió.
No me animé a responder. Casi por instinto, repasé los movimientos y los dichos del líder de Integración Ciudadana en las últimas horas en ocasión al asunto y su “valoración” de que el oficialismo se aviniera a reconocer el “estado de emergencia” del transporte y, directamente, me quedé mudo.
“Woscoff… Acertaste—adivinó—Dámaso quiere que el “Ruso”, como él le dice, lo ayude—se frenó un instante, como dándose cuenta del involuntario juego de palabras con el apellido de otro concejal del bloque de IC—a hacer los deberes en esta emergencia. Tal cual pasó con Tunessi aquella vez, de paso, le envía un mensaje a la sociedad de dialoguismo y convivencia que siempre cae bien y mientras tanto gana tiempo para consolidar a Bevilacqua, igual que lo hizo con Breitenstein. ¿O no te llama la atención que algunos de los voceros oficiales ya estén instalando como consigna que si el actual interino arregla el tema de los colectivos pasaría a ser Gardel?”, argumentó.
“Pero Woscoff no es Tunessi. Ya se debe haber dado cuenta de que lo podrían estar usando y evitar que terminara pasando lo mismo…”, deslicé, a esa altura, no demasiado convencido de mis palabras.
“No sé, no sé—dudó.
“Me dicen que tiene línea directa con el interino y que habla muy seguido con él. Más aún, hasta me han comentado que recibió un llamado del propio Larraburu quien intentó seducirlo con la petición de un gesto de grandeza para colaborar en solucionar un tema que afecta a tantas personas y prometió reconocerle el correspondiente crédito, como para que Integración Ciudadana pueda colgarse la cucarda de que, además de criticar, controlar y oponerse, también es capaz de gestionar soluciones en los grandes temas de la ciudad”, fundamentó.
Entonces consideré que lo mejor era callar. Intenté construir un pensamiento elegante que uniera el argentinismo que define al coito con el acto de estar erguido, pero no lo encontré, ni siquiera a la hora de transcribir esta charla.
Pedí la cuenta. Inventé una excusa sobre ir a llevar a los chicos a una pileta, bastante creíble por el calor que hacía. Le agradecí por la charla y me despedí.
“Santiago—me frenó mi fuente con voz alta y tuve la sensación de que alguno de los presentes en el local, también vinculado a la política bahiense, me miró como diciendo “Este debe ser ese Santiago Rosso al que le publican en Solo Local”—una cosita más”.
No me volví a sentar, sino que insistí con lo del apuro, los chicos y la pileta pero pareció no importarle e igual disparó: “Te fijaste de algo más: Woscoff tiene siete letras, igual que Tunessi”.
¿Y dónde está Breitenstein?
A pocos metros en diagonal a la salida del bar, frente a otro lateral de la plaza Rivadavia, pude ver una vez más una buena cantidad de personas, al rayo del sol de la siesta, a la espera del colectivo y deduje sin temor a equivocarme que muchos de ellos, en octubre pasado, no hace un siglo, deben haber votado a Cristian Breitenstein.
Me pregunté, también una vez más, si no desearán saber en donde está aquel que les habló a los ojos y les dijo que creía en ellos.
Deduje, de acuerdo a lo que me habían dicho –¿o confesado?– instantes antes que junto con el primer colectivo de Plaza que se vaya de la ciudad, con él también se irá el fantasma de Cristian Breitenstein y un potencial regreso a la intendencia.
Aunque en las sombras lo pueda haber tejido otro, él fue la cara visible del fracaso de un sistema que se torna más estrepitoso al recordar las grandilocuencias con que se lo presentó (“El mejor sistema de transporte del país”, “La gente se va a colgar de los colectivos para viajar”, etc.).
En el mismo vehículo se irá el argumento con que se pretendió justificar su ida a La Plata y los supuestos beneficios que traería aparejados.
¿O quien aseguró tener bajo su puño el 40 por ciento del Producto Bruto Interno nacional no puede, desde semejante puesto, colaborar en encontrar alguna forma de que los chicos bahienses puedan llegar a horario a la escuela?
Está claro que Plaza incumplió muchos de sus compromisos.
Tanto como que la Municipalidad incumplió mucho más, al correrle el arco constantemente cambiándole recorridos y reglas de juego.
Esto, pese a que no se diga demasiado, coloca a la intendencia—es decir a todos los bahienses—en una situación muy desventajosa de cara a una posible resolución judicial del conflicto.
Y ese es el mayor reaseguro de la empresa a la hora de negociar una salida que ella misma también desea, pero no gratis.
La forma elegida –más allá del tono de capataz de estancia que Larraburu y compañía pretenden adoptar—parece ser la venta de varias decenas de unidades que servirán para poner en marcha a un sistema municipalizado.
