Las Barras de Scioli

No se pierden, por nada del mundo, ningún acto político de relevancia para la ciudad. Siempre que alguna visita ilustre del gobierno K desembarca por estas costas y alguna amenaza de escrache anda cerca, ellos están ahí y se hacen oír. Claro que a veces se les va la mano. Pasó aquel día de diciembre cuando se inauguró la nueva terminal de ómnibus, sin Cristina ni Daniel, pero con Florencio y Sergio. Aquella vez, con la amenaza de una avanzada ruralista hacia el flamante edificio de la San Francisco de Asís, su presencia como escolta de la presidenta, que al final pegó el faltazo, era necesaria y no pasó desapercibida. Y volvió a pasar ahora en plena municipalidad, cuando una manifestación de los docentes del SUTEBA podía empañar la nueva llegada de Scioli. Las barras de Camioneros y UOCRA coparon bien temprano el edificio principal de Alsina 65, para recibir al gobernador. Las huestes de Moyano y Martínez (ó de Medina y Monteros, para darle una connotación local, aunque son todos con M) primero establecieron una cabecera de playa en el hall de la planta baja del edificio comunal con sus bombos y redoblantes. Luego, en un cuidado movimiento de pinzas, subieron las escaleras hacia el primer piso para instalarse en el escenario de la batalla final, el Salón Blanco que alguna vez, no hace mucho, el diputado provincial ahora felipista Adalberto Mario Simón quiso rebautizar como Eva Perón.

Una vez dentro no ocuparon las primeras líneas pero desde el fondo del teatro de operaciones, lanzaron sus mejores salvas de bienvenida a cuanto funcionario asomara por el estrado. El pobre locutor oficial del municipio debió esforzarse para ser escuchado, pero más les costó a los oradores. Primero al ex macrista Juan Pablo Schiavi, de la Superintendencia de Administración Ferroviaria, que pacientemente aguardó un espacio de calma para avanzar con su discurso. Y lo sufrió el dueño de casa, quien no pudo ocultar su disgusto por la insistencia de los muchachos que, al grito de “Cristian, Cristian”, no lo dejaban empezar a hablar. La paciencia del Lord Mayor duró poco y no dudó en espetarles un “estamos trabajando, esta es una reunión de trabajo” para obtener el tan deseado silencio. Al que le costó poco y nada hacerlos callar fue al gobernador, muy ducho en este tipo de tenidas. Cerca del mediodía, mientras Scioli y su comitiva “cruzaban la plaza” en dirección hacia los estudios de LU2, ellos, los muchachos abandonaban el escenario de la contienda con la satisfacción del deber cumplido. Y siempre listos para lo que gusten mandar.

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