Site Loader
zorro4
zorro4(Notas de Usuarios) – Y de repente, con un toque innegable de inspiración, acaso resabio de su época de cantante y tecladista de una cover band local que a fines de los ’60, principios de los ’70, “perpetraba” temas de Frank Sinatra y Los Plateros, tal vez fue un ex integrante del gabinete de Rodolfo Lopes, devenido en “todo-terreno” de la actual intendencia, definitivamente cada vez más “larraburista”, quien dio en una tecla sugestiva y tarareó la canción que identificaba a uno de los héroes de la niñez de otras épocas: “En su corcel, cuando sale la luna, aparece el bravo zorro”. Lo hizo ante la preocupación, entre obsesiva y culposa de otro ex “lopesista”, luego reciclado en concejal del actual oficialismo y ahora secretario de Breitenstein, por intentar establecer quién es y de dónde ha salido el autor de estos inesperados ejercicios del periodismo que, en demostración de una independencia cada vez más escasa en el panorama mediático local, tiene a bien publicar esta revista digital y que luego se multiplican en cientos de correos electrónicos, twitters y muros de Facebook.

 

“¿Rosso no es zorro al vesre?”, preguntó el primero y el segundo se cuestionó una vez más si, con tantos saltos en procura de acomodarse para no alejarse de ese queso que tanto lo atrae, no habrá esta vez quedado del lado exactamente contrario al de los ideales de justicia e igualdad con los que, como tantos, soñaba mientras, cuando era chico, tomaba la leche y miraba en blanco y negro los capítulos de la saga del héroe personificado por Guy Williams, antes de ir a jugar al básquetbol y comentar estas andanzas con sus compañeros de equipo.

Convengamos que esta Bahía Blanca no es aquella inverosímil California, previa al dominio yanqui en la que acontecían las aventuras del justiciero enmascarado, pero a veces se le parece bastante…

Un páramo alejado y olvidado para los principales poderes centrales, con cierto potencial económico y riquezas aún por explotar, en manos de una corporación inescrupulosa y desesperada por repartirse como sea el poder y las ganancias que devengan de su ejercicio discrecional, sin importarle las necesidades de la mayoría de sus habitantes, a no ser que estas, claro, justo coincidan con alguna posibilidad de negocio para ellos o alguno de los suyos (transporte público, parquímetros, remodelación del aeropuerto, planes de pavimentación, recolección de residuos, etc.).

En este punto, la tentación de comparar a Larraburu con el maquiavélico “Capitán Monasterio” y al actual intendente con el “Sargento García” es muy grande, pero corresponde evitarla, toda vez que este último paralelismo podría ser visto (más que como la sutil pero precisa comparación operativa que es, indicativa de la ya indisimulable sumisión del subalterno al jefe) como una alusión socarrona a la cada vez más regordeta anatomía del jefe comunal, la cual podría tener origen en algún desorden orgánico, es decir ser consecuencia de un asunto de índole estrictamente privada y, como tal, por completo ajeno a los códigos éticos que deben regular a cualquier ejercicio de la información.

Lo cierto es que hubo varios que se mostraron demasiado interesados en dar con el paradero de quien escribe.Como suele decirse, en este caso más que nunca, el mensajero no es importante como sí lo es el mensaje que transporta. Y quienes desesperan por dar con el cartero, en realidad no hacen más que dejar muy en evidencia el inmenso valor que tienen las cartas que este lleva consigo y las verdades que ellas puedan contener.

Toda acción tiene una reacción igual y opuesta. Y, justamente, lo tan “monstruoso” que le han hecho a esta ciudad en los últimos años, terminó por crear un “monstruo” que se les opone, del cual lo que pueda desprenderse en este tipo de artículos apenas es una huella.

Quienes preguntan quién escribe estas líneas, al mismo tiempo, ayudan a ocultarlo (u ocultarlos) y terminan siendo su mayor ayuda. De alguna manera, al hacerlo, ellos se calzan un disfraz que, más temprano que tarde terminará por dar forma a su propósito, el cual, en la medida que sea cada vez más difundido, al mismo tiempo, podrá ser más comprendido y más compartido, si se quiere en defensa propia.

Esto es encontrar una forma de poner a la ciudad a salvo de las peligrosísimas y dolorosas consecuencias que trajeron aparejadas que, desde la carambola que se cargó a la “gestión Lopes”, casi todo el poder (política, justicia, negocios y medios de comunicación) quedara en manos de tan pocos, sirviéndose de él con una voracidad atroz y siempre escudados en un descomunal (sino ilegal, seguro inmoral) sistema de marketing y publicidad, financiado con fondos públicos y, fuera de toda duda, mucho más prepotente que ingenioso.

De lo “universal” a lo “municipal”

Mientras tanto, en esta “Bahía del Silencio” (tal cual la define, parafraseando el título de la novela Mallea, un emblemático luchador bahiense por los derechos humanos a quien la legítima rabia y el dolor que lo acompañan como una novia inseparable desde hace tantos años, a veces parecen impedirle discernir quien son los verdaderos enemigos de sus ideales) en estos últimos días, siguieron “pasando cosas”.