“Yo me voy, pero vos me comprás a mi los colectivos”, parece ser la propuesta de la empresa.
Y la municipalidad, fiel al estilo que siempre caracterizó a su actual mandamás de “siempre resolver como sea el hoy porque mañana se verá”, tal vez no tenga otra salida que aceptar.
Obviamente no tiene el dinero para ello y a por eso anda en la búsqueda de una cifra varias veces millonaria a través del sistema que, según algunos, sirve “para todo”: un fideicomiso solventado por el Estado Nacional.
En definitiva, el rotundo fracaso “del mejor sistema del transporte del país” intentará ser resuelto por el sucesor de quien lo proclamó con una fórmula para nada ingeniosa ni mucho menos enorgullecedora como para permitirle jactancia alguna: más fondos públicos, peores recorridos y menos frecuencias.
Esto y decir que quienes terminarán pagando los platos rotos seremos los usuarios, es prácticamente lo mismo.
Agradecí entonces al destino que aunque sea por una vez, merced a la gentileza de mi mujer en vacaciones, andaba en mi auto y al colocar el cospel en el parquímetro leí el mensaje de que no tenía saldo suficiente y recordé que cuando en su reaparición pública tras la operación, la Presidenta dijo hace unos días que “sintonía fina quería decir que se terminaba la avivada”, automáticamente pensé si la adhesión a tan singular expresión proclamada por Bevilacqua desde el mismo momento de su asunción no podría empezar por terminar de una buena vez con “curros” como los del COPROTUR o el de Altec, dicho sea de paso, ya en la mira de Integración Ciudadana, sin que, para variar haya habido atisbo de respuesta alguna del Ejecutivo.
Sin embargo, el doloroso recuerdo de haber debido pagar más de una vez, 150 pesos por no registrar el vehículo a la hora de estacionar, me decidió a cruzar al tradicional kiosco lindero a la sede social del club Olimpo para efectuar una recarga.
Allí me encontré con un ex concejal radical que le anunciaba a un amigo su firme intención de partir raudo al Club de Golf “para jugarse unos hoyitos y, después, tirarse a la pileta”.
“¿No lo escuchaste al pibe Lemos por radio esta mañana?”, le preguntó el hombre al otrora edil.
“Si”, respondió el consultado e hizo un gesto que lo dijo todo. Después, dio la sensación de que no pudo contenerse: “Ese muchacho no puede hablar del transporte público como si él no tuviera nada que ver. Su empresa familiar podría terminar siendo muy beneficiada por todo este embrollo. Debería tener un poco más de decoro. Me acuerdo cuando compartí la bancada con su padre, así fuera para resolver el cambio transitorio de una cuadra de recorrido por un cambio de caño, él siempre tenía la delicadeza de levantarse y jamás participar de ninguna discusión referida al transporte. Lo mínimo que correspondía”, agregó.
“Si se levantará Carlitos…”, asintió, nostálgico, el amigo.
“Debe estar retorciéndose en su tumba”, completó el quiosquero, casi por reflejo, incluso sin saber muy bien de lo que hablaban sus clientes.
El ex concejal asintió. Me miró a los ojos como si se hubiera dado cuenta de que había prestado especial atención a sus palabras y con la mirada me dio la sensación de que podría corroborar sus dichos sin problemas. Eso me decidió a citarlas.
La espera de más personas en las paradas de esa cuadra me devolvió a mi inquietud anterior: ¿Dónde está Cristian Breitenstein? ¿Cómo pudo haberse rifado el capital político de dos intendencias y media en menos de dos meses? Tan orondo, suficiente y desafiante que tantas veces se mostró ante cámaras y micrófonos prestos a sus declaraciones ¿No tendrá ahora nada para decir? ¿Dejará mansamente que el mismo que lo puso, lo envíe al ostracismo, como para que a nadie le queden dudas de que en efecto, fue su títere?
Entonces recordé otro comentario deslizado como al pasar por el conductor en el mismo programa radial que me despertó el olfato para averiguar todo esto: “En la municipalidad, ahora, nadie quiere saber nada con él. Ahora es casi mala palabra”.
Y para confirmar tal presunción, ahora que para algunos hacer política y periodismo político se remite a emitir, contestar y leer “twitteos” varios, reparé en el detalle de un sugestivo cambio registrado en las últimas horas en el perfil de presentación del twitter del actual presidente del bloque oficialista de concejales, Santiago Mandolesi Burgos.
Allí hasta donde hasta no hace mucho decía como firme y taxativa autodefinición “kirchnerista, sciolista, breiteinstenista…” ahora solo puede leerse “Militante del proyecto nacional que encabeza la presidenta CFK”.
Ya si Mandolesi Burgos reniega de Breitenstein ¿qué cabe esperar del resto del elenco municipal?
