El Piquete Acuático y las Cosas que No Importan

(Editorial) - La reciente solución provisoria al conflicto desatado por los pescadores artesanales de Bahía Blanca, demuestra a las claras cómo los funcionarios actúan de acuerdo a su conveniencia y a contramarcha incluso del pensamiento de sus propios líderes partidarios. Primero, el diálogo con los pescadores se demoró más de la cuenta por la inflexibilidad inicial demostrada por el intendente. Y más tarde, el primer intento fue encarado por un representante municipal inexperto, funcionario de segunda línea (el subsecretario de gobierno), quien no estuvo a la altura de las circunstancias. La experiencia de Jorge Otharán en la gestión pública tampoco sirvió porque además, se requieren otras condiciones del negociador, más propias del carácter y de la naturaleza de su discurso, que trascienden los renglones del currículo profesional. La consecuencia fue una serie de insultos a la figura del intendente que añadieron más leña al fuego cuando se debió haber hecho el esfuerzo por apagar la hoguera. La victimización tampoco sirvió porque el bahiense medio tiene una larga lista de reclamos sin solución a la vista y por ende, a la hora de otro reclamo, proyecta el propio. Corralito urbano violado, concesiones con únicos oferentes, micros que no pasan por todas partes, calles en mal estado, inseguridad vial que no se revierte, médicos mal pagos y sectores humildes olvidados, marcan la distancia que separa el intendente de mucha gente para la que gobierna.

 

En el caso de la crisis del puerto, las negociaciones se realizaron con el piquete acuático en vigencia. No es un dato menor porque la política kirchnerista ante el piquete ha sido tajante: no lo condena cuando lo tiene lejos y sus consecuencias le son ajenas, como el de Gualeguaychú, pero sí lo hace en caso de molestar sus intereses. Cuando ocurrió el conflicto con el campo, el matrimonio presidencial reclamó una y otra vez el levantamiento del corte de rutas como requisito sine qua non para empezar a negociar. En Bahía Blanca, Breitenstein intentó lo mismo, pero el resultado final fue diferente. La empresa Mega hizo llegar el alerta al gobierno nacional, mandando señales claras: si su planta se paralizaba debería enfrentar las consecuencias. Entonces la política gubernamental tomó un giro. Se instruyó al gobernador Daniel Scioli para que prometiera un Plan de Reconversión y le dio vía libre al intendente para que negocie aún con el tráfico marítimo paralizado.

Cualquier observador de la realidad bahiense puede presumir que son más las cosas que separan a Breitenstein de los Kirchner, de las que los acercan. Sin embargo, a la hora de defender ciertos intereses, vale cualquier estrategia.

Decir por ejemplo que el intendente va a Buenos Aires para firmar convenios que beneficiarán a Bahía Blanca es una forma generosa de ver la realidad. Cuando va a Olivos, el intendente en realidad responde a un llamado no de la presidenta, sino del marido de la presidenta, quien deja en claro el mensaje: “si no me apoyan (y deja en claro: “el que manda soy yo”), no hay un solo peso para obras públicas”. Si no eso no es una extorsión, se parece bastante.

Néstor Kirchner se olvida rápido de los detalles. No importa tanto que el intendente haya avalado al campo desde el principio. No importa tanto que no vaya a los actos K.

Cristian Breitenstein hace lo mismo. No importa que los fondos de Nación se hayan demorado poniendo obras vecinales en compás de espera. No importa tanto que la presidenta lo haya dejado plantado el día de la inauguración de la Terminal. No importa tanto que ese día los Kirchner le hayan mandado a Florencio Randazzo, que no perdió oportunidad de alabar a Marcelo Feliú.

Cuando hay intereses económicos en juego parece no importar demasiado la coherencia.

¿Hay que negociar en medio de un piquete? No importa tanto que el intendente haya pedido que primero se levante el piquete acuático para abrir una mesa de diálogo, ofreciendo a cambio un bolsón de comida y dando a entender que si no retiraban esa ayuda era porque no la necesitaban. Nadie que conozca a esos lobos de mar puede presumir que bajarán la guardia en el reclamo ante el diminuto ofrecimiento, que ni siquiera se parece al subsidio, sino a la lastimosa dádiva que lesiona la dignidad individual.

Entonces, para la mirada oficial, no importa que la ría esté contaminada. No importa quién la contaminó. No importa que no se haya controlado antes o se deje de controlar ahora. Tampoco importa demasiado si los pescadores no tienen peces que pescar. Pero si las grandes empresas dejan de producir eso sí importa. Entonces se negocia en medio del piquete y se consiguen en La Plata las promesas que sean necesarias. ¿Qué mejor excusa que defender los puestos de trabajo privados?

Desde aquel día en que Braulio Laurencena dijo que no comería ningún pescado del estuario bahiense, nadie se preocupó demasiado por prevenir lo que pasó esta semana.

Claudio Onorato flotando en la boya, los peces ulcerados y deformes capturados en la ría y los intentos de la Prefectura Naval Argentina por despejar la vía navegable, arremetiendo contra una pequeña embarcación artesanal, son imágenes que representan la historia que algunos venimos contando y documentando desde hace más de 20 años, pero que nadie quiere oír. Escribimos esto para que algún día, cuando ya no estemos, alguien al menos la recuerde.

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