Cosas que, salvo unas pocas y tibias insinuaciones públicas e innumerables y preocupados comentarios en voz baja en formato de chisme, tal como fueron realmente, hasta ahora no se difundieron en ningún lado y que, sin embargo, sirven para seguir iluminando la oscuridad.

Sucedió durante una transmisión matinal de Radio Universal. El conductor del programa (Sergio Donati) entrevistaba a un legislador provincial (Marcelo Feliú) en relación a la futura realización de unas jornadas universitarias referidas a la posibilidad de agilizar, a nivel bonaerense, los trámites de adopción, cuando empezó a percibir señas desesperadas del operador de turno, indicándole que debía terminar la nota “en ese mismo instante por orden de arriba”.

Sin entender muy bien lo que ocurría, habida cuenta la inofensiva temática aludida, siguió preguntando al entrevistado, mientras buscaba más precisiones sobre tamaña instrucción.

Entonces se escuchó una cortina musical como si la transmisión se hubiese cortado y el reportaje quedó inconcluso.

Fue el mismo periodista quien pocas horas después, enardecido e indignado, contó con lujo de detalles a unos cuantos allegados (y no tan allegados) lo que sucedió en realidad.

“Me cortaron la nota. No lo puedo creer. Esto fue demasiado y pasó todos los límites. No aguanto más a Emilio Turcumán. Me dijo que la orden era que Feliú no puede hablar de ningún tema, pero la verdad es que a mí nunca me habían dicho nada, ni tampoco permitiría que me impusieran algo así. Yo sólo quiero laburar y no meterme en operaciones políticas. Me voy. Esta fue la gota que colmó el vaso”, describió “en caliente”.

Lo cierto fue que con casi 20 años de antigüedad laboral en esa emisora, al genuino enojo inicial de Donati, con el correr de las horas le prosiguió un prudente temor, fruto de las incertidumbres que se dibujaron en su horizonte personal de padre de familia y su primitiva intención de “mandar el telegrama” mutó por la de “encontrar alguna forma de arreglo económico para su salida”.

Así empezó a desactivarse lo que era una bomba cuyo estallido quizás podría, por fin, haber puesto blanco sobre negro respecto lo que sucede con muchos medios de comunicación bahienses, entregados y atados de pies y manos a los intereses del poder de turno, a cambio de “la pauta municipal y de las empresas e instituciones satélites”.

Sugestivamente, a la mañana siguiente, Donati estuvo en el mismísimo despacho del intendente municipal, donde recibió una explicación obvia: “Nosotros no tenemos nada que ver con esas cosas. Jamás haríamos algo así”.

Por la tarde, empezó a recibir mensajes que indicaban que su empleador de tantos años no sólo no le aceptaría la renuncia, sino que estaba dispuesto a pedirle disculpas y a brindarle “otras” explicaciones, además de ciertas concesiones con tal de evitar que la sangre llegue al río, es decir que reconociera públicamente lo sucedido, algo que, automáticamente, habría empujado a otros actores a subir al cuadrilátero “en conjunto” para denunciar tan burda censura.

Lo cierto es que estando en el medio Feliú, no falta quien sospeche –esto le da la razón a Larraburu, quien cuenta para sus planes con que el legislador provincial, muy cómodo en su rol y procurando una proyección provincial y nacional, jamás se animará a enfrentarlo abierta y francamente a nivel local, sino que apenas se limitará a oponerle una especie de “guerra de guerrillas”—que esto jamás se habría concretado, porque hace falta “una audacia que él no tiene para ponerse al frente de semejante denuncia y de sus consecuencias”.

Dejando de lado las hipótesis que tienen que ver con cuestiones anímicas y psicológicas, la descripción objetiva de los hechos en cuestión marca que a la tarde siguiente, una larguísima charla entre el propietario de la radio y el periodista procuró dar por terminado el entredicho en base a sustentar lo sucedido una versión apenas menos grave que la original: la veda de Turcumán a Feliú no tuvo origen en una orden municipal sino en “el enojo del empresario con el legislador porque, pese a insistentes pedidos de su parte, éste no gestiona suficientes pautas oficiales para la radio”.

¿Confirma esto lo que muchos sospechan respecto que en muchos medios importantes de Bahía Blanca no hablan quiénes tienen “algo para decir” sino quienes tienen “algo para poner”?

¿O peor aún, que quienes no ponen no sólo corren el riesgo del ostracismo sino del editorial en contra como para evitar desde la raíz que en la opinión pública puedan generarse corrientes favorables o imágenes positivas de posibles alternativas al poder de turno?

Con todo, más de uno asegura que desde aún antes de la salida del “molesto para el municipio” Luis Alberto Cano y de la llegada de Carlos Quiroga para hacerse cargo del primer segmento matinal, Emilio Turcumán suele jactarse de que su radio se llama “Universal”, pero en los hechos, por una cuestión de conveniencia económica, es “Radio Municipal”.

Alcanza escuchar, leer y mirar para entender que varios otros medios bahienses pueden ser menos evidentes (no mucho) en su cometido, pero, en la práctica, funcionan exactamente igual.

 


Enviado a Solo Local por Santiago Ismael Rosso: sanrossobahia@yahoo.com.ar

 

 

sololocaladmin

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *