(Editorial) – El jefe de los inspectores de tránsito convoca a conferencia de prensa y aparece junto a conocidos infractores que suelen ser multados por faltas reiteradas: cruzan semáforos en rojo, estacionan en doble fila y circulan a alta velocidad. Son tan ricos y poderosos que no les importa pagar. Durante el acto, el funcionario anuncia un acuerdo supuestamente maravilloso: firmarán un convenio mediante el cual los infractores comprarán ruedas para las motos de los inspectores y hasta donarán mejores talonarios para confeccionar multas, así como nuevos bolígrafos. La gente mira por televisión la escena y no entiende por qué el jefe de los inspectores acepta algo así. El ejemplo es ficticio. Pero algo parecido sucedió realmente en Bahía Blanca hace pocos días. Cristian Breitenstein recibió orgulloso al gobernador Daniel Scioli el lunes pasado para prometer obras por 50 millones de pesos, en el marco del «Plan Director para Ineniero White». Se trata de aportes privados, que en teoría harán básicamente empresas del Polo Petroquímico. Scoli dejó en claro, como puede escucharse mediante este enlace, que la idea de financiar obra pública a través de fondos aportados por petroleras y petroquímicas, había sido del intendente. El proyecto fue presentado en sociedad como «algo bueno» y se nos trató de hacer creer que deberíamos estar felices por la iniciativa. Pero la «buena noticia» no viene sola. A menos de 24 horas de la firma de convenios con estas compañías, cuyo contenido se desconoce, los whitenses tuvieron que soportar olores irritantes por parte de Profertil y el jueves siguiente no solo olores, sino ruido y vibración por casi 12 horas, ocasionados por Dow Chemical, la compañía que administra PBB.
El problema real es casi idéntico al planteado en el ejemplo teórico expuesto al principio. El municipio de Bahía Blanca es quien debe controlar a las empresas del Polo Petroquímico, entonces que los gerentes de estas multinacionales se sienten al lado del intendente para acordar que «donarán» dinero para hacer lo que el Estado debería hacer con sus propios recursos, no puede considerarse «algo bueno».
Algo bueno sería que estas empresas invirtieran todo lo necesario para evitar que un solo gramo de gases contaminates se les escape por un ducto o sea quemado por una antorcha.
Algo bueno sería que Profertil donara una incubadora al Hospital Penna, pero lo hiciera en silencio, sin pretender que el periodismo registre “la generosa” acción, ya que es propio de gente de bien donar sin hacer aspaviento.
Algo bueno sería que en vez de aportar dinero para obras de infraestructura, las empresas del Polo generen trabajo aunque no lo necesiten, ya que si dinero les sobra, generar trabajo sería la mejor contribución posible en términos sociales: si tienen un jardinero, podrían contratar a dos; si tienen cinco secretarias, podrían contratar a siete. Ese sería dinero bien gastado. Los bahienses no necesitamos donaciones «contaminadas» del potencial infractor al contralor. ¿Cómo podríamos considerar que esto es algo bueno? ¿Pero qué les pasa, han perdido la razón?
Algo bueno sería que el Estado tuviera una solvencia económica que evidentemente no tiene, para hacer con nuestros dineros, nuestras propias obras. Por lo que se ve, si la Nación, la Provincia y las compañías poderosas económicamente no destinan fondos al municipio de Bahía Blanca, esta gestión municipal no puede encarar proyectos de magnitud. ¿No hay nada que se pueda hacer con fondos genuinamente bahienses? ¿En qué se gasta el dinero de los contribuyentes?
El oficialismo no debería ensayar rostros de felicidad cuando formula anuncios de este tipo. No hay nada que celebrar. Más bien, asistimos a la demostración de un fracaso, inútilmente disfrazado de éxito.

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