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El CelestinoEl 19 de Junio no será un día más para Don Walter. Ese día su Presidenta inaugurará en Bahía Blanca, el nuevo Aeropuerto Internacional Aeronaval Comandante Espora, que ni siquiera está terminado. Una obra que para dos vuelos diarios (uno de ida y otro de vuelta a Capital) no parece ser realmente un emprendimiento que tenga importancia en la vida de Don Walter. Su campo, unas 150 hectáreas a solo 2 km del aeropuerto es fiel testigo de la irracionalidad de la política. Don Walter, desde mayo, ha estado arreglando sus viejos alambres perimetrales que a esta altura de su vida ya no puede ni piensa cambiar. Apenas cuatro hilos, dos de púas oxidadas y unos postes que tiemblan con el pampero son fieles testigos de sus cincuenta años intentando sobrevivir de lo único que siempre supo hacer: trabajar su tierra.

Los últimos dos años intentó sembrar trigo, arando como lo hizo siempre y esperando que el de arriba se acuerde en la primavera. Nada lo salvó. Apenas si recuperó las semillas, los 500 kg fueron el resultado de la seca más grande que haya tenido que soportar. Este año, con, un otoño seco y cálido y su campo totalmente desnudo decidió abandonar la siembra que ya era parte de su vida.
Alguna vez su pequeño tambo fue parte de la vieja cuenca lechera que tenía la región aledaña a Bajo Hondo, Punta Alta y Pehuen Co. Hoy con apenas 40 vacas flacas, que solo intentan sobrevivir masticando tierra entre el viejo rastrojo volado, el pobre viejo dejó de soñar. La misma ruta que mirará la Presidenta, que traerá a los burócratas y a los colectivos plagados de festejantes bajo sueldo, es la que continúa hasta el campo de Don Walter. La misma ruta donde Walter se instala con un boyero eléctrico, un viejo carretel, su Renault 6 y sus vacas para aprovechar la banquina, único sitio donde aún parece sobrevivir la paja seca gracias a que hace más de un año que vialidad no pasa ni siquiera la desmalezadora. Son 6 hs por día que se hacen interminables. La radio, el mate, una siesta, bajarse del auto, recorrer el eléctrico, tranquilizar los perros y arriba de nuevo, porque el viento norte lastima la garganta. Cuando no hace frío Doña Alicia se viene a la ruta y la tarde se hace más corta o a veces algún vecino o algún chacarero amigo se compadece y frena para charlar un rato rompiendo la monotonía. Horas mirando como alguna vez su campo le permitió tener una vida digna, claro hoy , ni siquiera con la jubilación alcanza para semejante lujo, justamente, la dignidad. Don Walter poco entiende de retenciones, con sus 500 kg de trigo el año pasado ni siquiera tuvo que venderlos por lo cual no supo que existía el “impuesto distributivo”. Ni siquiera conoce el precio del mercado de haciendas, ese que supuestamente hace que en la ciudad los pobres coman carne barata. Hace años que un carnicero amigo de favor le carnea los novillitos para que Don Walter ni siquiera tenga que malvender tanto sus animales. Entre amigos, parientes, vecinos y consumo propio, saca más que en cualquier remate feria, para los escasos diez o quince animales que produce al año. Las dos lecheras, el gallinero y la quinta le dan el resto que necesita.
            Esta es la realidad de la redistribución de la riqueza que hoy viven muchos Don Walter de nuestro sudoeste bonaerense. La redistribución de lo ridículo, de la desaparición del trabajador de nuestros campos. Las obras que la realidad se encarga de desnudar. Don Walter existe, desde la entrada del aeropuerto, siga dos kilómetros y mañana mismo después de las 10 de la mañana lo va a encontrar. Haciendo lo que más sabe: oligarquía en la banquina….
 
Carlos Bodanza

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