(Notas de Usuarios) – Finalizado el mundial de fútbol para las exageradas expectativas argentinas, vendrá ahora el tiempo en que expertos y fanáticos intenten buscar explicaciones a lo sucedido en la competencia y -según nuestra inveterada costumbre- comience el pase de facturas entre unos y otros con alguna cuota de responsabilidad en el tema. Y digo responsabilidad, en este caso en particular, refiriéndome sólo a aquellos que participaron, directa o indirectamente, en el tema y nada más; no puede hablarse de responsabilidad como obligación legal, o ética moral, por el solo hecho de perder una justa deportiva ante un digno y mejor rival. Lo cierto es que se desperdiciará, en ese ir y venir, otro valioso tiempo en el que nuestra sociedad seguirá degradándose a pasos agigantados. La discusión sobre el absurdo del matrimonio entre dos personas del mismo sexo que tanto parece desvelar a nuestros magnos legisladores -cuando no a nuestros más conspicuos concejales- mientras la ciudadanía clama por seguridad, trabajo, salud, educación, transporte, servicios de agua, luz, gas, cloacas, etc., es un ejemplo de ello.
Cuando una colectividad comparte costumbres, creencias, códigos de conducta, valores, prejuicios, puede decirse que esa comunidad está unida por una cultura común que los sujetos adquieren por su participación en el grupo. Podemos definir entonces cultura como aquellas concepciones o valores, genéricamente compartidos, que una sociedad estima valiosos y que, precisamente por ello, pretende imprimir en las generaciones siguientes mediante la educación. Cuando dentro del grupo algunos subconjuntos se diferencian de la mayoría en cuestiones fundamentales, se habla de subculturas, algunas de las cuales son más admisibles que otras por ser neutras o no dañinas al todo social.
Pero cuando dentro de uno de estos subgrupos se aplaude, se reconoce, se premia, se justifica o se excusa lo que la mayoría de la sociedad, o la misma naturaleza, desaprueba, condena o rechaza, entonces ese subgrupo puede considerarse delictual, aberrante o antinatural según el caso. Para construir la cultura, pues ésta verdaderamente se construye, es decir, no está disponible como tal en la naturaleza, puede observarse qué ocurre en este estado -el natural- y, a partir de allí, obtener interesantes conclusiones para el hombre como ser social y cultural.
Uno de los más preclaros ciudadanos de nuestro país, el Dr. René Favaloro, sostenía con frecuencia esta posición en su práctica profesional: observar qué ocurre en el mundo natural y aprender de éste. Al margen de todos los argumentos contrarios a esta aberración que se pretende enmarcar legalmente -razonamientos jurídicos, sociales, lingüísticos, morales, etc.- corresponde agregar uno que, aunque elemental, no debe olvidarse, y que es la esencia de la naturaleza. O, en otras palabras, la realidad natural que no puede ser negada ni subvertida por explicaciones de origen cultural.
La alteración absoluta de la finalidad sexual para la mera obtención de placer; la desviación del objeto natural del goce sexual -el individuo del sexo opuesto- y la elección de un partenaire de puro deleite físico distinto al natural es, en última instancia -y aunque buena parte de la ciencia hoy así no lo estime- una verdadera patología, por cuanto configura una desviación del orden natural y que bien podría llevarse al extremo, por qué no, de solicitar que se discuta, y se apruebe por ley también, la pedofilia, el frotteurismo, el sadismo y/o cualquier otra parafilia, ya que puestos a otorgar derechos contra natura no tienen razón de existir los límites; toda persona, o grupo de ellas, no importa aquí que desviación de comportamiento padezcan, podrá requerir que se respeten y se legislen sus más antinaturales y abyectos deseos. Europa eligió una forma cultural que implicó la no reproducción para permitir el desarrollo supremo, absoluto y egoísta del individuo; elección que hoy se traduce en la muerte de dicha cultura como tal, suplantada, en gran medida, por las pautas culturales impuestas por los inmigrantes que vinieron a ocupar el lugar vacante -recuérdese que la naturaleza no tolera el vacío- dejado por los pueblos sin nuevas generaciones.
Entonces, cuidado: no adoptemos como sociedad, no convalidemos ni avalemos, legislación mediante, pautas culturales de conducta social -que en la intimidad, en lo privado son absolutamente admisibles- que pueden contribuir a nuestra extinción como especie cultural. No debe permitirse que la cultura, base de la sociedad, se convierta en su Némesis.
Enviado a Solo Local por Dr. Alejandro A. Bevaqua
Médico – Especialista Jerarquizado en Medicina Legal- M.P.: 220167
