Me Quieren Matar (Versión Remix)

(Editorial) – A principios de año escribí un editorial sobre la locura de los bahienses sobre el asfalto. Lo quise rescatar del olvido porque hoy a la mañana, una mujer que conducía un Fiat Tipo color verde por calle San Martín, se cruzó de carril imprevistamente y el taxi en el que me movilizaba tuvo que hacer una brusca maniobra para evitar el impacto. Como miró por el espejo retrovisor, le hice señas como preguntándole “¿cómo hacés una cosa así?” pero la muy insolente cerró el puño y levantó su dedo mayor. El taxi ya había frenado, por lo que me bajé a reclamarle, porque considero que es hora que hagamos como en países civilizados, donde cuando otro comete una falta, el que lo ve se lo hace notar. Pero la mujer puso primera y desapareció en pocos segundos. A veces no entiendo cómo razonan ciertas personas. No entiendo dónde van tan apurados, qué diferencia existe entre llegar cinco minutos antes o después, por qué arriesgan la vida propia y la de otros y encima, se creen los dueños de la verdad. Después los periodistas tenemos que informar sus muertes en las noticias, en medio del dolor de los que quedan. ¿Pero qué les pasa? ¿Han perdido la razón?

No manejo. Detesto el volante, el acelerador y la velocidad. Intenté manejar hace algunos años pero era tan mala que desistí y ahora dejo que otros me lleven. De esa forma, uno debería ir relajado, sin estrés, hacia donde le toque ir. Pero no. En esta ciudad circular, sea en auto o en el medio que fuera, es una especie de parto elevado al cubo.

¿Por qué razón un desaforado sin casco cruza Colón al 200 en rojo y encima, cuando le hago señas, me manda al diablo? El señor canoso en la Hilux gris, recién sacada de la concesionaria, iba como pancho por su casa por Darregueira al 400, cuando de repente frena y empieza a hacer ademanes. En la frenada, pensé que me daba un infarto. Entonces miro para adelante y pienso que al tipo le dio un ataque, vaya uno a saber. Pero no…cuando lo pasamos, suavemente y a menor altura, resultó que hablaba por celular, parado en medio de la calle, como si estuviéramos en un pueblo de 10 almas.

Hace mucho frío y en vez de caminar 10 cuadras decido tomar un taxi. El tachero me mira con ojos asesinos porque por unos pocos pesos perdió su privilegiado lugar en la fila de la parada, en la que tal vez soñaba con un viaje de 30 pesos cuando se tuvo que conformar con uno de 8 en el que además, tuvo que transportar a una periodista que seguramente no le agrada porque pone el grito en el cielo cada vez que aumenta la tarifa. Ya estoy acostumbrada a eso y realmente no me importa. No voy a dejar de decir lo que pienso. Iba en el taxi callada cuando por Chiclana, el auto queda en medio de dos moles rojas del Grupo Plaza. Miré para los costados y vi que las paralelas se iban juntando, demasiado. “Ojo que lo están encerrando”. Mrrrrr, fue la respuesta que escuché mientras mi conductor aceleraba escurriéndose de un destino de choque. Una posibilidad era que el taxista esté loco; la otra que me quiera matar. No hay otra explicación.

La teoría de que el tránsito conspira en mi contra me da vueltas en la cabeza desde bastante tiempo. Si no, no podría explicar porqué al día siguiente, cruzando por una esquina de Belgrano, una moto aceleró justo cuando empezaba a cruzar, con el semáforo habilitado para hacerlo. Me di vuelta y le reclamé, pero llevaba casco y no me debe haber oído.

Llego a mi casa y prendo la radio. Escucho al locutor que dice “al tránsito lo hacemos entre todos”. Bonita premisa. Lástima que no dice cómo.  Todos rindieron el famoso examen para el carnet de conductor y se saben la norma. El asunto es cómo hacer para que la cumplan.

Esos que van apurados a todas partes, estacionan en cualquier lado, frenan sin poner balizas, van despacio por la izquierda o estacionan justo en la puerta de cualquier garage, son los destinatarios del mensaje. Pero no creo que  surta efecto sólo porque un locutor con voz de cantante module la voz al son de una cancioneta.

Por ejemplo, la señora que ayer llevaba a su bebé en brazos, en una moto, despeinada ella, despeinado su conductor, ambos sin casco y el bebé, ni un gorrito para el frío llevaba. La motito pasó dos colectivos, un camión, cruzó dos veces en amarillo y siguió con rumbo desconocido, como si persiguiera al mismo diablo. Otros locos, pensé. Lástima el bebé. Se me cruzó por la cabeza que si fuera juez de menores debería quitarle la tenencia a esa madre; es medio duro esto, pero creo que exponer a su criatura a semejante riesgo de vida debería tener alguna sanción.

En los últimos años se triplicó el número de muertes por accidentes de tránsito en Bahía Blanca.

Yo no manejo pero quisiera que los que manejan lo hicieran mejor.

En primer lugar porque no me quiero morir y en segundo lugar porque esta no es la manera de transitar en una sociedad civilizada.

Finalmente, es hora que termine la hipocresía que implica vivir en una ciudad donde sólo se puede fumar al aire libre o en espacios privados, mientras cualquier bahiense puede tomarse un litro de vino en un restaurante, para después subirse al volante. Esta es una de las mayores incongruencias del tiempo que nos toca vivir.

El cigarrillo mata, pero el alcohol al votante, también.

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