(Notas de Usuarios) – Como en otra ocasión, tomo la idea del título de estas líneas del excelente trabajo de Michel Onfray -Contrahistoria de la Filosofía- y pretendo analizar, a partir de dicha noción, algunos aspectos de nuestro escenario nacional pero de manera “política y socialmente incorrecta”, es decir, no expresando aquello que queda bien sino lo que realmente pienso como, por otra parte, siempre he hecho. Comienzo por traer a colación algunos datos de la realidad cotidiana que no por conocidos resultan menos espantosos: asalto constante a nuestros bienes; amenaza real y concreta a nuestra vida y la de nuestros familiares, amigos y conciudadanos en general; abuso sexual sobre niños y niñas o ancianas; en fin, violencia extrema por parte de remedos de ser humano, intratables e incorregibles, muchas veces con connivencia del poder político, policial o eclesiástico, también criminales ellos no siempre perseguidos por el sistema penal. Ejemplos al respecto sobran, y son ampliamente reflejados por los mass media; es lo que nuestros dirigentes denominan sensación de inseguridad. Por otro lado, gente de bien, ciudadanos sin tacha, trabajadores, estudiantes, jubilados y niños y niñas con esperanzas de una vida pacífica y tranquila, sin sobresaltos ajenos a los propios de la misma existencia humana.
Entre éstos -que somos muchos más que los más perversos y retorcidos criminales- hay destacados profesionales de todas las ramas planteando soluciones viables en un país con inmensa capacidad humana y natural, pero manejado por dirigentes -cuyo concepto prefiero mantener en reserva- que no sólo no saben, no pueden o no les interesa gobernar rectamente sino que además, en su soberbia, desoyen permanentemente los consejos de los más capaces.
Agréguese como condimento el Artículo N° 18 de la Constitución Nacional que reza -sólo para la teoría como la mayor parte de su esencia- que: “…Las cárceles de la Nación serán sanas y limpias, para seguridad y no para castigo de los reos detenidos en ellas, y toda medida que a pretexto de precaución conduzca a mortificarlos más allá de lo que aquélla exija, hará responsable al juez que la autorice.” O el pensamiento de ciertas corrientes ideológicas que infantilmente pretenden “subir al colectivo social” a cuanto delincuente de la peor calaña se encuentre en su camino. La realidad es que nuestras cárceles no son ni sanas ni limpias, ni propenden a la reeducación y reinserción social de los allí alojados; quien así lo crea deberá replantearse su conocimiento del tema. Pero, por otro lado, tampoco tendría sentido construir una cárcel sana y limpia para alimañas que no pueden mantener en condiciones ni su propia madriguera y, mucho menos, aquella provista por el Estado, es decir, sostenida por todo el resto de los ciudadanos honestos.
Existen, a mi modo de ver, dos clases de personas que pueden transitar por la prisión: aquellos no delincuentes -entendiendo por delincuentes o criminales a quienes viven permanente y exclusivamente del crimen- y que, por circunstancias de la vida, se ven privados de su libertad pero que, al recuperarla, no volverán a delinquir; por otro lado, los verdaderos criminales, aquellos a quienes ni siquiera toda la vida en prisión cambiará en su esencia de malignidad. Piénsese por un momento, si tiene alguna duda al respecto, en la niña Rocío, en los señores Pelayes o Capristo, en la embarazada baleada por una bestia humana cuyo bebé falleciera en las últimas horas o en los policías ultimados salvajemente por el solo hecho de ser agentes del orden.
Más atrás, si quiere, el crimen de María Soledad Morales o el de las mochileras María Dolores Sánchez e Irina Montoya. Siendo médico, adhiero al Código de Ética que rige mi profesión y que denota -en su artículo 3°- que para los profesionales de la salud no cabe otra consideración -ante un enfermo- que la de la persona que padece.
Esto fue cierto durante toda mi vida profesional, lo es hasta el presente y tal vez lo siga siendo: no me negaré a atender a un enfermo, independientemente de cualquier otra calificación que éste lleve consigo. Pero sí sostengo, enfáticamente, que ciertos enfermos -evidentemente dañinos para el corpus social, intratables y, por tanto, incorregibles- sólo pueden y deben ser asistidos tras las rejas hasta el fin de su inútil -por improductiva- y perniciosa -por maléfica- existencia. Si algún lector siente prurito por estas ideas, si su conciencia le indica rechazar estos conceptos y si sinceramente cree en la recuperación, o domesticación, de ciertas bestias salvajes, puede, libremente, adoptar una y tenerla a su cuidado, claro que haciéndose responsable por los eventuales daños causados por su protegido. Esta última premisa es también válida para jueces y asistentes sociales.
Enviado a Solo Local por Dr. Alejandro Bevaqua
MédicoEspecialista Jerarquizado en Medicina Legal
M.P.: 220167
