(Notas de Usuarios) – La naturaleza se divide – por convención para facilitar su estudio – en tres grandes bloques: animal, vegetal y mineral. El ser humano, guste o no, pertenece al primero de ellos, el gran reino animal, entre otras cuestiones fundamentales porque no existe -insisto: no existe- un “reino humano”. Nuestro máximo desarrollo posible, por naturaleza, es el animal, y consiguientemente nuestra esencia es… la animalidad. Que, además, nos consideremos “(eminentemente) gregarios” y “(potencialmente) racionales”, son particularidades apenas complementarias y no, como a veces se pretende, inherentes a nuestra realidad fundamental. El análisis de estos atributos -gregario, racional- merece, a su vez, un extenso y pormenorizado análisis. De ser cierto lo anterior, de resultar en realidad sólo animales con una pátina de desarrollo que llamamos humanismo, esta capa o cobertura que recubre nuestra esencia íntima es la última adquisición que alcanzamos en nuestro desarrollo evolutivo (no necesariamente progreso). Ahora bien, lo verdadera e indubitablemente esencial a todos los animales -incluido el hombre- en tanto seres vivos es lo instintivo, aquello que anida en nuestra estructura nerviosa más primitiva y que, por ende, deviene indomeñable o, en el mejor de los casos, sólo controlable mediante un fortísimo y continuo proceso educativo.
Bien cierto es, sin embargo, que la educación no alcanza a todos los individuos y, en el supuesto que lo hiciera, no todo lo puede; es infantilmente falso el principio señalado por Comenio: “Enseñar todo a todos”. Hay arteros y siniestros individuos de nuestra especie -no alcanzados por la ola educadora, o que alcanzados por ella, no son modificados por su influencia en su esencia maligna- que resultan pestíferos, nocivos al conjunto, verdaderos monstruos que se revuelven contra su misma especie. Frente a estos individuos de existencia indubitable, concreta y no mero producto de la imaginación (la bestia humana existe realmente y excede, con mucho, la excelente descripción de Emile Zolá en la novela homónima) adquieren pleno valor conceptos tales como discriminar (diferenciar, distinguir, separar una cosa de otra, tamizar), discriminación, crimen, e incluso pre-juicio (juzgar las cosas antes de tiempo o sin tener cabal conocimiento de ellas), términos todos que reconocen una misma raíz indoeuropea – krei-men – que significa acción de cribar. Característica ingénita a todos los seres vivos es, también, su propensión a la supervivencia y la reproducción; y para ello, su primer recurso es la discriminación instintiva entre lo seguro y lo peligroso.
Llevados estos conceptos al terreno de lo humano, puede afirmarse sin ambages que nos asiste el derecho natural a proteger nuestra vida y la de nuestras familias y, por extensión, la de todo nuestro grupo de pertenencia, aquellos ciudadanos que respetamos la ley, la vida y los bienes de nuestros pares.
Si para ello recurrimos a la discriminación y prejuzgamiento, al discernimiento intuitivo, si para protegernos y proteger a nuestras familias, si para cuidarnos en tanto ciudadanos honestos y mansos debemos apartarnos maquinalmente de los que estimamos más peligrosos, aun recelando, relegando, rechazando y encerrando a aquellos que resultan dañinos al orden social y a nuestras vidas, bienvenida sea la carga genética que contribuye a nuestra sobrevida.
Desdeñar esta ventaja natural, relegándola además en aras de una ley hoy demasiado benigna y aplicada por jueces en extremo garantistas -aunque vaya a saber garantistas de qué, ya que no lo son de nuestras vidas y bienes- es lo que permite que alimañas monstruosas tales como los asesinos de Isidro, el de las mochileras Irina y María Dolores, el abusador de la niña Rocío y tantos otros igualmente bestiales, circulen entre nosotros causando daños de creciente magnitud hasta llegar a provocar un perjuicio irreparable aunque transitaran el resto de su inútil y execrable existencia en prisión: hay crímenes verdaderamente impagables, aunque puerilmente se sostenga, desde ciertos ámbitos de discusión puramente teórica, que luego de unos años en la cárcel -particularmente en nuestras cárceles que no brindan ningún tipo de tratamiento o asistencia tendiente a reeducar a nadie- ciertas deudas están saldadas.
Así, bienvenidos sean los conceptos de discriminación y prejuicio como elementos útiles a la supervivencia. Si estos hubieran mecanismos protectores hubieran funcionado adecuadamente, sobre todo cuando la ley y los encargados de aplicarla fallan, quizás estas inocentes víctimas que hoy lamentamos estarían aún con vida.
Enviado a Solo Local por Dr. Alejandro A. Bevaqua Médico
Especialista Jerarquizado en Medicina Legal
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