Para que esas metas se cumplan, el rol del periodismo es vital: debe comportarse como el perro guardián de la sociedad, alertando a los vecinos cuando algo no funciona como corresponde, de modo que las instituciones reaccionen y pongan los mecanismos legales a funcionar cuando una ley es violada, o cuando un gobernante abusa del poder que temporalmente el pueblo le confirió.
En los países latinoamericanos, en general, el periodismo de investigación no es bien visto y es considerado “un mal negocio”: ahuyenta cuentas publicitarias, rompe relaciones comerciales, daña vínculos personales y genera conflictos, dentro y fuera de la sala de redacción. Claro que muchos de los logros o victorias sociales, desde la Revolución Francesa, pasando por las luchas contra la explotación laboral de fines del siglo XIX, hasta los casos más contemporáneos, no hubieran visto la luz si el periodismo, o los escritores de entonces, no hubieran metido las narices en asuntos tan áridos, pero indispensables para denunciar las malas acciones de los poderosos. Aquellos escribientes trabajaban casi sin paga, y definitivamente estaríamos peor de lo que estamos, sin esos precursores que se atrevieron a decir lo políticamente incorrecto, pero social y periodísticamente necesario.
El fin del engaño
Después de los 80, tras el retorno de las democracias, las multinacionales y los gobiernos comenzaron a inyectar (y lo siguen haciendo), mucho dinero en publicidad. Si la política editorial del medio no es independiente, lo que se logra es que la actitud del periodismo no sea pro-activa; simplemente se limita a cubrir los sucesos. No digo que se oculten hechos importantes, como en el pasado, ya que hoy eso sería imposible, pero sí se puede moderar el tono y ciertamente, la investigación puede brillar por su ausencia. Aunque no pasa en todos los medios, sí ocurre en buena parte de ellos y es por eso que blogeros y periodistas independientes se lanzaron a contar historias, pero al mismo tiempo las redes sociales y los sitios Web con contenidos generados por usuarios, hoy hacen posible lo que antes era impensado: ya no hay modo de mitigar, atenuar, ni pensar siquiera, en ocultar la verdad. Es el mundo del Gran Hermano; si desde una chimenea se ve humo contaminante; si hay apremios ilegales durante un operativo; si un conductor comete una infracción al volante, es probable que alguien con un teléfono celular registre una foto o un video y envie ese archivo a un medio o simplemente, lo hará circular por la Internet.
El artículo de Breiner me pareció maravilloso e inspirador, pero lamentablemente esos pocos millonarios de otros países no se parecen en nada a los millonarios que tenemos por acá. Los locales más bien siempre piensan en engrosar su patrimonio, más y más, como si el que tienen no les alcanzara a ellos y a sus generaciones, pero además, poco les importa la contaminación, los derechos humanos, el control de las cuentas públicas y esos temas que son materia del buen periodismo, tales como lucha contra la evasión fiscal, el derroche de fondos públicos o la ineficiencia estatal en cuestiones básicas como la Educación, la Justicia o la Salud. Antes bien, nuestros millonarios piensan en hacer negocios con el Estado, arman empresas ficticias que hacen concursar en las licitaciones para luego subcontratar a intermediarias que, de ese modo, aumentan los costos de la obra pública que financiamos todos.
A ningún millonario local se le ocurriría promover el nacimiento de nuevos medios digitales dedicados al periodismo de investigación, ya que para ellos éste es una especie de enemigo público que habría que eliminar. Para ellos, todo está en vías de mejorar, ya se logró muchísimo, tenemos “algunos problemitas” que se solucionarán, como suelen decir el intendente o el gobernador, ya que su material discursivo es bastante similar. Para nuestros millonarios, las multinacionales son generosas y trabajan al lado del vecino, el aire que respiramos responde a los niveles guía de calidad ambiental; el agua de la ría no está “tan contaminada” y los que pensamos diferente, somos unos locos que aramos en el mar, no lideramos nada más que nuestra propia existencia, y solemos ser considerados “poco confiables” y hasta “individuos peligrosos”. Ellos no creen en la recuperación de los delincuentes juveniles, a los que mandarían a las cárceles comunes sin contemplación, y mucho menos aportarían fondos para ayudarlos a convertirse en ciudadanos dignos, porque están convencidos que eso es una causa perdida. “¿Qué culpa tengo yo de ser rico?”, se auto preguntan, como si la respuesta tuviera algún sentido. Estas personas (y hago la salvedad que debe haber alguna excepción, o al menos quiero pensarlo), promueven que un estadio polideportivo como el que quiere Emanuel Ginóbili se construya con fondos del Estado, los que provienen de nuestros impuestos, en vez de contribuir ellos de su propio bolsillo a tamaña inversión, que ciertamente no necesitamos. La cosa sería diferente si quisieran construir canchitas de fútbol o de básquet en cada potrero de la ciudad, para que los chicos en riesgo social pudieran practicar un deporte, en vez de drogarse o delinquir. Pero no; ellos no irían a un partidito de barrio a regalarles botines a los pibes; por el contrario, necesitan 8.500 butacas para creer que hacen cosas importantes.
Tarjeta Dorada
Los millonarios de estas tierras no son los únicos que tienen estas características. En el resto de América Latina es bastante semejante y debe ser por eso que algunas sociedades desarrolladas son más justas o al menos intentan serlo; es porque hay hombres generosos, de buen corazón, capaces de financiar proyectos socialmente necesarios. Son conscientes que por tener tanto dinero, tienen mayores responsabilidades. Tal vez sea porque creen en Dios y quieren verle la cara al Supremo. No lo se. Pero lo que están haciendo en otras partes del mundo con los nuevos medios, financiándolos sin esperar renta alguna, es muy alentador y constituye un ejemplo que los locales no se animarían a seguir, ya que los vicia la ambición desmedida y el desinterés por las necesidades ajenas.
En medio de un panorama tan desfavorable, los reporteros que creemos que otro periodismo es posible, no estamos solos. Aunque no tenemos millonarios que nos financien, sí contamos con el apoyo de ciudadanos en alerta constante: gente común con problemas comunes, dispuesta a trabajar sin más retribución que la satisfacción de estar transitando el camino correcto; en el que hay y habrá tropiezos, seguramente, pero no se resignan a que esa desigual distribución de la riqueza se lleve por delante las verdades sociales que los ciudadanos tienen el derecho legítimo de conocer. Lo hacen desde los barrios y usan las Redes Sociales. Ahí puede verlos cualquiera, en Facebook, en Twitter o en You Tube, reclamando por los derechos que creen justos. No los anima el dinero. Ni la fama. Ni nada que se le parezca. Pero están haciendo algo realmente grande: dan la cara, proporcionan datos, hacen circular la información y este es el principio del fin del engaño. Usted se preguntará por qué. Bueno, paradójicamente, lo dice la publicidad de una tarjeta de crédito dorada muy usada por los millonarios: porque hay cosas que el dinero no puede comprar. Menos mal.
