Querida juventud, queridos presentes: Las sombras del pasado siempre retornan. Aquí no nos hemos reunido con fines de sensacionalismo. En este rito ha habido algo religioso, de mirarnos ante el espejo, de tratar de desentrañar todo el horror de las décadas del desprecio. Nos reunimos aquí en recuerdo a los jóvenes caídos, con sus sueños e ilusiones. De las muchachas zaheridas en lo más íntimo de su ser por verdugos de una crueldad que jamás habían vivido estas latitudes. En la persona de Remus Tetu volvemos a este pasado para tomar conciencia de lo que es capaz el autoritarismo, el irracionalismo fundamentalista que llegó de aquella Europa, que comenzó quemando libros y terminó en los hornos de Auschwitz. (Oswiecim).
En Remus Tetu se personifica la intolerancia, la obediencia cerril. El odio al diálogo .El considerarse enviado de la voluntad divina. La envidia a quienes son capaces de sonreir, de dar la mano, de luchar por una sociedad solidaria. No es el único culpable. El es el energúmeno representante. Detrás de él estaba el poder. De ahí su engreimiento aquellas palabras que registró ese diario de letrina dirigidos expresado en su grito de guerra, cuando el poder represor lo elevó como gendarme en aquellas palabras que registró ese diario de letrina dirigidos por quienes se proclaman admiradores de la tortura. Así habló Remus Tetu, dijo:
“Si alguno quiere guerra, yo le voy a hacer la guerra, vamos a ver quien pierde”.
Valiente con las espaldas cubiertas. Y esto en la Universidad, donde el docente no debe ser otra cosa que el que abre caminos, que el que rodea la juventud para ayudar a ver, quien debe ser la apoyadura de los que van avanzando poco a poco en el saber. La misión sagrada de un docente pasó a manos de un carcelero. E n vez de la rosa del pensamiento profundo de la enseñanza, el palo, la cadena, el guarda espalda asesino.
La impunidad de la bala oficial que horadó la hermosa cabeza de nuestro querido Watu. No es Remus Tetu el único culpable. Apenas un muñeco obsceno, un mercenario. Remus Tetu el marcó el principio de la tragedia. Moncho Argibay, el asesino que disparó el tiro, apenasen eslabón más de la tenebrosa Tres A y de la infame ESMA. Y los dos juntos, Remus Tetu y Argibay configuraron todo ese crisol de cobardía, corrupción y ferocidad que se llamaron y se siguen llamando Astiz, Menéndez, Pernía, Acosta, Vilas, Masera. Pero la historia no los acompaña. Todos se irán encerrados cada vez más en sus drogueras, despreciados hasta por los gusanos y las ratas.
En cambio aquí, él, Watu, nuestro amigo, renaciendo y eterno, junto a aquellos estudiantes cuyos nombres recordarán las aulas y los recreos, el amor y la caricia, el valor y la mirada hacia delante.
Y hoy no iniciaríamos contentos el regreso ni dejaríamos vacío este salón del reencuentro y los propósitos sin prometernos jamás servir a los autoritarios, a los demagogos, a los corruptos, a los oportunistas, a los que calzan las armas para imponer razones, a los que prohíben la palabra y queman libros, a los que dividen la sociedad en aprovechados y azuzados por el hambre y la enfermedad, a los que niegan la tiza y el cuaderno a nuestros maestros, a los que condenan a nuestros viejos y a nuestros niños a la basura y al barro, a los que quieren encerrar la idea con alambre de púas.
Este es el símbolo de esta reunión de ética y la memoria, el desprecio de la maldición bíblica para Remus Tetu: maldito seas por los siglos de los siglos; y nuestras lágrimas embarazadas de futuro para nuestro amado Watu.”
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Palabras del alegato final de Osvaldo Bayer al finalizar el Juicio Ético a la Impunidad que él encabezó como presidente en el año 1995, sobre el crimen de David Watu Cilleruelo, ocurrido el 3 de abril de 1975, en los pasillos de la Universidad Nacional del Sur.
