Esencia de Taller

(Notas de Usuarios) – Entre los varios condimentos que los bahienses usamos para dar sabor a nuestra vida, la esencia de taller ocupa un lugar especial. Si usted la ha usado – o la usa – sepa que esta sustancia, según se ha comprobado, puede ocasionar cardiopatías y favorecer lesiones diversas, incluída la temible úlcera de bolsillo. Sin embargo, usada con prudencia, como la esencia de vainilla, resulta tolerable y quien la disfrute podrá quejarse de cualquier cosa menos de aburrimiento. Para que usted, amigo lector, pueda reconocerla, aquí le ofrecemos una muestra. La escena, un taller de casi cualquier cosa, en el momento en que llega un cliente.

— Ya estamos en lo suyo, maestro, no se preocupe.

— Pero ¡¿todavía no lo hizo?!

— Mire, si usted supiera los problemas que hemos tenido. No se consigue material por ninguna parte.

— ¡Si yo se lo traje todo!

— Sí, y para peor se me enfermó el pibe que me ayuda, y he tenido que llevar además a la patrona de acá para allá con el asunto de los análisis y todo eso. No le miento, mire. Recién me puedo poner a trabajar. ¿Por qué no se da una vueltita el lunes?

— ¡Sé! Lo mismo me dijo hace una semana, y mire …

— Mire, créame que yo lo siento más que usted. ¡Si yo lo que quiero es sacar el trabajo! ¿Para qué quiero yo todo este trabajo amontonado acá, me quiere decir? Si después usted se enoja y tiene razón, y lo mismo los demás clientes. Y al cliente hay que tenerlo contento. Y si no, fíjese, son las tres de la tarde y todavía no comí.

— ¿No era que recién se ponía a trabajar?

— Sí ¿no le digo? si esto es para volverse loco, mire. Le juro que hay veces que agarraría todo y le prendería fuego, pero hay que meterle para adelante, que si uno se pone a pensar … ¿Usted sabe cuáno tengo metido acá, en maquinaria solamente? Mire, ni sé, pero es cualquier cantidad de guita. Por eso, a las máquinas hay que hacerlas rendir, que si no a uno se lo comen los intereses.

— Escúcheme, yo también tengo mis problemas. Lo único que le pido es que no me haga dar más vueltas con este maldito asunto, que ya se atrasó como tres semanas.

— Mire, si se lo cuento no me va a creer. Le voy a ser franco. Anoche había empezado justo con su asunto y ¡pá! corte de luz. Y no la dieron de nuevo hasta ni sé cuándo, porque ya me tuve que ir a dormir. ¡Si ya llevo tres noches que ni pego un ojo, sacando trabajo atrasado! Y   después, con los impuestos, y que usted va al Banco, y póngale la firma que son una hora entre que llena boletas y va y viene, que siempre hay algún problemita. Total, que cuando se quiere acordar, ya se le pasó medio día al cuete. Y los que no le pagan. Si usted sabe cómo es …

— Lo que yo sé es que esto se lo traje a usted porque me lo habían recomendado, y al final …

— ¡Y tiene razón! Mire, véngase el lunes y charlamos ¿eh?

— Un momentito, ¿va a estar listo o no?

— Yo ya mismo me pongo a trabajar en lo suyo ¿no le digo? Mire, le digo más: este fin de semana pensaba irme con la familia a la ruta, a tomar unos matecitos ¿vio? pero, qué va’cer, por una vez que aguanten, que yo me pienso quedar a terminar con su trabajo. Vaya tranquilo, maestro, y no se aflija.

— Buen, hasta el lunes entonces, y a ver qué pasa.

— Va a estar, va a estar, ya va a ver.

Sale el cliente al tiempo que entra otro. Al alejarse, el primero oye decir: “Ya estamos en lo suyo, maestro, no se preocupe”.

Y el lunes siguiente, cuando vuelve:

— Ya estamos en lo suyo, maestro, no se preocupe.

— ¡Qué! ¿NO ME LO HIZO?

Etcétera.

 

 

 

 

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