Un doctor en química de la UNS, Gustavo Adrián Appignanesi, acaba de publicar la novela “Terra Incommensurabile”, un viaje de aventuras a lo largo de tres generaciones, desde la América de la conquista española hacia las universidades europeas y los burdeles parisinos, para retornar nuevamente a las cumbres andinas. El autor es bahiense y ha publicado distintos escritos sobre física, biofísica y fisicoquímica, tanto en el país como el exterior. Los aspectos vinculados al desarrollo de una visión, postura o forma de relación profunda con el mundo y, por consiguiente, la educación, son cuestiones por las cuales Appignanesi siempre se ha interesado, habiéndolas abordado en un ensayo (de libre descarga en el enlace), titulado: “Sobre la condición de amante y la libertad, una mirada al mirar”.
Inmerso en el dramático escenario de la conquista de América y del alumbramiento del nuevo pueblo, un matemático se desvela por un fabuloso enigma nacido de un italiano, una india y sus singulares hijos (la increíblemente bella siempre-niña, el sacerdote-mago y el amante-guerrero). Por lo tanto, “Terra Incommensurabile” puede ser un viaje de aventuras que a lo largo de tres generaciones nos lleva desde la fascinante América de la conquista española hacia las refinadas universidades europeas y los coloridos burdeles parisinos, para retornar nuevamente a las mágicas cumbres andinas. Sin embargo, la profunda circularidad de dicho viaje lo es más desde lo metafórico que de lo literal.
Y “Terra Incommensurabile” nos invita a trascender la metáfora en una travesía por una geografía mucho más compleja y cautivante, por un terreno ingente y atemporal. El del alma humana y del atributo que comparte con todo cuanto existe: su inherente inconmensurabilidad. Y de tal modo nos revela la tremenda belleza y potencialidad que tiene para nuestra vida la atención a tan sublime cualidad.
Acerca del Autor
Gustavo Adrián Appignanesi nació en Bahía Blanca, Argentina, el 8 de junio de 1969. Está casado con Cintia K. Owensworth y es padre de Francisco y Tomás. Licenciado y Doctor en Química por la Universidad Nacional del Sur (UNS), realizó estudios de postgrado en la Universidad Nacional de La Plata y fue Postdoctoral Fellow en la Universidad de Chicago. Su tesis doctoral fue distinguida a nivel nacional con el Premio Schumacher (Fisicoquímica) y con Mención Especial en el Premio Giambiagi (Física Teórica). Actualmente es Profesor de Fisicoquímica en el Departamento de Química de la UNS e Investigador de CONICET, dirigiendo proyectos de investigación que han recibido subsidios de Fundación Antorchas, SeCyT, SeCyT-ECOS (Argentina-Francia), SeCyT-MAE (Argentina-Italia) y CONICET. Es autor de varias publicaciones en revistas internacionales prestigiosas en temas de física, biofísica y fisicoquímica y ha realizado visitas de investigación y dictado conferencias y seminarios en distintos centros académicos del país y del exterior.
Extracto del Libro
Inconsciente del acto al que se abismaba, Ignacio de Villamayor se apuró a soltar un enérgico soplido. Así, el blanquecino polvo que cubría la tapa del extraño libro olvidado en el altillo se esparció por el aire de la habitación. Y en tanto que delatadas por un tímido rayo de sol crepuscular que atravesaba la tenue atmósfera de media luz que envolvía al lugar, las partículas de polvo se arremolinaron, como apremiadas por un mandato inexorable, en un desesperado frenesí por abrirse camino a empujones hacia donde pudieran, cual danzando con arrebato para por fin luego, ya satisfechas, rendirse a los designios de la armonía y flotar ingrávidas regalando impredecibles destellos de plata. Ya no tan niño Ignacio sentiría que, en la belleza estética de dicho instante, las motas de polvo (como rescatadas de su ignorancia en una metáfora que sólo luego sabría apreciar) le abrían todo un universo nuevo, cual estrellas y constelaciones que, suspendidas en el espacio del altillo, signaban su futuro. Y hasta asimilaría luego dicho acto a una insuflación de vida que, al contrario del sentido bíblico, en vez de dar, recibía. Obviamente que al forzar la dilatación de sus pupilas para rescatar del olvido a las gastadas palabras que afloraban en la tapa del libro hallado no lo podía predecir. Pero dicho instante fue en sí (como todos) más profundo y bello que lo que podría recordar luego, pues el mundo era para él aún tan virgen, tan nuevo, tan bello… No hay nada como la mirada de unos ojos de niño. Esto también lo reconocería luego, aunque mucho tuviera que pasar antes de ello. De cualquier manera, ajeno a todo esto, Ignacio abandonó entonces el éxtasis y la momentánea distracción que dicha danza cuasi-cósmica le había proporcionado y dejó que sus ojos recuperaran el interés por su objetivo: “TERRA INCOMMENSURABILE”, leyó con dificultad.

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