Desinformación y discursos del odio: las armas políticas destinadas a subvertir el debate público

(Por Sandra Crucianelli) – En 2018, cuando Bolsonaro ganó la presidencia de Brasil, periodistas del medio Agencia Pública de ese país comenzaron a observar que la desinformación se había convertido en una herramienta política, un arma para subvertir el debate público e iniciaron una investigación de manera inmediata. Su cofundadora, Natalia Viana, formó parte del team de expertos que fueron convocados el mes pasado a Costa Rica, para entrenar a periodistas latinoamericanos de distintos países, sobre el rol de las grandes compañías tecnológicas en nuestra sociedad. La actividad, denominada Big Tech Investigation Lab fue organizada por el Centro Latinoamericano de Investigación Periodística (CLIP), con el soporte de Núcleo, una iniciativa en Brasil que cubre el impacto de las redes sociales y la inteligencia artificial en la vida de las personas, a partir del trabajo conjunto entre periodistas y tecnólogos.

“Necesitábamos un marco conceptual y comenzamos a buscar ayuda en investigaciones académicas, ya que son fenómenos sociológicos nuevos que están sucediendo en tiempo real”, sostuvo Viana. Y trajo a la luz, algunos conceptos interesantes.

Una de las referencias que compartió fueron los dichos de Joan Donovan, creadora de una plataforma de investigación digital de acceso abierto denominada  “Manual de casos sobre manipulación de medios”, diseñada para avanzar en el conocimiento sobre cómo se propaga la desinformación y la manipulación del discurso mediático.

Según Donovan, las campañas de desinformación siguen una estrategia definida: la de «enturbiar las aguas» creando un entorno informativo confuso, que dificulta al ciudadano común distinguir entre lo verdadero y lo falso. Y la táctica se utiliza para fabricar momentos de inestabilidad política, fabricados para el beneficio personal de ciertos actores de la vida pública. 

No se trata de acciones al azar. Se trata de una metodología que se instaló en Brasil con la llegada de Bolsonaro, pero que tiene enormes coincidencias con lo que está ocurriendo en la Argentina de nuestros días, donde periodistas, medios, legisladores, activistas y otros actores sociales son atacados sólo por pensar diferente. 

Y lo hacen a través de un aparato de propaganda oficial que cuenta con recursos humanos y tecnológicos, valiéndose de las facultades que las Big Tech (grandes compañías tecnológicas), les proporcionan. La pregunta sin respuesta (aún), es con qué dinero se financia tamaña cruzada. 

Para los autores intelectuales de estas operaciones, la verdadera oposición no son los partidos políticos, sino los medios de comunicación y la manera de lidiar con ellos es inundando la zona  a modo de cloaca. Esta fue la confesión que hizo Steve Bannon, ex director de Breitbart News y ex estratega jefe de Donald Trump cuando fue entrevistado por Bloomberg en 2018. 

Es un escenario de total oscuridad donde el que ataca de manera directa es generalmente anónimo y quien ejerce el poder se vale de ello para diseminar discursos del odio (hay que odiar al periodismo, o al que sea, si es que nos critica o cuestiona). Por eso la mayoría de los ataques del presidente argentino no provienen de sus propios posteos, sino en compartir los contenidos generados por otros. Sobre una muestra al azar de 100 posteos de Milei en X contra periodistas, el 87% fueron reposteos. 

Donovan sostiene que una de las primeras técnicas que se usa es instalar palabras clave (en Argentina los términos ensobrado, pautero), que remiten a la idea de que todo periodista que incomoda al poder de turno es un corrupto. 

La táctica es crear contenido en línea en torno a un término específico, optimizado para motores de búsqueda y así influir en los resultados de ese término. 

También se apela al llamado “efecto mariposa”, inspirado en el comportamiento mimético de ciertas especies de insectos que imitan los patrones de aleteo de otras especies para confundir a los depredadores. 

Los “ataques mariposa” ocurren cuando ciertos impostores imitan los patrones de comportamiento de un grupo social. Se hacen pasar por parte del grupo para insertar retórica divisiva y desinformación en conversaciones populares en línea o dentro de las redes de información utilizadas por estos grupos. 

Estos ataques están diseñados para infiltrarse en comunidades existentes, campañas mediáticas o hashtags para perturbar las operaciones de un grupo social, sembrando información divisiva, incendiaria o confusa. Con todo esto, alientan el acoso selectivo. Para ello, arman piezas de evidencia como recortes de audios, videos de archivo o de la actualidad, de modo que se puedan compartir y así diseminar, ya que se presentan como evidencia. 

David Nemer, profesor adjunto de estudios de medios en la Universidad de Virginia, ha escrito sobre la infraestructura humana detrás de este fenómeno. En su opinión, hay un ecosistema de contaminación mediática, en el que pueden enumerarse los siguientes actores: en primer lugar los conocidos como “Centros de trolls”, que son creadores de noticias falsas o promotores de discursos del odio que conceptualizan, producen, dirigen, comparten y coordinan la publicación en sitios web, redes sociales y aplicaciones de mensajería. Luego, hay activistas en línea que operan como voluntarios. También suman a “Influencers” (remunerados o no remunerados), a formadores de opinión y autoproclamados “periodistas independientes”. Al proceso pueden sumarse tanto políticos como patrocinadores, y estos últimos son los que podrían estar pagando dinero para solventar las campañas.

El caso Brasil de Bolsonaro

El proceso que ha atravesado Brasil en los últimos cinco años puede enseñar mucho sobre cómo lidiar con las redes de desinformación, la desorientación digital y la política de las Big Tech. La tarea no es fácil ya que el proceso se volvió cada vez más complejo. “Ha pasado por todos los escenarios posibles en términos de desinformación y abuso corporativo de las grandes tecnologías, por lo que hemos debido aprender rápidamente cómo responder a eso”, sostuvo Viana. 

De acuerdo con ella, el bolsonarismo fue el primer movimiento populista digital de Brasil. Es parte de una ola más amplia de movimientos populistas de derecha.

“No hay mileismo, trumpismo y bolsonarismo sin la lógica del marketing digital. Para mantener a la base movilizada es necesario fabricar cada día un peligro constante, una amenaza inminente”, explicó.  

Jair Bolsonaro gobernó a través de las redes sociales. Y Milei parece estar haciendo lo mismo. Por ejemplo, el ex presidente de Brasil no utilizó las redes para promover los logros positivos del gobierno. 

Los mediadores, como los administradores de grupos y las páginas de redes sociales de alto alcance, fueron los eslabones más importantes de la red bolsonarista, quienes modulaban el mensaje para diferentes audiencias, como el segmento evangélico o el segmento policial.

Según Viana, se asignaron fondos públicos a sitios web que difunden noticias falsas y anuncios en YouTube de páginas pro-Bolsonaro. “Mucho dinero del Estado acabó apoyando la red de desinformación bolsonarista”, sostuvo. 

También relató que en una conferencia conservadora de 2020 en Estados Unidos, el hijo de Bolsonaro, Eduardo, explicó que para él, el mayor desafío del bolsonarismo era la falta de una «estructura» para el movimiento. «Ni siquiera tenemos Fox News», dijo. «Tenemos todos los ingredientes; sólo necesitamos organizarnos y crecer para construir estas estructuras». Se le encomendó la tarea de construir esta infraestructura. Primero, importó el modelo americano de think tanks y eventos. Luego, creó el Instituto Liberal Conservador, que organizó decenas de congresos conservadores en todo Brasil. Son espacios que “normalizan” las narrativas de desinformación, el negacionismo del cambio climático y el discurso anti ciencia.  

Viana explicó que muchos de estos congresos fueron financiados por empresas de agronegocios, de armas y clubes de tiro. Eduardo Bolsonaro también fue el responsable de construir una coalición internacional de apoyo. Se reunió más de 125 veces con líderes de extrema derecha del continente a lo largo de 4 años.

El rol de las Big Tech

Las grandes empresas tecnológicas han cerrado muchas herramientas de transparencia, como la API de Twitter o Facebook Crowdtangle, que eran recursos de información pública que permitían explorar contenido público en las redes sociales. Sin estas llaves de libre acceso, hoy se hace muy difícil procesar la información para un adecuado análisis en profundidad.

“Las grandes plataformas tecnológicas son socias de los creadores de desinformación”, sostiene Marie Santini, directora del grupo de investigación NetLab de la Universidad Federal de Río de Janeiro. 

La desinformación atrae a las personas, lo que explica por qué necesitan mantenerla en las plataformas. Por otra parte, los creadores de desinformación pagan mucho en anuncios. Y finalmente, los políticos utilizan la desinformación como herramienta y se convierten en aliados en la lucha contra la regulación.

El proceso que se observa en este escenario ha sido descrito como Enshittificación”. Es un patrón de comportamiento en el que los proveedores de productos y servicios en línea experimentan una disminución de la calidad con el tiempo. Las plataformas pasan por varias etapas: inicialmente ofrecen servicios de alta calidad para atraer usuarios, luego cambian para favorecer a los clientes comerciales y aumentar la rentabilidad y finalmente se centran en maximizar las ganancias a expensas tanto de los usuarios como de los clientes comerciales.  Este proceso resulta en un deterioro significativo de la experiencia del usuario.

El neologismo «enshittificación» fue acuñado por el escritor Cory Doctorow en noviembre de 2022 para describir este fenómeno y la American Dialect Society, en su 34ª votación anual de palabras del año, la seleccionó como la Palabra del Año 2023. 

“Así es como mueren las plataformas: primero, son buenas con sus usuarios; luego, abusan tanto de sus usuarios como de los clientes comerciales para recuperar todo el valor para sí mismos. A esto lo llamo enshittificación”, escribió Doctorow en su blog Pluralistic. 

El término aplica a lo señalado antes: los cambios en Twitter a raíz de su adquisición en 2022 por parte de Elon Musk, lo cual incluyó el cierre de la API del servicio, el pago para obtener cuenta verificada que antes era gratuita, entre otras funcionalidades para las que ahora, hay que desembolsar dinero. 

Mientras la calidad de las redes muestra evidentes signos de deterioro, los discursos del odio comenzaron a aflorar y van en aumento. El ataque a la prensa, el rechazo a las vacunas, la desinformación relacionada con elecciones, el racismo y otros males pululan por cada rincón, enredados junto a la información verídica y confiable: aquella que está documentada, aquella que se puede probar y que es difundida por quienes sí dan la cara. 

Es un terreno pantanoso para la sociedad. Uno del cual cualquier persona sensata querría salir. 

Si se decide permanecer, algunos optan por actuar como “lurkers”: derivado del inglés (acechador o merodeador), quienes tienen una actividad solamente receptiva, sin contribuir activamente aportando contenido de ningún tipo: ni archivos ni comentarios. Son participantes silenciosos de una red social. La integran, pero no participan. 

Los motivos de la falta de participación activa pueden ser diversos; entre otros, se ha citado el temor a ser ridiculizado, acosado o estigmatizado por miembros agresivos de cada comunidad digital. 

Y sí. también hay autocensura por esta misma causa. 

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